Hazael Sayavedra Jueves, 20 de Noviembre del 2025, 15:46
Las investigaciones de Los Ángeles Press sobre políticos y empresarios de Baja California revelan un patrón de opulencia privada, y opacidad pública.
Por Hazael Sayavedra
A veces la historia política de Baja California parece escrita por un guionista cansado, uno que ya no se molesta en inventar villanos nuevos y simplemente recicla los mismos, cambiándoles el eslogan y el color del partido. Y en ese cast, la gobernadora Marina del Pilar Ávila Olmeda aparece como el personaje más predecible… que inquietante.
Porque si algo representó su llegada al poder fue la encarnación perfecta de aquello que su movimiento prometió erradicar: los viejos hábitos, los viejos vicios y los viejos apetitos que nunca se fueron… sólo estaban esperando turno.
La austeridad —esa gran protagonista de las campañas— murió en silencio en cuanto se firmaron los primeros cheques. La igualdad y la inclusión, por su parte, siguen atrapadas en un power point que nadie volvió a abrir. Y el bienestar social… bueno, ése ya es una criatura mítica, como el chupacabras de Salinas de Gortari: todos hablan de él, pero nadie lo ha visto.
Una gobernadora, su esposo, su cuñado y una riqueza súbita: suena a trama de Netflix… pero es solo martes en Baja California.
La realidad es que, mientras los ciudadanos lidian con inseguridad, inflación y promesas evaporadas, el círculo íntimo del poder parece haber optado por otro tipo de “bienestar”: el financiero oscuro, ése que liga cuando el erario es fértil y los amigos empresarios disponibles a la más fértil amistad todavía.
Porque hoy, para muchos, la historia de Marina del Pilar se resume así:
una pareja políticamente bendecida que descubrió que el poder no solo abre puertas… también cuentas.
Pero lo verdaderamente tétrico —y aquí es donde la ironía se vuelve escalofrío— es que esta vez la trama no se queda en los chismes del café político.
Cuando Estados Unidos voltea a ver a Baja California… no es para turismo.
Los señalamientos que circulan sobre empresarios con presuntos vínculos incómodos, más la cercanía con la esfera del poder estatal, han generado algo más que murmullos: habrían atraído la atención de servicios de inteligencia estadounidenses, que no son precisamente conocidos por su sentido del humor.
Y cuando el Tío Sam te observa, todos sabemos que no es porque quiera invitarte a un barbecue.
Mientras tanto, en el sur de California, la periodista investigadora Guadalupe Lizárraga puso la primera piedra de esta torre de sospechas, documentando con evidencias las conexiones entre Fernando Salgado Chávez y la familia Torres esposada con Marina del Pilar.
¿La recompensa por su trabajo?
Un elegante despacho legal en Virginia intentando darle un silenciamiento transfronterizo en el sur de California. Un gesto tan fino, tan sutil, tan… moreno, que hasta da risa si no fuera siniestro.

Pero el tiro les salió por la culata: las autoridades de ambos lados de la frontera comenzaron a olfatear el caso y revisar las pruebas, y ahora la podredumbre huele tan fuerte que ya ningún aire acondicionado institucional la puede disimular.
Un tsunami del norte y un boleto con destino a “donde no haya extradición”.
Se dice en los pasillos políticos que varios personajes del entorno de la gobernadora están empezando a practicar su inglés acelerado, por si ese “tsunami americano” termina siendo más investigación que metáfora.
Porque cuando un gobierno de Estados Unidos te mira, te señala y te sigue, no es para ver cómo terminas tu mandato. Es para ver si alcanzas a llegar al aeropuerto.
Morena y el sacrificio ritual
Y aquí viene lo más irónico de todo: si el movimiento quiere llegar con cara limpia al 2030, tarde o temprano tendrá que ofrecer cabezas.
Cabezas grandes. Cabezas que suenen cuando caigan.Pero ese capítulo, querido lector, será para la próxima entrega.
La historia apenas se está calentando… y Baja California siempre sabe dar más.