Entre lujuria e hipocresía: Dos beatas embaucadoras de la Colonia
Portada del libro "María Rita Vargas y María Lucía Celis, beatas embaucadoras de la Colonia", de la escritora y académica mexicana Edelmira Ramírez Leyva.

Alberto Farfán

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Las beatas, convertidas en protagonistas del proceso, exponen las fisuras morales y discursivas de la religiosidad colonial.

Por Alberto Farfán

Adentrarse en el proceso histórico de 1804, bajo la potestad del Santo Oficio, con relación a dos presuntas beatas y su ingenuo, o más bien torpe, confesor, particularmente con una óptica irónica y rescatando cierto grado de erotismo, resulta bastante interesante y sumamente placentero.

Así, Edelmira Ramírez Leyva nos plantea —basándose en documentos de la época— en María Rita Vargas y María Lucía Celis, beatas embaucadoras de la Colonia (UNAM), la extravagante historia de dos mujeres devotas supuestamente iluminadas a partir de su vínculo con un lujurioso, pero cándido, sacerdote, personaje protagónico que las exhorta a relatarle con todo detalle sus experiencias con Dios padre y Dios hijo y el Demonio para redactarlas, pues, según este hombre de sotana, debido a ello compartiría la gloria de ambas.

Estos diarios íntimos serán la base central en el proceso y la sentencia dictada por la Santa Inquisición para los tres personajes, cuya benevolencia obedecerá a que no era un caso de herejía, sino de otra índole: las dos beatas solo eran “ilusas y falsas visionarias”; él, por otro lado, era un “inepto para el ministerio”.

Una de estas mujeres se explaya lúbrica con el objeto de despertar los no muy santos apetitos del reprimido sacerdote, quien escribe:

“Y el Señor le echó los brazos al cuello y le dio varios besos, y le hizo muchos amores y cariños. Y le dijo, no, así estoy bien, dame del pechito izquierdo de mamar; en efecto, se lo dio y estuvo un gran rato y le daba de lo mismo con su divina boca. Ella se puso tan grande como cuando comulga y sintió los mismos efectos. Se quedó dormidito su divino esposito; cuando despertaba, volvía a mamar y le tiraba, como hace siempre, bocaditos de la puntita del pecho; pero qué gusto, dice ella, que recibe siempre en cada bocadito”. (Las vivencias de esta naturaleza serán las predominantes, obviamente, a lo largo del texto).

Una de las presumibles visiones más descabelladas la observamos cuando se nos plantea el absurdo y la paradoja en cuanto a la lucha por poseer a una de las beatas entre los dos polos opuestos: el amo absoluto del infierno y dos divinidades celestiales. Leemos:

“(Lucifer) decía a sus compañeros: esta maldita alcahueta es preciso que tenga hecho pacto con el demonio y la tenga puesta con sus hechicerías en términos que no pueda yo conseguir lo que deseo tanto, que es besarla, abrazarla, mamarle los pechos y juntar mis partes con las suyas; esos dos hombres que están ahí (Dios padre y Dios hijo) son los que así la han hechizado, porque son dos locos y dos demonios...”.

O cuando se pretende destacar la torpeza y la inconcebible endeblez del temible amo del mal:

“En una llamarada de fuego muy grande cayó Lucifer solo y en medio de ella se despedazaba él mismo a bocados y se revolcaba; y luego fueron todos (sus luciferinos subalternos) y cargaron sobre él. Y le decían: maldito, hemos de dar fin a ti, porque con cuanto hacemos y le ponemos a esa mujer (torturas de corte infantil), no la podemos hacer que peque...”.

Frente a tales fantasías absurdas, la Santa Inquisición concluiría —lo cual resulta inverosímil, amén de incongruente— no solo la calidad apócrifa de los hechos, sino también las razones de ello: las dos beatas únicamente buscaban usar al clérigo para ver cubiertas sus necesidades materiales, pues, fascinado por los placeres carnales que registraba, él cubría todos sus gastos. ¿La sentencia? El sacerdote pierde su licencia y es desterrado, al igual que ambas embaucadoras.

Como buena escritora de trazos ácidos, Edelmira Ramírez Leyva pone en tela de juicio a todos sus personajes de una manera muy divertida y sin perdonar a clérigos, legos e instituciones. Nadie escapa de ser plasmado bajo el lente del ridículo, además de poner en evidencia la hipocresía de la religión y la moral predominantes.

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