Ignacio García Martes, 03 de Febrero del 2026, 14:54
Foro Público
Han transcurrido 25 años desde que Andrés Manuel López Obrador implementó por primera vez las conferencias de prensa mañaneras, cuando era jefe de Gobierno de la Ciudad de México. Este ejercicio, inédito en la cultura política mexicana, posicionó al tabasqueño como el principal presidenciable para los comicios federales de 2006.
El entonces jefe de Gobierno de la capital del país decidió convocar a los periodistas de los principales medios de comunicación que cubrían la fuente para anunciar sus proyectos y programas gubernamentales. En ese momento la prensa consideró que se trataba de un ejercicio plural y democrático que permitía mayor acercamiento con el mandatario capitalino.
Sin embargo, rápidamente las conferencias de prensa dejaron de serlo. López Obrador aprovechó los micrófonos para iniciar una guerra mediática en contra del entonces presidente de México, Vicente Fox, quien inmediatamente aceptó el desafío y las mañaneras se convirtieron en un espacio de posicionamiento político electoral sin restricciones.
López Obrador cuestionaba, increpaba y desafiaba al jefe del Ejecutivo federal. Por primera un líder opositor se enfrentaba, al menos mediáticamente, al hombre más poderoso del país, y ante el éxito que le implicó al tabasqueño, Fox decidió iniciar contrarrestar la narrativa por medio de las contramañaneras que protagonizó el vocero presidencial, Rubén Aguilar, quien trataba de aclarar las acusaciones vertidas en contra del presidente.
Sin comprender las dinámicas de los medios de comunicación, Fox perdió popularidad de manera acelerada, mientras que López Obrador fue percibido como el perfil más idóneo para sucederlo en la presidencia, con la implementación de un discurso populista que paulatinamente fue acaparando la agenda pública.
La victoria política que representó para López Obrador el tema del “desafuero” causó una debacle en la imagen de la administración de Fox, que fue observada como irresponsable, vacilante e incompetente, mientras que el tabasqueño se encumbró como “perseguido político del régimen”.
Al dejar la jefatura de Gobierno de la Ciudad de México, las “mañaneras” se suspendieron por varios años, hasta que en 2018, López Obrador ganó las elecciones presidenciales y con ello anunció el regreso de este ejercicio que se replicaría en Palacio Nacional.
Según el ex presidente, se trataba de un ejercicio de comunicación circular, en el cual la ciudadanía se podría enterar de forma directa de las acciones públicas que implementaba el gobierno de la autodenominada “cuarta transformación”. Así, por primera vez un presidente de la República respondería diariamente a los cuestionamientos de la prensa, un hecho que rompía con la opacidad y discrecionalidad que había caracterizado a los ex presidentes, que únicamente concedían una o dos entrevistas a periodistas en sus sexenios para hablar sobre determinados temas de manera cuidada.
Un ejercicio de simulación mediática
La promesa de pluralidad de López Obrador se esfumó apenas unas semanas después de haber comenzado el sexenio. El ex presidente utilizó las “mañaneras” como un instrumento de ataque a sus adversarios políticos, cuestionar y demeritar la labor de los periodistas y recordar el pasado para responsabilizar los problemas del presente.
El tabasqueño aseguró que las mañaneras eran un esfuerzo de comunicación para contrarrestar la narrativa establecida por los medios de comunicación en su contra, ya que la mayoría de los periodistas estaban patrocinados por los intereses de las estructuras oligárquicas que pretendía combatir.
Así, las mañaneras se llenaron de seudo periodistas que ridiculizaron la labor de los verdaderos profesionales de la información para realizar cuestionamientos que únicamente exaltaban los atributos del presidente, destacando algunos lamentables casos como “Lord Molécula”, un propagandista que representó la ridiculización de la prensa en su máxima expresión, así como otros youtubers como “Chapucero” y otros perfiles desconocidos que se ufanaron por ser “verdaderos periodistas”.
Estos personajes estimularon la construcción de una narrativa que posicionó a López Obrador como el presidente más visto en el país en décadas. Primero atacó a los ex presidentes, principalmente los panistas Vicente Fox y Felipe Calderón, pero después apuntó contra Carlos X González y las estructuras empresariales, y posteriormente contra los comunicadores, a los que calificó como “chayoteros”, “neoliberales”, “Fifís”, “fachos”, “conservadores”, y como representantes de la “prensa inmunda”.
Desde Palacio Nacional, López Obrador no informó sobre su gobierno, improvisaba y atacaba a los perfiles que pretendía posicionar como adversarios a su gobierno, lo cual le permitió distraer a la opinión pública con sus alegatos o expresiones coloquiales que empleó para afianzarse en el colectivo nacional.
Con el paso del sexenio y el desgaste presidencial, las conferencias perdieron cada vez más seriedad. En algunos casos presentó fragmentos de la serie animada “Don Gato y su Pandilla”, en otros presentó la canción “¿Quién Pompó?” de Chico Che.
En estos espacios se popularizaron frases como “Yo tengo otros datos” para minimizar las cifras de inseguridad creciente en su sexenio, además de haberse burlado de los efectos que representaba la pandemia de Covid-19 al usar “escapularios” para afirmar que serían su protección contra los contagios, aunque se enfermó tres veces del virus.
Una herencia desgastada
Al dejar la presidencia de la República, López Obrador heredó las mañaneras a la presidenta Claudia Sheinbaum, quien tuvo que continuar con estos ejercicios, aunque a diferencia del tabasqueño, a la mandataria federal no le agrada hablar con los periodistas diariamente.
Prueba de ello es la duración de las mañaneras, que se redujeron a una hora y media, y sus respuestas son más cortas y concisas, a diferencia de las liturgias que caracterizaron a López Obrador que prefería no responder a los cuestionamientos de los periodistas y remitirse a la historia desde un punto de vista limitado y sesgado.
Sheinbaum ha destinado menos tiempo a atacar a los adversarios de la “4T”, sin exhibir a los periodistas críticos como sucedió en el sexenio de López Obrador, y ha optado, de manera parcial, a tratar de comunicar sobre las acciones de gobierno.
El costo político para la presidenta ha sido mayor, debido a que los señalamientos a personajes involucrados con la cuarta transformación en hechos de corrupción o vínculos con el crimen organizado le han cobrado factura con una evidente caída en su popularidad.
La estrategia de centralización de la comunicación institucional encarnada en la presidenta ha sido un error grave, pues en lugar de afectar a los personajes implicados, el principal soporte ha sido la mandataria federal, que incluso ha sido exhibida por su incapacidad para responder a los hechos más delicados en su administración.
El equipo de comunicación social de la Presidencia de la República, encabezado por Jesús Ramírez Cuevas, ha exhibido su desconocimiento en materia de comunicación política. Han sido descuidados para verificar que Sheinbaum ha presentado ante la opinión pública imágenes hechas con inteligencia artificial como la supuesta detención del atleta canadiense Ryan Wedding, o la falta de preparación para responder sobre la interrupción de los envíos de petróleo a Cuba ante las presiones de Estados Unidos.
Así, las conferencias de prensa mañaneras han dejado de ser consideradas como espacios de cobertura permanente por parte de los medios de comunicación serios y profesionales, mientras que youtubers e influencers, sin formación ni experiencia periodística real, acaparan este espacio de simulación informativa.
Nota aparte: Los seudo periodistas que acuden a las mañaneras también han sido exhibidos por cobrar por preguntas, lo que ha implicado un negocio redondo para quienes preguntan y para quienes determinan quiénes preguntarán en las mismas.