Estados Unidos: un muro que divide más que territorios
El muro que divide la frontera entre México y Estados Unidos. Foto: red

Daniel Lee

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Estados Unidos mantiene la construcción de nuevas barreras en Arizona pese a las denuncias por afectaciones al territorio ancestral y sitios sagrados indígenas.

Por Daniel Lee

Estados Unidos vuelve a recurrir al muro como respuesta a un fenómeno complejo que no se resuelve con acero y concreto. El gobierno de Donald Trump reactivó el proyecto “Tucson 5”, que contempla la construcción de 100 kilómetros de barrera en Arizona, aun frente a la oposición de la Nación Tohono O'odham, cuyo territorio ancestral y sitios sagrados serían afectados.

La justificación oficial es combatir el tráfico de drogas, el contrabando y la migración irregular en una de las zonas más peligrosas del desierto. La seguridad fronteriza es una obligación de cualquier Estado, pero el problema surge cuando ese objetivo se impone sin escuchar a las comunidades que históricamente han habitado esos territorios.

Para la Nación Tohono O'odham, el desierto no es un espacio vacío ni una simple línea en el mapa. Es parte de su identidad, de su historia y de su vida espiritual. Mucho antes de la frontera entre México y Estados Unidos, este pueblo ya habitaba una región que hoy queda dividida por límites políticos y, ahora, por nuevas barreras físicas.

El reciente fallo de un juez federal permitió que la obra continúe, al considerar que la tribu no demostró una afectación ilegal sobre su territorio. Sin embargo, la legalidad no siempre equivale a justicia. Por ello, legisladores encabezados por la congresista Adelita S. Grijalva exigieron detener el proyecto hasta realizar una consulta real y significativa con la comunidad indígena.

La discusión también abre una pregunta de fondo: ¿es el muro la mejor inversión para la seguridad fronteriza? Diversos sectores han planteado que fortalecer y modernizar los puertos de entrada podría ser una estrategia más eficaz para combatir el tráfico ilícito que seguir extendiendo barreras físicas en zonas remotas.

Además, la experiencia demuestra que los muros no eliminan las causas de la migración. En muchos casos, solo empujan a las personas hacia rutas más peligrosas, aumentando el número de desaparecidos y fallecidos en el desierto.

La frontera es mucho más que un espacio de control. Es un territorio compartido por comunidades, culturas y ecosistemas que existen desde antes de los actuales Estados nacionales. Ignorar esa realidad en nombre de la seguridad implica repetir una vieja historia: la de pueblos indígenas que son consultados al final o, peor aún, cuando las decisiones ya están tomadas.

Estados Unidos tiene derecho a proteger sus fronteras, pero esa protección no puede construirse a costa de la memoria, los derechos y los territorios de quienes han vivido allí durante siglos.

Porque un muro puede dividir la tierra, pero no debería borrar la historia ni la dignidad de un pueblo.

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