El nuevo arzobispo de Buenos Aires y la fragilidad del papa Francisco
El papa Francisco y Jorge Ignacio García Cuerva, arz. de Buenos Aires

Rodolfo Soriano-Núñez

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Con el nombramiento de García Cuerva, el papa Francisco acusa recibo de la realidad post-cristiana y post-católica de América Latina

Religión y vida pública: El papa Francisco le apuesta al ejemplo, no a los acuerdos con los políticos.

por Rodolfo Soriano-Núñez

El viernes 26 de mayo, en Roma y Buenos Aires se difundió, de manera simultánea, el anuncio de que el papa Francisco le había aceptado la renuncia a Mario Aurelio Poli, su sucesor en la arquidiócesis de Buenos Aires y había nombrado al relativamente joven Jorge Ignacio García Cuerva, obispo—hasta el viernes—de la muy periférica diócesis de Río Gallegos, ubicada en la provincia de Santa Cruz, el “Sur Profundo” argentino, como nuevo arzobispo de la capital argentina.

El nombramiento es relevante por varias razones. La más importante, creo, es que es un reconocimiento de la fragilidad del propio Jorge Mario Bergoglio y del catolicismo en América Latina. Hacerlo ahora le permite, a pesar de la fragilidad de su salud, controlar la sucesión en la capital argentina, el futuro de la que fue su diócesis y, en ese sentido, su propio legado como arzobispo y papa. El nombramiento ocurre, además, en vísperas de que Argentina entre de lleno en la elección de este año, que está lejos de haberse resuelto y que podría traer, entre muchas malas noticias, la de que Javier Milei, una suerte de Jair Bolsonaro o Donald Trump local, pudiera hacerse de uno de los dos lugares en la segunda vuelta.

Ocurre, además, en momentos en que el país celebró 40 años del retorno a la democracia, aunque—tristemente—lo hizo con tasas de inflación similares a las que minaron la capacidad de Raúl Alfonsín para culminar su periodo presidencial y le obligaron a pactar con Carlos Saúl Menem una sucesión adelantada, que le ahorrara a Argentina un nuevo descalabro.

Lo que es peor, ocurre en momentos en que ninguna de las dos grandes coaliciones que existen en ese país ha logrado definir quiénes serán o cómo elegirán a sus candidatos presidenciales. Lo único que se sabe es que el desgaste que ha sufrido Alberto Fernández es tan pronunciado, que le ha convencido de su incapacidad para ser candidato a reelegirse.

Esa realidad, por cierto, estuvo presente, en todo su dramatismo en el mensaje que pronunció el cardenal Poli, en su último acto público como arzobispo de Buenos Aires, en el Te Deum, la oración de acción de gracias, con la que Argentina marca cada año el aniversario de su Independencia. 

 

El papa Francisco y Jorge Ignacio García Cuerva. Del Facebook de la diócesis de Río Gallegos, Argentina.

Bergoglio hubiera podido “aguantar” el nombramiento de García Cuerva y la renuncia de Poli hasta cinco años más. Incluso, si así lo hubiera deseado, podría haberlo hecho más tiempo. Basta ver la manera en que “resolvió” un nombramiento similar en Caracas, Venezuela, al llevar a esa sede a Baltazar Enrique Porras Cardozo que, a los 78 años, logró algo que sólo es posible dado el desastre que es la vida pública venezolana y el hecho que don Baltazar es cardenal, lo que le extiende a 80 años la edad de jubilación que para otros está fijada a los 75 años.

Lo que es un hecho, es que con el nombramiento de García Cuerva, Bergoglio afianza su legado, porque sin ser una copia al carbón del ahora papa, el nuevo arzobispo de Buenos Aires es un obispo con un perfil muy similar al del papa jesuita. Su experiencia se centra en la población que vive la experiencia de la cárcel, además de la marginación y la pobreza extremas.

Y a ello se debe agregar su capacidad para comunicarse con sectores de la sociedad argentina que encuentran difícil reconocerse a sí mismos como católicos en la actualidad. García Cuerva habla un lenguaje mucho más incluyente que el de otros obispos argentinos y de otras partes del mundo. Evita las confrontaciones estériles que condenan al catolicismo a ser una secta marginal, como la obsesión de muchos católicos conservadores con la homosexualidad o el aborto.

Quizás si Bergoglio hubiera deseado nombrar a un perfil más intelectual, más académico, hubiera optado por el actual arzobispo de La Plata, Víctor Manuel Fernández, Tucho, como él mismo se identifica en su cuenta personal de Twitter,  quien acompañó en su condición de teólogo a Francisco en Roma en los primeros años de su pontificado y ayudó a redactar algunos de los textos clave del pontificado actual, como la encíclica Fratelli Tutti.

Pero no. Francisco deseaba un perfil eminentemente pastoral. Deseaba alguien que llevara un paso más adelante las preocupaciones que marcaron su trabajo como arzobispo de Buenos Aires, de 1998 a 2013 y que ofreciera un ejemplo práctico del obispo, del clérigo que está con el pueblo y que no le apuesta a ser “clérigo de Estado”.

No es que esa fórmula, la del “clérigo de Estado” no se hubiera intentado en la capital de Argentina antes. Nada define de manera tan precisa el comportamiento de los predecesores de Jorge Mario Bergoglio en la arquidiócesis de Buenos Aires, como Santiago Luis Copello, Antonio Caggiano, Juan Carlos Aramburu o Antonio Quarracino que esa idea de Bergoglio del clérigo de Estado.

El problema es que apostarle a ese tipo de relación privilegiada con el Estado, tuvo consecuencias desastrosas para la Iglesia en Argentina.

Aunque hubo obispos, como Enrique Angelelli Carletti, que incluso murieron porque los militares y la extrema derecha argentina los veían como “comunistas” y enemigos del Estado durante la dictadura militar en aquel país, el silencio de la Conferencia Episcopal Argentina durante el Proceso de Reorganización Nacional, la dictadura de Jorge Rafael Videla, y el papel de la diócesis militar en el tráfico de menores arrancados a sus madres durante las redadas y otras “operaciones contrainsurgentes” de la dictadura hicieron que la Iglesia sea vista en Argentina y otros países como aliada de las dictaduras.

Incluso Francisco sufrió un ataque de un sector de los medios argentinos que lo quiso hacer culpable de ser aliado de la dictadura. Y como es difícil que alguien crea en lo que la Iglesia dice en estos días, pues su jerarquía ha desperdiciado su capital en la defensa sin sentido de los depredadores sexuales, tuvo que ser el premio Nobel de la paz 1980, el defensor de los derechos humanos Adolfo Pérez Esquivel, quien limpiara el nombre de Bergoglio de las acusaciones que Página 12 hizo cuando recién fue electo papa en 2013.

 

El papa Francisco y Adolfo Pérez Esquivel. Foto tomada de la cuenta personal de Facebook de Pérez Esquivel.

Afortunadamente, don Adolfo estaba vivo cuando esas falsedades emergieron y, dado su impecable desempeño público antes y después de recibir el premio Nobel, es fácil creerle a él. De otro modo, el pontificado de Francisco hubiera estado afectado ya de inicio por ese tipo de acusaciones.

El nombramiento de García Cuerva tiene el aval del desempeño del “joven” obispo que, aunque ejerció en la provincia gobernada por Alicia Kirchner, hermana del finado presidente Néstor y cuñada de la actual vicepresidente Cristina Fernández de Kirchner, nunca mostró interés por ser "clérigo de Estado" de la gobernadora o la vicepresidente.

Es difícil tratar de ser “clérigo de Estado”, cuando se considera que la provincia de Santa Cruz, donde la diócesis de Río Gallegos está asentada, apenas cuenta con poco más de 350 mil habitantes y está a más de dos mil kilómetros de Buenos Aires. Es una distancia similar a la que existe en Estados Unidos entre Los Ángeles, California y Houston, Texas, o la que existe, en México, entre Ciudad de México y Tijuana.

La fragilidad del papa Francisco

Creo que esa cualidad, el haber eludido el "dulce sopor" de la cercanía con el poder influyó tanto como el reconocimiento de la propia fragilidad humana de Bergoglio que se hizo patente este año cuando, luego de una de las audiencias generales de los miércoles debió ser llevado, de urgencia, al Policlínico Gemelli. En la entrevista que concedió a la cadena Telemundo, Bergoglio reconoce qué tan urgente fue esa visita al “hospital de los papas”:

Sí, realmente fue una cosa inesperada fue una pulmonitis aguda, que me agarró durante la audiencia, pero le agarramos a tiempo, me dijeron. Y, si hubiéramos esperado un poco más de horas, hubiera sido más grave. Sí, ¿no? Salí en cuatro días. Salí.

Ese es un tema que ha estado presente en muchas de las entrevistas que el papa ha concedido en el marco de los diez años de su elección. Él juega con la idea de su propia fragilidad. La reconoce, la admite.

Si uno quiere encontrar una de las diferencias más marcadas entre Francisco y Benedicto XVI, Juan Pablo II o Pablo VI, es que Francisco se ha bajado del pedestal en el que los papas solían estar, por lo menos hasta Benedicto XVI, quien difícilmente concedía entrevistas, casi siempre con periodistas con quienes tenía una relación cercana y jamás hacía bromas.

Ni de otros, ni de la realidad, ni—sobre todo—de sí mismo. Bergoglio, en cambio, siempre que puede, siempre que la oportunidad aparece, muestra su humanidad de dos maneras. En un sentido, su familiaridad con los términos, el habla de la psicología y hace bromas a costa de su propia fragilidad.

De su familiaridad con la psicología, basta ver la entrevista que concedió a Infobae. Ahí habla del “inconsciente deshonesto” y de cómo esa categoría podría ayudar a comprender la manera en que él se comportó durante el cónclave que lo eligió papa:

Esto es lo que dirían los psicólogos el inconsciente deshonesto. Antes de entrar a la Sixtina me encontré con el cardenal Ravasi empezamos a caminar en el hall grande, antes de la Sixtina, y le digo, ¿usted sabe que yo para mis clases de Sapienciales uso, los usaba, ahora no las doy más, sus libros? Y empecé a explicar. Y empezamos a hablar de los Libros Sapienciales (de la Biblia) y nos pusimos en órbita los dos, hasta que sentimos un grito: “¿Ustedes van a entrar o no porque voy a cerrar la puerta?” El inconsciente de no querer entrar, ¿no?

En otra de sus entrevistas recientes, en enero de este año, le dijo a The Associated Press, en su inconfundible acento porteño: “Puedo morir mañana, pero vamos, está controlado. De salud estoy bien”.

Esta fragilidad creo que se manifiesta en la decisión de “adelantar” la sucesión en su diócesis y evitar que, de morir así, como él mismo dice que podría ocurrir "mañana", hubiera dejado pendiente ese asunto que, es de suponer, es crucial para un hombre metódico y consistente como ha demostrado ser Bergoglio.

Al nombrar a García Cuerva para la arquidiócesis de Buenos Aires no es sólo por “poner a uno de los suyos”. Insisto en que Tucho Fernández era para muchos, yo incluido, el puntero en la sucesión de Poli pero, para ser honesto, yo también creía que Bergoglio no iba a mover ese asunto por el cariño que le tiene a Poli y porque, como en el caso de la sucesión en Caracas, Santiago de Chile e incluso en la Ciudad de México, ha optado para esos cargos por clérigos de muy probada experiencia.

En Santiago, como en Caracas, nombró a Celestino Aós Braco, quien tenía 74 años de edad al ser nombrado para el cargo. En la Ciudad de México, optó por el antiguo arzobispo de Tlalnepantla, Carlos Aguiar Retes. Lo promovió a la “tierna” edad de 68 años.

 

El arzobispo Castillo Mattasoglio bendice a un niño en la catedral de Lima, mayo 22 de 2023. De la cuenta de Facebook del arzobispado de Lima.

En los únicos casos en los que Francisco ha optado por perfiles que, de alguna manera rompen con la relativa calma en las capitales nacionales ha sido en su propio país, donde conoce muy bien cuáles son los posibles efectos de un nombramiento como el de García Cuerva, en Tegucigalpa, Honduras, y en Lima, Perú, donde la sucesión del opusdeíno Juan Luis Cipriani Thorne se resolvió a favor de un cura a quien nadie veía como posible arzobispo de la capital peruana, el teólogo Carlos Gustavo Castillo Mattasoglio.

Mientras que en Caracas, Santiago y Ciudad de México la apuesta ha sido a que alguien, más adelante, tome una decisión de fondo, en Lima, Tegucigalpa y Buenos Aires, Francisco tomó al toro por los cuernos y tomó decisiones  sorpresivas.

En una entrega futura de Religión y vida pública abordaré con mayor detalle el caso de Honduras como parte de una reflexión sobre el catolicismo en América Central, por lo que sólo apunto lo sorpresivo que resultó el nombramiento de José Vicente Nácher Tatay.

La sacudida en Lima era más que necesaria. Cipriani se había embarcado en estériles debates a propósito de todo y de nada, que anularon, entre otras cosas, el vínculo de la arquidiócesis de Lima con la Pontificia Universidad Católica de Perú. Lejos de hacer relevante el carácter católico de esa institución, el fundamentalismo e integrismo de Cipriani hizo que esa casa de estudios perdiera prestigio y relevancia, además de que—al final—desde Roma debieron darle a la universidad una nueva estructura de gobierno en la que el arzobispado de Lima perdió.

Eso ocurrió, además, en medio de la debacle causada por los abusos en el Sodalicio de Vida Cristiana, la “orden” peruana que pretende ser más pura que las nieves de los Andes, pero cuya historia está marcada por episodios de abuso sexual tan absurdos y violentos como los que ocurrieron en México en la Legión de Cristo. Esos abusos, además, ocurrieron bajo las narices del cardenal Cipriani como lo denunció en 2021 el actual miembro de la Comisión para la Protección de los Menores de la curia vaticana, el chileno Juan Carlos Cruz Chelew.

 

Lo que es peor, uno de los secretos a voces de Lima, es que el propio cardenal Cipriani estaría involucrado él mismo en abusos sexuales y que esa es la razón por la que Francisco aceptó tan rápidamente su renuncia (¡menos de un mes después de que cumplió los 75 años!) y por eso es que su sucesor tiene un perfil radicalmente opuesto al suyo.

Obviamente, dadas las draconianas leyes peruanas que protegen a los depredadores y no a las víctimas, la denuncia sobre el papel de Cipriani, tuvo que hacerla un periodista peruano amparándose en un relato de ficción autobiográfica, asignándole a Cipriani el nombre de “cardenal Cienfuegos”, pero cualquiera que sepa moverse en Lima sabe que "Cienfuegos" es Cipriani.

La realidad post-cristiana

En Buenos Aires la sacudida no es, como la que ocurrió en Lima, una censura directa o indirecta contra el cardenal Poli. Es—creo—el reconocimiento de que Argentina, como el resto de América Latina, ha ingresado en un escenario post-cristiano y post-católico, en el que los acuerdos entre las élites de la política y las de la religión simplemente no resuelven cosa alguna.

En algunos países, como Chile, esa realidad de una sociedad post-cristiana y post-católica ya está confirmada por los datos que arrojan encuestas elaboradas, en el caso de Chile por la Universidad Católica de Chile misma, de modo que nadie puede alegar mala fe en los datos que ofrece esa institución. En otras es una realidad que empieza a emerger en distintos estudios.

Si en la primera década de este siglo cardenales como Norberto Rivera Carrera ponían el grito en el cielo contra "las sectas" y el "New Age", ahora alguien tendría que decir o hacer algo sobre la fuga a la descreencia y tendrá que hacerlo desde una lógica distinta a la de Rivera Carrera que fue la de denunciar como traidores a quienes abandonaban el catolicismo. No era que tuviera algo que ofrecerles a esas personas, era que simplemente les exigía que no se fueran.

 

Que los acuerdos con las élites de la política no resuelven los problemas clave del catolicismo y del cristianismo se puede comprobar al considerar el pleito en curso en Managua, Nicaragua entre Daniel Ortega, otrora "monaguillo" del cardenal Miguel Obando y Bravo y los obispos de ese país, a quienes le congeló todas sus cuentas bancarias este fin de semana. Ocurre también en Tegucigalpa, donde la presidente Xiomara Castro cambió por medio de un decreto las leyes anti-aborto que sus predecesores en el cargo usaron para construir su relación con distintas iglesias cristianas, incluida la católica y que apenas en enero de 2021 habían sido "blindadas" por el Congreso de ese país. En Managua cedieron todo a cambio de leyes anti-aborto. En Tegucigalpa agregaron a leyes similares el "plus" de una cadena nacional de televisión. ¿Valió la pena?

Al nombrar a García Cuerva, Francisco no le apuesta tampoco a quien simplemente reafirme “las verdades de la fe”, como fue la preferencia de Juan Pablo II y Benedicto XVI en capitales como México, Lima, Santiago, Bogotá, Tegucigalpa, con obispos como Norberto Rivera Carrera, Cipriani, Rubén Salazar Gómez u Óscar Andrés Rodríguez Maradiaga que eran hábiles para negociar con las clases políticas locales, pero marcadamente incapaces para dialogar con las sociedades a las que se debían como pastores, además de que al menos tres de ellos cuatro estuvieron o están implicados en casos de abusos, sea como depredadores o como encubridores.

Ni siquiera le apuesta a quien pudiera reafirmar esas verdades desde la lógica de la teología del pueblo, como lo hubiera podido hacer Tucho Fernández. Opta por quien ha dado muestras de entender la necesidad de “predicar con el ejemplo”, de evitar que la Iglesia Católica sea vista como aliada o enemiga de tal o cual ala política. Y le apuesta, ante todo, a que sea la práctica de la caridad, de la cercanía, la que le permita encontrar a la Iglesia su lugar en la sociedad argentina y latinoamericana del futuro.

 

Jorge Ignacio García Cuerva, celebra con bolivianos residentes en la provincia de Santa Cruz, Argentina, la fiesta de la virgen de Urkupiña, 15 de agosto de 2022. De la cuenta de Facebook de la diócesis de Río Gallegos.

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