Javier H. Contreras O. Domingo, 30 de Marzo del 2025, 15:13
Somos malos porque queremos ser malos.
Por Javier Horacio Contreras Orozco
"No hay peor mal que la indiferencia"
-Lizbeth Sagois Sales, filósofa mexicana
Cuando actúa mal, ¿siente un impulso interior que lo lleva a dañar a alguien?, ¿nacimos malos, aprendemos a ser malos o por gusto nos convertimos en malos?
Si los malos son muy pocos, ¿por qué le ganan tan seguido a los buenos? ¿Por qué actuamos dañando a otras personas? ¿Qué nos impulsa al mal? ¿Cuál es el origen del mal? ¿Somos malos por naturaleza o cuál es nuestra responsabilidad moral frente al mal?
Son muchas las interrogantes que nos hacemos y buscamos respuestas en la ciencia, filosofía, religión, psicología o ética. Cada día se abren nuevos espacios sobre el dilema del mal, que ahora hasta las redes sociales ocupan un lugar muy importante en el tapete de esa discusión.
El tema del mal es tan antiguo como el ser humano y, propiamente, más que un tema, es una actitud, un comportamiento y una acción que trastocan la naturaleza humana. No nacemos para actuar mal, pero tenemos la posibilidad y la voluntad de hacer daño. Somos malos porque queremos ser malos.
Otra interrogante que, desde antes del cristianismo, se planteaban algunos filósofos era si el mal procede de una fuerza sobrenatural que no podemos controlar ni cambiar o si los malos son malos porque están predeterminados por el destino.
El filósofo Epicuro, quien vivió del año 341 al 271 antes de Cristo en Grecia, fue uno de los primeros en plantearse el tema que ahora se conoce como la paradoja de Epicuro, en la búsqueda de conciliar el sufrimiento del hombre con la existencia del mal. Y lo expuso así: “O Dios quiere quitar el mal del mundo, pero no puede. O puede, pero no quiere quitarlo. O no puede ni quiere. O puede y quiere. Si quiere y no puede, es impotente. Si puede y no quiere, no nos ama. Si no quiere ni puede, no es el dios bueno y, además, es impotente. Si puede y quiere —y esto es lo único que como dios le cuadra— ¿de dónde viene entonces el mal real y por qué no lo elimina?”.
Ese planteamiento o dilema, muchos años antes del cristianismo, fue uno de los primeros que empezó a inquietar a pensadores y filósofos que intentaron dar respuestas desde diferentes ángulos. Eso podía llevar a que era imposible que Dios fuera la causa del mal, pero como es un ser superior con las características de benevolente, entonces no existe el mal porque él no pudo crearlo. Entonces, ¿de dónde surge el mal?
Por eso, el mal ha sido uno de los misterios profundos de la naturaleza humana. ¿Quién o qué nos impulsa a ser malvados? Los que andan cometiendo crímenes en las calles, robando, asesinando y promoviendo acciones malignas, ¿estarán conscientes del daño, dolor y sufrimiento que causan a la sociedad?
O, ¿pueden justificar sus acciones diciendo que lo hacen por necesidad, falta de oportunidades, injusticia o mal ejemplo?
Algunos creyentes argumentan que el destino o determinismo decide quién será bueno o malo. O lo ven con resignación, justificando que dentro de las personas hay una fuerza malvada que las impulsa a actuar así.
Pero, independientemente de esto, el mal existe, como existe la bondad. Hay personas malas y personas buenas con base en tres características del ser humano: la libertad, la voluntad y la razón.
Cuando hacemos una acción mala, sabemos que estamos actuando mal. El segundo paso es el factor de la voluntad de querer o no querer hacer esa acción y, tercero, está sólo en nosotros decidir si lo hacemos o no con sus consecuencias. Podemos engañar a las víctimas y a un juez, pero no podemos engañarnos a nosotros mismos.
Hay personas que buscan y provocan el mal por soberbia, envidia y resentimiento. Y la soberbia es el principal motor para hacer el mal porque celamos a alguien, porque aspiramos a tener lo que otros tienen, porque queremos arrancar lo ajeno, destrozar a quien envidiamos. No hay otra razón.
Entre los defectos de carácter, esa soberbia es la campeona por encima de otros, porque se ciegan y se sienten superiores a los demás. Ahora, con las redes sociales, la soberbia se manifiesta a través del narcisismo, vicio y epidemia de la vida moderna.
El filósofo cristiano San Agustín abordó también el problema del mal, desde su enfoque, afirmando que la razón puede conocer el bien, pero la voluntad puede rechazarlo, es decir, la razón conoce, pero la voluntad elige.
Siglos después lo dijo la filósofa judía Hannah Arendt en la cobertura periodística del juicio del nazi Adolf Eichmann, conocido como el “arquitecto del holocausto”, en lo que tituló “la banalidad del mal” para explicar que hay personas capaces de cometer grandes crímenes o daños máximos, y puede ser gente que aparenta ser normal. Eso lo vivimos seguido cuando nos enteramos de un caso de un vecino o persona conocida que es acusada de un delito como una violación o asesinato. Lo primero que pensamos es que la veían tan normal en su casa, que salía a pasear una mascota o que nadie se imaginaba que fuera capaz de un comportamiento atroz.
Un sicario o narcotraficante sabe perfectamente que asesinar o vender drogas es malo, aunque lo quiera asumir como su “trabajo”. O más allá, que quieran justificarlo con la teoría de la banalidad del mal de Arendt, diciendo que era una orden que hicieran eso.
El mal es el mal. Un asesinato es un asesinato y no se pueden escudar en órdenes de trabajo. Lo hacen, aunque saben que es malo, pero quieren hacerlo. Es la fuerza de la voluntad y es el ejercicio del libre albedrío. De nosotros brota la decisión del mal. La naturaleza humana es la causa del mal. De nosotros surge la decisión volitiva (de voluntad) de provocar o crear desorden para deshacer el orden. El orden es armonía y, por lo tanto, amor, mientras que el desorden es odio y desamor.
¿Elegimos el mal o somos arrastrados involuntariamente al mal? Como seres dotados de libre albedrío y voluntad, decidimos nosotros entre las vías del bien y del mal. No somos zombies ni seres irracionales ni máquinas o seres de instinto, sino seres únicos e irrepetibles que ejercemos nuestra individualidad con el ejercicio de la voluntad y el bien común. Por naturaleza somos seres inclinados al bien, pero también, por esa misma naturaleza imperfecta, podemos elegir otros caminos.
Acaso, ¿el mal es una fuerza innata que traemos o lo desarrollamos según el ambiente? Decidimos por el mal porque podemos y queremos, no hay duda. Pero también decidimos por el bien porque podemos y queremos. Cuando nos rebelamos contra el orden, por soberbia, por sentirnos superiores o puramente perfectos, es cuando rompemos la barrera y creemos que los demás están equivocados y son unos estúpidos e idiotas.
Por lo tanto, la maldad es una elección libre que tomamos porque gozamos del libre albedrío, que permite decidir en un abanico de escenarios, desde lo legal a lo ilegal, desde lo permitido a lo prohibido.
El libre albedrío lo podemos considerar como la libertad con voluntad y en la máxima potencia del ser humano, que se complementa con la razón y conciencia. El otro rostro es la soberbia que nos conduce del orden al desorden, del bien al mal, de la construcción a la destrucción, de la edificación a la deconstrucción.
¿Y cómo se manifiesta el mal o cuáles son sus rostros?
Hay varios disfraces para camuflarse, con máscaras como el engaño, la manipulación, la desinformación intencional, la violencia, la agresión e intolerancia en un abierto desafío del mal al bien.
El problema del mal se acabará cuando desaparezcan los humanos, porque sencillamente, el origen del mal somos nosotros.
Ahora, ser indiferentes o ajenos al mal es ser cómplices del mal. O también ser tolerante con el mal constituye otra complicidad.
Por lo tanto, no seamos indiferentes ni cómplices del mal y, sobre todo, perdonemos a quienes nos desean el mal y pidamos perdón a quien ofendemos.