Periodismo: entre la fugacidad, intrascendencia y precariedad

Antonio Rosales

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El Periodismo como ejercicio fugaz pero fundamental para visibilizar la realidad, cuestionar el poder y fomentar la reflexión social.

Por Antonio Rosales

Hace aproximadamente seis años, uno de mis profesores en mis estudios de Periodismo hizo un comentario en el que, palabras más, palabras menos, lamentaba que los periodistas estuviéramos tan atados a la vorágine de la información en constante cambio y actualización. Esto, decía, muchas veces nos hacía perdernos de la profundidad que requieren áreas mucho más ancladas a la reflexión y lo permanente, como es el caso de la literatura, el arte o la filosofía. Su comentario surgía de una especie de amargura e insinuaba una frivolidad o estupidez inherente al oficio, en contraposición con otras carreras relacionadas con las Humanidades, o las Ciencias Sociales y Políticas, que, según él, exigían más pausa y actividad intelectual que el Periodismo o la Comunicación.

Otro profesor, al que considero un amigo y aprecio y estimo mucho más, en alguna ocasión llegó a comentar que los periodistas, en la mayoría de los casos, éramos meros engranajes de una maquinaria e industria cuyas dinámicas nos volvían desechables y que, salvo excepciones, terminábamos inmersos en la inercia de la fugacidad y utilizados por diferentes poderes.

¿Qué es, en esencia, el periodismo? La definición más elemental, que sintetiza las que pueden encontrarse en Wikipedia o en numerosos portales y diccionarios, sería la que nos remite a la “profesión y/o oficio encargados de obtener, investigar, recopilar, verificar, analizar, presentar y difundir hechos comprobables de interés público”. Todo ello en los espectáculos, la política, la economía, la cultura, y ahí podríamos desplegar el abanico de variantes en que puede centrarse esta actividad.

Correcto, pero… ¿Qué o quién define lo que es de interés público, cómo y por qué? Aquí nos topamos con lo que se conoce como la Teoría del Agenda Setting o Teoría del Establecimiento de la Agenda. La teoría y concepto hacen referencia al poder e influencia que tienen los medios de comunicación sobre el público para determinar los asuntos que poseen interés noticioso y cuánto espacio o importancia se les debe dar.

El término fue acuñado por los académicos estadounidenses Maxwell McCombs y Donald Shaw en la década de los 70 del siglo pasado; ambos profesores de la Universidad de North Carolina en Chapel Hill. A través de una investigación, comprobaron que el público suele otorgarle importancia a los asuntos públicos en función de la frecuencia y profundidad con que estos temas son tratados en los medios de comunicación. Es decir, en gran medida, el trabajo periodístico está atado a las tendencias que siguen el resto de sus colegas, o las que imponen los grandes corporativos mediáticos o las redes sociales.

¿Y quiénes determinan la agenda de un medio corporativo? La línea editorial de cada medio, que, si bien nunca se dice de forma explícita, suele estar determinada por los financiamientos o intereses económicos o políticos del medio en cuestión. Desde luego, existen periodistas que, de forma independiente o aún trabajando en medios corporativos, realizan un trabajo despojado de todo esto, o al menos intentan incorporar elementos propios en el trabajo realizado.

El presente parece la única materia prima del periodista. Porque, si bien se puede hacer excelente periodismo trabajando con hechos y datos de un pasado reciente o remoto, tal como en ocasiones suele mostrarse en el periodismo de investigación, lo cierto es que el presente, en gran medida, es el gran condicionante del trabajo periodístico, en especial en su género primario, que es la noticia o las coberturas en vivo de un determinado evento. El periodismo de espectáculos y deportivo suele ser el más maniatado al vértigo y la fugacidad del presente, mientras que otros subgéneros, como el periodismo político o cultural, pueden burlar un poco más la condena de la temporalidad.

Bien describió el periodista y poeta mexicano Renato Leduc al periodista político como “historiador de lo inmediato”. El presente, la inmediatez, la efimeridad y la fugacidad parecen los compañeros ineludibles del periodista, y en dicha transitoriedad parece condenado a surgir, forjarse, brillar y fenecer todo periodista, y, en última instancia, prácticamente todo trabajo periodístico. ¿Cuántos trabajos periodísticos trascienden las trampas del olvido, la irrelevancia y el paso del tiempo? Muy pocos, en gran medida determinados por una suerte de selección natural entre los historiadores, la academia y, demasiadas veces, lo que los grandes corporativos e instituciones deciden que merece el Olimpo de la trascendencia y qué no. El gran público, si bien es el mayor consumidor/receptor del trabajo periodístico, poco o nada suele preocuparse por el trabajo periodístico después de la novedad, salvo quizás cuando se trata de hechos u opiniones muy concretas que los marcaron a nivel personal o, posiblemente, a nivel histórico como sociedad. El resto del material publicado, que quizás sea el 99%, se convierte en polvo, reliquia, apenas de interés únicamente para estudiantes, académicos (o periodistas mismos, desde luego) sumergidos en la labor de una investigación hemerográfica.

Y poco más. En palabras del periodista y escritor argentino Martín Caparrós: “El periodismo es el arte del despilfarro. (Los periodistas) acumulan conocimiento sobre algo muy rápido y efímeramente (...) Escribir sobre un tema con un deadline e inmediatamente migrar a otra investigación (a otro artículo para la semana siguiente) es como se concreta este despilfarro”. ¿Y acaso este despilfarro presentista no convierte al periodista mismo en un cachivache que se arrumbará entre los sótanos del tiempo y el olvido? Totalmente cierto.

Es entendible ese olvido. La relación del presentismo y el periodismo puede verse incluso desde la etimología misma de la palabra “periodismo”: emana de lo “periódico”, que dio nombre a las publicaciones impresas en papel del mismo nombre y las cuales parecen cada vez más destinadas a la extinción, ante un mayor consumo de los contenidos digitales.

Esta sujeción a lo pasajero, lo cíclico y la inacabable carrera contra el tiempo parece el eterno compañero y amigo, pero también el etéreo rival, del periodista. Una relación de amor y odio, a la que el periodista se tiene que acostumbrar si realmente ama el “mejor oficio del mundo”, como lo llamó el novelista (y también periodista) colombiano Gabriel García Márquez. Ningún periodista, aunque extraiga del pasado mucho de su material, puede, ni debe, enemistarse con el presente. En el presente está su mundo, su materia, y debe abrazarse con él, aliarse, casi fundirse para agudizar su visión, captar lo relevante, dar el golpe primero como si de una pelea de boxeo se tratara; escudriñar como si de una competencia entre detectives se tratara. Aquí, las mañas de stalker pueden canalizar la patología en virtud.

Pero, a la vez, el lado trágico asoma: la alta posibilidad de que su trabajo no trascenderá el paso del tiempo, y además, tener que luchar contra el inexorable paso del tiempo para cazar la nota antes que otro medio o colega se le adelante. Obviamente, la inmediatez puede pasar a segundo término cuando, en ocasiones, un trabajo más completo, con mayor rigor en investigación, verificación y contextualización de los hechos, supera al primero. Sin embargo, ¿cuál de los trabajos trascenderá más en popularidad y reconocimientos? Difícil saberlo, pues si bien los criterios de calidad deberían glorificar al segundo, lo cierto es que no siempre funciona así, muchas veces porque alguno de los dos tiene una maquinaria económica y publicitaria de la que el otro tal vez carece, y en otras, por los caprichos de los algoritmos, las tendencias de las redes sociales o los vaivenes de las granjas de bots, que suelen ser quienes hoy día impulsan u opacan un contenido u otro.

Para algunos periodistas es tan deprimente el hecho de reflexionar o hablar sobre la posible irrelevancia e intrascendencia de su labor, que lo comentan con un aire depresivo o melancólico, al calor del alcohol. En esas condiciones asoman otras posibilidades del oficio: lo demandante que puede resultar, al grado de imposibilitar, entorpecer o dañar la vida personal, familiar o social. Las condiciones laborales y económicas adversas, que son frecuentes para la mayor parte del gremio. Riesgos al investigar o publicar tal o cual cosa. Y ya puestos en esa cadena de lamentos y lágrimas, más de una de las tristes víctimas del oficio reporteril se confiesa: “¿Por qué carajos me dediqué a esto?” “¿Sabes? En realidad yo no quería ser periodista, yo quería ser bombero, astronauta austrohúngaro o bailarina de hawaiano…”

Y aquí nos enfrentamos a un hecho innegable: demasiados periodistas no deseaban serlo, y deberíamos añadir que muchos otros no deberían serlo, por el bien de la sociedad.

Como ocurre en demasiados oficios y profesiones, más de un periodista lo es no porque sintiera un irreprimible deseo de convertirse en tal, ni tampoco porque sea una vocación que responda a las necesidades de su alma, mucho menos a una epifanía secular en pos del noble deseo de hacerle un bien a la humanidad. Ni de broma. Muchos se embarcan en este navío con el claro, firme y máximo deseo de conseguir, de forma fácil, rápida y cómoda, fama, poder y fortuna, como muchos de los que ingresan al medio del espectáculo o a la política. En estos personajes no hay nada noble o limpio: se pisotea a quien sea necesario y se valen de los recursos que sea para escalar a la punta de esa pirámide que aspiran a liderar. No es de extrañar que muchos de ellos terminen comprometiendo su línea editorial, de forma consciente y con el mayor oportunismo y cinismo posibles, al primer o mejor postor dispuesto a comprar esas bazofias.

Alguna vez un compañero de la carrera me confesó, con un poco de alcohol encima, que era (o es) habitual en él: “La neta, yo quiero ser periodista para tener mucho dinero… O sea, yo sí me vendería… ¿Quién no, güey?”. Tras mi negativa, el tipo en cuestión continuó: “Yo no tengo esos ideales de héroe, que tú tienes… O sea, es que… ¿Quién puede resistirse al dinero?”. Esta persona actualmente se desempeña desde un puesto medio, en el área de comunicación digital de una dependencia del gobierno mexicano, pero no lo quemaremos más aquí con la esperanza de que no sea nocivo desde el lugar donde ahora opera. Seguimos.

Pobres los infortunados ilusos que aspiran, desde las trincheras del periodismo, a convertirse en magnates al nivel de Rupert Murdoch (dueño de la cadena Fox), Carlos Slim (uno de los accionistas mayoritarios de The New York Times y de buena parte de los medios en México), Larry Fink (la cara del mayor y globalmente todopoderoso fondo de inversiones, BlackRock), la familia Rothschild (la familia más poderosa dentro de la banca mundial), o los Rockefeller. Mismo sentimiento generan los que esperan convertirse en periodistas solo para convertirse en celebridades faranduleras, al estilo de las estrellas de Hollywood. Aunque improbable, no es imposible que suceda en circunstancias y con factores muy específicos. Y, por supuesto, es completamente válido, legítimo e incluso necesario aspirar y luchar por un reconocimiento y una remuneración altos por un trabajo bien realizado; aspirar a ascender no tiene por qué ser malo en ningún aspecto. No obstante, se debe ser realista y consciente de la realidad, y superar los sueños egoicos e infantiles del estrellato, aún más cuando ese estrellato se consigue sin moral ni ética.

Kapuscinski decía que los cínicos no sirven para este oficio, y si bien hay excepciones que logran prosperar, muchas veces precisamente por esa falta de ética (sirvan de ejemplo Carlos Denegri, perfectamente retratado en la novela El vendedor de silencios de Enrique Serna, o más recientemente, individuos como Carlos Loret de Mola y Pablo Reinah, que no parecen sentir el menor remordimiento por su papel en el calvario que vive Israel Vallarta), lo cierto es que muchas veces el oportunismo, el arribismo, la falsedad, la falta de ética y veracidad, y otras malas prácticas comunes en el periodismo, tampoco sirven siempre para ascender, contrario a lo que muchas veces se cree. “La lucha de un periodista es entre él y su conciencia”, sentencia la periodista española Maruja Torres.

En este campo de periodistas (o aspirantes a periodistas), que en realidad no son o no deberían serlo, se encuentran aquellos que se embarcan en Periodismo o Comunicación solo para estudiar o trabajar de algo, lo que sea, por el simple hecho de que no encontraron algo mejor para estudiar o trabajar. O bien, entran emocionados, prueban la experiencia, pero después de un tiempo, sienten que no es lo suyo. Por eso no es raro que muchos brinquen a otro tren o barco a la primera oportunidad, y en gran medida, es válido: al menos tienen la honestidad y ética de reconocerlo y, mientras hagan un buen trabajo pese a ello y mientras estén en ello, ¿por qué estaría mal?

Existe otro sector que se queda en el camino, temporal o definitivamente, por las más diversas razones: problemas psicológicos, económicos o familiares. O el más común: el complicado panorama laboral que enfrentan no solo los periodistas, sino en general, la mayoría de los trabajadores en México (o América Latina en su conjunto, de hecho). A veces, aún con contactos, conocimientos y títulos necesarios, no es fácil conseguir un trabajo estable y bien remunerado.

Por más que la propaganda oficial enarbole un país donde la precariedad y la subcontratación parecen erradicadas, esto no es así: de acuerdo con el reportaje publicado por IBERO Puebla, Trabajar por amor al arte: periodismo en México (2024), el salario promedio de un periodista es inferior al salario mínimo actual, y si bien esto podría resultar increíble en los grandes medios de la capital del país, no sólo es realidad en la capital, sino especialmente en los medios locales de los diferentes estados de la república, donde la precarización resulta aún peor.

Por ello, es común que muchos periodistas terminen trabajando en infinidad de empleos varios, que muchas veces no tienen nada que ver con su formación o trayectoria, pero al menos les permite sobrevivir. Quizás por eso, verlo como un trabajo en el que la vocación, el “amor al arte”, es vital, no es sólo una figura poética: es el bello eufemismo de una amarga cotidianidad, no muy lejana a las experiencias de infinidad de pintores y literatos con similar destino. Uno de los libros que mejor lo aborda es Narcoperiodismo. La prensa en medio del crimen y la denuncia (2016, Aguilar), que dedica parte de la obra a denunciar la precariedad e inseguridad en que tiene que desenvolverse el llamado “Cuarto Poder” en la mayor parte de México.

¿Es el periodismo un arte o una ciencia? No es sencillo llegar a una respuesta, porque esto no se ha determinado. A lo sumo, se le considera una disciplina, cercana o relacionada con las ciencias sociales o incluso políticas, y por ello tienden a incluirlo en dichas facultades universitarias. ¿Podríamos concederle que se trata de algo híbrido? Evidentemente, resulta más diáfana su relación con la ciencia. En un artículo de 2015, el académico Juan José García Posada nos expone las Cinco Leyes de la Ciencia del Periodismo y sus cuatro características esenciales, enunciadas por el escritor, docente y periodista alemán Otto Groth (1875-1965), discípulo de Max Weber, que desde el Instituto de Periodismo de Múnich y a lo largo de su extensa obra diseminada en cuatro tomos titulada Die Zeitung. Ein System der Zeitungskunde (El periodismo. Un sistema de estudios periodísticos, 1928-1930), destacó como pionero en el trabajo académico y teórico sobre el periodismo. Las cuatro características esenciales señaladas por Groth son: actualidad, universalidad, publicidad y periodicidad, y debemos agregar que estas, en el marco teórico y sistemático de la Metodología de la Investigación, hermanan al periodismo con otras ciencias sociales.

¿Es el periodismo arte? Tampoco existe un único criterio definido al respecto. Sin embargo, en una entrevista realizada por la Fundación Gabo a la periodista Leila Guerriero, ella trazó su visión sobre la relación entre la poesía (el arte literario) y el periodismo, y el equilibrio que debe mantenerse en los textos que combinan ambos mundos: “No creo que exista algo como la poesía del periodismo. Lo que sí me parece es que la poesía nutre la prosa de cualquier autor o autora, sea periodista o sea Dios (quiero decir, que escriba no ficción o escriba ficción). En algunos casos, la buena no ficción echa mano de una escritura un poco más lírica y poética, aunque creo que hay que tener la rienda muy corta con eso porque uno puede pasarse de decibeles y transformar un texto periodístico en un texto demasiado barroco en el cual la sobreescritura haga que se pierda de vista la información. (...) Leer poesía forma el oído y, por tanto, el fraseo y la música del lenguaje. Todo eso termina transformando a un texto periodístico en algo de calidad muy superior. Cuando un texto periodístico está bien hecho, se convierte en una forma de arte”.

En una entrevista de 1970 realizada por Ricardo Piglia, el célebre periodista argentino Rodolfo Walsh, autor del libro Operación masacre (1957), definía al cuento, la ficción y la novela como un “arte literario correspondiente a una determinada clase social en un determinado período de desarrollo” que estaba llegando a su fin, refiriéndose con ello a la burguesía y a estos géneros como “arte burgués”, ya que “la denuncia traducida al arte de la novela se vuelve inofensiva, no molesta para nada, es decir, se sacraliza como arte. (La denuncia periodística) es poderosa, lógicamente muy poderosa, pero al mismo tiempo creo que gente más joven, que se forma en sociedades distintas, en sociedades no capitalistas o en sociedades que están en proceso de revolución, gente más joven va a aceptar con más facilidad la idea de que el testimonio y la denuncia son categorías artísticas, por lo menos equivalentes y merecedoras de los mismos trabajos y esfuerzos que se le dedican a la ficción.

En un futuro, tal vez, inclusive se inviertan los términos: que lo que realmente se aprecie en cuanto a arte sea la elaboración del testimonio o del documento, que, como todo el mundo sabe, admite cualquier grado de perfección. Evidentemente, en el montaje, la compaginación, la selección, en el trabajo de investigación, se abren inmensas posibilidades artísticas”. Ese futuro no ha llegado, ya que la ficción literaria está lejos de fenecer y, por el contrario, muchas veces, ficción y periodismo se han integrado en detrimento del rigor, la veracidad y la credibilidad periodísticas.

Gran parte de lo aquí escrito podría parecer deprimente, casi un cuento de horror con el fin de desalentar a todo aquel que desee dedicarse al periodismo. No es así, y valga como ejemplo la revalorización del presente y lo fugaz en relación con la labor periodística. Cierto e irremediable: el periodista está unido al presente como la Luna a la noche. Sí, es probable que su labor se pierda en el olvido para la mayor parte de la sociedad. Sí, gran parte de lo periodístico es sólo acumulación que no trascenderá al Olimpo.

Pero, honestamente, si nos despojamos de esas necesidades de reconocimiento y atención, ¿acaso eso lo es todo? Me explico: sí, el olvido es probable que acompañe al periodista. Pero, ¿eso hace realmente menos importante, menos relevante, menos útil y provechosa la labor periodística? ¿Acaso las mejores y más importantes experiencias de vida no solemos extraviarlas de nuestra memoria, por el simple hecho de estar impregnadas de cotidianidad? Sin darnos cuenta, aunque no siempre, olvidamos los olores y sabores que marcaron nuestra infancia.

Olvidamos las fechas importantes. A veces olvidamos los besos, los abrazos, las caricias, las palabras dichas, no porque no nos importe la persona, sino porque simplemente el hábito, la costumbre, ya lo tenemos tan incorporado que somos inconscientes de ello. Al cabo de un tiempo, lo tenemos integrado y esa integración nos difumina algunos recuerdos porque ya no es algo externo: es parte de nosotros, y olvidamos el momento exacto en que sucedió tal o cual cosa. Porque, en un primer momento, ya no podemos recordar cómo era la vida, ni cómo éramos nosotros antes de eso.

Ocurre, por ejemplo, con la divergencia entre los programas seriados de streaming o televisión y el cine. Una serie, una telenovela o cualquier programa de entretenimiento, por su duración, solemos integrarlo a nosotros, para bien o para mal. Sí, en ocasiones lo olvidamos porque no prestamos atención alguna, o bien, porque el contenido es tan banal que nuestro cerebro decide no registrarlo. Pero también sucede que se integra incluso inconscientemente; se vuelve parte de nuestra cotidianidad y de nosotros mismos, y no estamos conscientes de nosotros mismos permanentemente. En cambio, una película es algo más externo, algo a lo que, si bien podemos volver, es un relato que acaba al cabo de hora y media, dos horas o poco más. No tenemos que convivir con ello día tras día, como pasa con las series, las telenovelas u otros programas seriados. ¿Será que nunca valoramos lo que ya se ha vuelto rutinario? Efectivamente, y el periodismo se encarga de reportar justo eso: la cotidianidad, la rutina, aun en los casos que intenta innovar.

Algo parecido pasa con la cocina o la gastronomía. Una persona se esmera en cocinar, reunir los mejores ingredientes, en nutrir y alimentar bien a los demás o a sí mismo. Sin embargo, lo que realiza no puede perdurar: tiene que comerse, consumirse, morderse, masticarse, saborearse, procesarse y, en la última etapa del proceso digestivo, desecharse. Si no lo hiciéramos, el alimento pierde color, vida, forma, frescura e incluso, posiblemente, pueda perder nutrientes. Secarse, derretirse, aguarse, ajarse o pudrirse. ¿Dejamos o deberíamos dejar de comer por la fugacidad del acto? No. ¿La fugacidad de un platillo y del ingerir lo hace menos importante para nuestro organismo? De ninguna manera.

Así es el periodismo. Con la esperanza de que, si no pudimos cambiar la sociedad o política de nuestro tiempo, al menos tal vez logramos cambiar la vida o formar la opinión y el pensamiento de algún lector o espectador, aunque posiblemente después no recuerde el origen de esa idea u opinión. Visibilizamos lo que nadie quiere ver. Bajamos del pedestal a cualquier falsario o delincuente con poder que sea necesario. Y la satisfacción de realizar un periodismo ético y honesto, que aporte más que mero entretenimiento y manipulación… El hecho de que cambiamos algo o a alguien, por poco que sea. Y, en el menor de los casos, nos transformamos como personas en el proceso de nuestra labor periodística. Con suerte, nos deja más conscientes, más empáticos, mejores personas que antes.

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