Tres atentados, un patrón: el caso de Trump
Los tres atentados de Trump: a la izquierda superior Thomas Crooks, abajo Ryan Routh, al centro, Trump después del primer atentado que le roza la oreja, y a la derecha un aspecto del tercer atentado de Cole Tomas Allen. Composición: Los Ángeles Press.

Hazael Sayavedra

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Los atentados son interpretados como parte de una narrativa más amplia sobre manipulación, radicalización y construcción de amenazas contemporáneas.

Por Hazael Sayavedra

Desde una perspectiva inspirada en Behold a Pale Horse, publicado en 1991 por Milton William Cooper, resulta pertinente analizar cómo los atentados recientes contra el presidente Donald Trump podrían estar reforzando una narrativa sistemática de victimización y resiliencia.

Cooper sostenía que los programas de control mental derivados del Proyecto MKUltra evolucionaron hacia técnicas más refinadas, permitiendo la creación de sujetos programados capaces de ser activados mediante disparadores específicos para ejecutar actos violentos, muchas veces sin plena conciencia de sus motivaciones. Como ejemplos, Cooper citaba frecuentemente a Lee Harvey Oswald, Sirhan Sirhan, James Earl Ray y John Hinckley Jr.

Entre julio de 2024 y abril de 2026 se registraron tres intentos de atentado contra Donald Trump. Llama especialmente la atención que dos de los tres atacantes tenían formación como ingenieros y experiencia en el desarrollo de videojuegos. El más reciente, Cole Tomas Allen, de 31 años, era ingeniero graduado de Caltech y desarrollador independiente de videojuegos.

El primer atentado, el 13 de julio de 2024 en Butler, Pensilvania, destacó por su precisión excepcional: una bala que rozó únicamente la oreja del presidente, generando la icónica fotografía con el puño en alto y sangre en el rostro. Los dos atentados posteriores muestran una ejecución notablemente menos sofisticada, lo que podría interpretarse como operaciones de mantenimiento de la narrativa de amenaza constante.

La evolución de los métodos

Cooper escribió su libro en una época sin internet. Los métodos de control mental de aquella época requerían control físico total sobre el sujeto. Sin embargo, en las últimas décadas, estos métodos han evolucionado drásticamente. Ya no es necesario secuestrar, drogar o torturar a una persona en un laboratorio. Hoy, el dispositivo más poderoso de programación mental es el teléfono móvil que cada persona lleva voluntariamente en el bolsillo.

Los algoritmos actuales pueden identificar vulnerabilidades psicológicas, alimentar obsesiones, aislar al individuo de ideas contrarias y radicalizarlo progresivamente; todo ello sin que la persona perciba que está siendo manipulada. Esta nueva forma de “programación a distancia” es infinitamente más eficiente y escalable que las técnicas de los años setenta.

El caso del atacante de la Pirámide de la Luna en Teotihuacán, ocurrido apenas seis días antes del último intento contra Trump, ilustra perfectamente esta evolución. Julio César Jasso Ramírez, al igual que Cole Tomas Allen, también era ingeniero y desarrollador independiente de videojuegos. Durante el ataque, el sujeto utilizaba un lenguaje completamente ajeno a su perfil: hablaba constantemente con el pronombre “vosotros”, empleaba expresiones como “joder” y “cabrones”, y pronunciaba frases rituales y arcaicas como “esto se construyó para sacrificar” y “si os movéis os sacrifico”. Todo esto contrastaba fuertemente con su origen como mexicano de Guerrero y con la forma en que siempre se había expresado, según sus conocidos.

En última instancia, la verdadera programación del siglo XXI ya no ocurre en laboratorios secretos. La radicalización se encuentra ahora en los dispositivos que cada uno de nosotros cargamos diariamente en el bolsillo. Son estos teléfonos los que detectan mentes frágiles y manipulables, las alimentan con contenido cada vez más extremo y las convierten en armas.

El algoritmo ha reemplazado al laboratorio, y lo ha hecho con una eficacia que los creadores originales de MKUltra jamás pudieron imaginar. ¿O si...?

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