Del sexismo en la picaresca tradicional española

Alberto Farfán

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La picaresca revela cómo el cambio de protagonista no transforma el orden social, sino que refuerza prejuicios de género y castigos morales.

Por Alberto Farfán

Bastante significativo es el poder encontrar dos novelas de la picaresca tradicional española cuando la protagonista es una mujer, pues por regla general fueron varones los personajes principales, pero el problema aparece al momento en que se detectan algunas modificaciones de fondo por su gran repercusión.

Publicadas en el siglo XVII, las novelas La hija de Celestina (1612), y La niña de los embustes, Teresa de Manzanares (1632), cuyos autores son Alonso Jerónimo de Salas Barbadillo y Alonso de Castillo Solórzano, respectivamente, nos abren la posibilidad de entretenernos de manera divertida con los hechos que sucedían en aquella época, además de desprender la visión sociocultural y moral de ambos escritores.

Cabe recordar que el subgénero picaresco buscaba exponer por medio de la sátira o la ironía la serie de conductas y situaciones erróneas y decadentes, que giraban en torno del individuo y en detrimento de éste, pero que debían preservarse como factores de cohesión de la sociedad.

Esta mordaz crítica social no se permitía concesiones de ninguna naturaleza, debido a que se planteaba dejar en entredicho tanto a instituciones como a sujetos pertenecientes a los distintos estratos socioeconómicos, aunque poniendo el acento especialmente en las personas que detentaban el poder, ya que se proponían juzgarlo todo.

Al incluir a una protagonista femenina notamos lo siguiente: la doble moral prevaleciente —cuestionada cuando el protagonista era varón— aquí es solapada e incluso promovida sin ambages. Por ejemplo, la anti-heroína es insultantemente hermosa, razón por la cual logra engatusar a sus incautos pretendientes, víctimas, además, de su presunta doncellez. Así, cuando el hombre recobra la lucidez, concluye que no es suficiente que la mujer sea bella, sino que realmente sea impoluta y de buena familia.

Los hombres son perdonables en sus deslices, precisamente porque la interfecta es la máxima representante de la maldad, por lo cual esta pecadora sexual sí debe de pagar, e incluso de la misma forma. A Teresa de Manzanares, en este caso, el autor la condena a sufrir una violación tumultuaria, que no prospera, pero que refiere con claridad la postura moral del escritor.

En este sentido, se observa otra variante del subgénero. Por regla general, el pícaro es víctima del medio en que vive, es el receptáculo directo de la ignominia de los poderosos. Sin embargo, aquí la victimaria es la pícara. Es ella, por ser mujer, quien realizará una especie de esgrima con la ominosidad propia de la sociedad que supuestamente se enjuicia.

Debido a lo cual, en este par de novelas, al haber un personaje del sexo femenino como personaje principal, la esencia del subgénero se diluye prácticamente por completo y brinda la apertura a situaciones de índole sexista, que no aportan nada bajo ningún concepto. Ambas son divertidas lo reconozco, tal y como deben de ser, pero no basta con ello.

Y en efecto, al proponer que los vicios sociales y morales forman parte de la esfera de actuación de la mujer, ambos autores nos propinan un curioso viraje conservador y retrógrada, pues al no considerar los factores reales que los propician dejan intactas las estructuras del poder, que los autores clásicos de la picaresca siempre criticaron.

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