Más que la sexualización de la sociedad, el clericalismo es la principal causa de la crisis del abuso sexual en la Iglesia Católica.
Por la crisis del abuso sexual, se critica a la jerarquía que hoy debería ganarse la confianza y el respeto lo que, ha hecho sufrir y patalear mucho a quienes tenemos puestos importantes.
Por Víctor Manuel Tucho Fernández*
Todas las personas con autoridad tenemos tendencia al abuso. Me refiero al abuso de cualquier tipo (sexual, de autoridad, manipulación de conciencias, etc.). Durante mucho tiempo se dió por supuesto que la autoridad daba acceso a una especie de posesión que habilitaba a utilizar a las personas para los propios fines y a imponerles los propios deseos.
Esto ha ocurrido en todos los niveles mucho más de lo que suponíamos: desde sacerdotes abusando de religiosas hasta hombres abusando de sus empleadas domésticas. Pero también existía una violencia verbal que llevaba demasiado rápido a juzgar duramente a los demás sin temor alguno a lastimarlos y destrozar su autoestima: “adúlteros”, “sodomitas”, “hijos ilegítimos”, “degenerados”, “pecadores”, etc.

Por eso ha sido necesaria una sana explosión de la autoridad, que hoy está bajo sospecha en todas partes. La crítica a la autoridad, que hoy debe ganarse la confianza y el respeto con mucho esfuerzo, integridad y coherencia, ha hecho sufrir y patalear mucho a quienes tenemos puestos importantes. Pero lleva a una sana transformación del ejercicio de la autoridad que hoy requiere dos características básicas: humildad y respeto hacia las personas.
Las dos características son un marco que previene los abusos. Esto permite comprender por qué el papa Francisco afirma que el clericalismo es la principal causa de los abusos en la Iglesia, más que la sexualización de la sociedad. También ayuda a entender el llamado a una Iglesia más sinodal, donde la autoridad sólo se entienda en el contexto de la corresponsabilidad y de la variedad de carismas.
Es muy saludable poner bajo sospecha toda mistificación de la autoridad, o las excesivas atribuciones que se dan a ciertos líderes atractivos que se convierten en caudillos adorados. Recordemos lo que ha ocurrido en las últimas décadas con los fundadores de varios institutos de vida consagrada, supuestos maestros de ortodoxia. Pero todos necesitamos un serio examen de conciencia.
No se trata de invertir los roles -aunque hoy es comprensible que eso suceda- sino de situar la autoridad en un contexto que impida los abusos de cualquier tipo y asegure el religioso respeto de la dignidad de las personas. La historia de la Iglesia nos muestra sobrados ejemplos de la ausencia de ese respeto en medio de la ostentación de la sana doctrina y de una rígida moral.
Recientemente el papa Francisco ha dirigido al mundo su encíclica Fratelli tutti, que recuerda el infinito valor de cada persona humana más allá de toda circunstancia, no importa si no nació en mi país, no importa si es mi empleada o mi alumno, no importa si es frágil y manipulable: le debo un inmenso respeto, me siento llamado a inclinarme ante su dignidad con un santo temor de manosearla, porque esa dignidad le viene del amor infinito del Padre que crea a cada ser humano a su imagen y semejanza.
Todo esto tiene un mensaje que nos está transmitiendo el Espíritu Santo a través de los signos de los tiempos y a través del papa Francisco. Es Evangelio puro, quizás muchas veces escondido debajo de mucho polvo, Que el mismo Espíritu toque nuestros corazones para que podamos escucharlo y nos purifique con el fuego de su gracia.
* Prefecto del Dicasterio de la Doctrina de la Fe de la Santa Sede y responsable de investigar y castigar los abusos sexuales en la Iglesia Católica a escala global. Fernández fue rector de la Universidad Católica de Argentina, arzobispo de La Plata y asesor del papa Francisco, que recién lo nombró cardenal a mediados de este año.
El texto fue originalmente publicado la tarde del sábado 14 de octubre en la cuenta de Fernández en Facebook, como se puede ver en el vínculo que aparece a continuación o aquí.