Manual de intervención: cuando el enemigo es funcional

Hazael Sayavedra

Compartir

En esa lógica de poder, el enemigo deja de ser una amenaza a contener y se convierte en una pieza útil del relato.

Por Hazael Sayavedra

No hay sorpresa en Venezuela. Hay método.

Desde 1945, Estados Unidos ha participado directa o indirectamente en más de 70 operaciones de cambio de régimen, encubiertas o abiertas. El patrón es estable: se identifica un enemigo, se moraliza el conflicto, se internacionaliza la narrativa y se legitima la intervención. Lo único que cambia es el nombre del villano.

Hoy el villano son las drogas.

En marzo de 2020, el Departamento de Justicia de EEUU ofreció 15 millones de dólares por información que llevara a la captura de Nicolás Maduro, acusándolo de narcoterrorismo. La figura del “Cártel de los Soles” fue elevada a categoría estratégica, aunque ningún tribunal internacional ha probado su existencia como organización criminal estructurada. En inteligencia, eso no es un obstáculo: es un detalle menor.

La narrativa funcionó porque era útil.

El petróleo venezolano explica la urgencia. Transportar crudo desde Medio Oriente a la costa este de EEUU toma entre 45 y 60 días, con costos logísticos que pueden superar los 3 a 4 dólares por barril solo en flete. Desde Venezuela, el trayecto se reduce a 10–15 días. En geopolítica energética, el tiempo es dinero y el dinero es poder.

Siria fue el antecedente. Entre 2014 y 2017, ISIS llegó a extraer hasta 80 mil barriles diarios, vendidos en el mercado negro vía Turquía. El grupo fue combatido… después de cumplir su función desestabilizadora. El modelo está documentado.

Ahora el foco se desplaza.

En 2024, EEUU declaró oficialmente a varios cárteles mexicanos como organizaciones terroristas extranjeras. No es una decisión simbólica: esa clasificación habilita operaciones extraterritoriales, congelamiento de activos, uso de fuerzas especiales y acciones encubiertas sin autorización del país objetivo.

México entra en el radar rojo.

Los números internos no ayudan a la defensa soberana. Desde 2018, México ha registrado más de 190 mil homicidios dolosos. El promedio anual ronda los 30–33 mil asesinatos, cifras comparables a zonas de guerra de baja intensidad. A esto se suman más de 110 mil personas desaparecidas oficialmente reportadas. Ningún discurso neutraliza esos datos.

La política de “abrazos, no balazos” redujo enfrentamientos directos, pero aumentó el control territorial del crimen organizado. Hoy, según estimaciones de seguridad, los cárteles tienen presencia activa en más del 60 % del territorio nacional. Controlan rutas, puertos, mercados ilegales y legales: desde drogas y extorsión hasta aguacate, limón, pesca y combustibles.

Estados Unidos lo sabe. Y lo ha documentado durante décadas.

Casos como García Luna, El Chapo Guzmán, los Arellano Félix, Osiel Cárdenas o “La Barbie” no fueron golpes aislados: fueron extracciones de inteligencia. Testimonios, redes, nombres, vínculos políticos. El expediente mexicano no está incompleto; está archivado, clasificado y listo.

El gesto político también cuenta. El saludo público del entonces presidente López Obrador a la madre de Joaquín Guzmán no fue anecdótico. En lenguaje de poder, fue una señal ambigua, suficiente para alimentar sospechas en Washington y munición narrativa en el momento adecuado.

Y ese momento se acerca.

Donald Trump no inventa la doctrina; la ejecuta sin maquillaje. Su discurso sobre México, drogas y seguridad conecta con una base electoral cansada de explicaciones y dispuesta a aceptar acciones unilaterales. Para la industria militar estadounidense —que mueve más de 800 mil millones de dólares anuales— el conflicto no es una tragedia: es un motor económico.

Problema → reacción → solución.

El manual no cambia.

Primero se deja crecer el caos. Luego se denuncia el caos. Finalmente, se interviene “para salvar”.

Venezuela fue el ensayo. México es el escenario plausible. No porque sean un Estado fallido, sino porque el contexto lo hace funcional.

En geopolítica no se castiga al culpable. Se utiliza al vulnerable.

Y México, hoy, cumple con todos los requisitos.

Agréganos como fuente preferida en Google