Jaime Martínez Veloz Jueves, 31 de Julio del 2025, 00:33
El Arquitecto Jesús Ochoa Ruesga y la crónica de un levantamiento tardío y de enchiladas que apagaron la revolución.
Por Jaime Cleofás Martínez Veloz
Corría el año de 1984, ese calendario amarillo y medio arrugado por los vientos de la transición, cuando todavía los ideales estudiantiles sabían a tinta y los levantamientos se anunciaban con volante, no con hashtag. En la silla caliente de Rector Interino de la Universidad Autónoma de Coahuila no se sentaba cualquiera: ahí estaba el arquitecto Jesús Ochoa Ruesga, sabio de trazo fino, carácter templado y respuestas que no venían en los panfletos, ni se improvisaban en las marchas.
Desde Torreón llegó el rumor de una revuelta estudiantil con más entusiasmo que logística, más ganas de ser atendidos que de llegar temprano. La cita era a las 10:00 AM. Pero entre sueños revolucionarios y transporte tortuguino, los radicales se presentaron cinco horas después, justo cuando el hambre ya había sustituido a la indignación.
El Arquitecto, con su serenidad de adobe firme y temple de dirigente universitario, soltó como quien ya diseñó la estructura y está esperando la mezcla:
—“Ya hace hambre. Parece que los jóvenes de Torreón decidieron no venir.”Nos dirigíamos al refugio culinario llamado “La Canasta”, templo de la diplomacia gastronómica, cuando un convoy de camiones irrumpió en escena, como si la revolución fuera cuestión de aparecer justo cuando se sirve el arroz. De uno descendió un joven, más vociferante que puntual, que lanzó su amenaza envuelta en bravura de última hora:
—“¡Si no nos atiende, nos vamos a levantar en armas!”La respuesta del arquitecto fue inmediata, con la precisión de quien no solo diseña espacios, sino que mide egos:
—“Si se quieren levantar en armas, yo respeto su decisión… pero les recomiendo que mejor se levanten más temprano. Yo los estoy esperando desde las diez de la mañana. Ya son las tres y media.”La frase cayó como viga en reunión de improvisados. Silencio. Gestos. Miradas. Y luego, la jugada maestra, disfrazada de cortesía y estrategia:
—“Mejor les propongo que nos vayamos todos a comer. Yo los invito, y después de la comida, tratamos lo que les interesa.”El líder intentó contraatacar con argumentos de sobremesa, pero el resto lo calló con la diplomacia ruidosa que solo el hambre puede comandar. Se aceptó la tregua. Se abandonaron las pancartas por los platos. Y se comió arroz sin madre, cáscaras de papa y las históricas enchiladas A.T.M. — A Toda Madre, porque cuando se come bien, las revoluciones se posponen con gusto.
El levantamiento se volvió comida comunitaria. La consigna, sobremesa. La amenaza, entrada. Y el Rector, leyenda.
Así era Jesús Ochoa Ruesga. Un rector de palabra templada, más hábil con el verbo que con la represión, que sabía que a veces, la mejor revolución... empieza por invitar a comer.
