¿El homosexualismo es un narcisismo?
**Traducción:** Auto de fe español o quema de herejes por la Inquisición | Ilustraciones históricas antiguas.

Alberto Farfán

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Los registros judiciales del siglo XVII permiten observar cómo el homosexualismo era percibido como una amenaza moral que debía ser erradicada mediante castigos ejemplares.

Por Alberto Farfán

¿Qué factor coadyuvó para que el homosexual novohispano se negara a abdicar de su concupiscencia y lograra permanecer indemne frente al rechazo social y la reprobación institucional, sobre todo si se aprecia que la pena por su condición era la hoguera?

En el capítulo “Las cenizas del deseo. Homosexuales novohispanos a mediados del siglo XVII”, que se incluye en el libro De la santidad a la perversión, Sergio Ortega editor (Grijalbo), el investigador del Centre National de la Recherche Scientifique de París, Serge Gruzinski, con doctorado en Historia, nos refiere la noción social predominante con respecto al homosexual y la forma en cómo éste se asumía, a partir del caso sucedido en los años 1657-1658.

Delimitando las cargas sociales y morales, Gruzinski escribe sobre estos individuos: “no tienen nombres, desde el siglo XIX los llamamos homosexuales, con la connotación médica que eso implica; en otro contexto, se les llamaría putos, usando un término que ya corría por el siglo XVII. En la misma época, las autoridades coloniales preferían los vocablos más técnicos de sodomitas o sométicos o la referencia casi metafísica al pecado nefando”.

A raíz de la denuncia de una mujer que había visto a dos hombres en contacto sexual se desatará la represión, con el resultado de la detención de 123 como sospechosos de sodomía, aunque de estos sólo 19 fueron arrestados y sentenciados 15. Es de considerarse que “en 1497 los Reyes Católicos promulgaron una ley que hacía del pecado nefando el equivalente al crimen de lesa majestad y de la herejía. La pragmática de Felipe II (1598) estableció la necesidad de condenar a los sospechosos aun sin tener las pruebas necesarias. El castigo era la hoguera”, acota Gruzinski.

Del comportamiento de los inculpados, nuestro autor esbozará un perfil somético en ejercicio. Al lado del afeminamiento y el travestismo manifiesto, se observan también otras expresiones. Llevar una vida doble, rol heterosexual, casado y con hijos, pero procurando satisfacción homosexual a toda costa. La promiscuidad generalizada en torno a Baco, cuyo carácter secreto de dicha reunión contribuía, además, a la prostitución somética hacia el exterior. Y la sodomía por objetos y alcohol en baños de temascal o en pulquerías. Siendo la violencia y la doble moral sus baluartes perenes.

¿Pero cuál era el escudo material o inmaterial con el cual se asían los grupos de híbridos sexuales —Gilles Lipovetsky, dixit— para enfrentar el repudio predominante y generalizado? Escribe Gruzinski: “parece que cierto grado de narcisismo sustituía tanto a la culpabilidad inculcada por la sociedad, como la angustia alimentada por la persecución y sus espectaculares hogueras”.

Y añade: “no es tampoco descartable que esta misma reacción de sobrevivencia pueda explicar la coexistencia del pecado nefando y de la piedad cristiana, como si la afirmación narcisista hubiese contribuido a hacer a un lado la condenación de la Iglesia”.

Teorización al margen —porque Gruzinski no es psicólogo ni mucho menos psiquiatra y quien esto escribe tampoco—, se asienta en un documento: “La Real Sala del Crimen (…) ha sentenciado a quemar a catorce en un día, como se hizo, saliendo juntos al suplicio sin ser necesario darles tormento, por ser los catorce convictos y confesos, unos con otros, actores y pacientes” (firma del virrey). “En los catorce se ejecutó la pena de fuego” (firma del alcalde del crimen).

Alardear en términos de erudición histórica con el ostensible afán de desestigmatizar para concluir que el fenómeno homosexual obedece a patologías de orden psicológico me parece un absurdo, cuando evidentemente lo más ético era plantear esto desde el principio.

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