Diallo Ablaye plantea que la credibilidad europea depende de aplicar hacia dentro los principios que exige fuera de sus fronteras.
Entrevista exclusiva con Diallo Ablaye, presidente de ASAC International y embajador para la paz.
Por Fabián Cardoso
Director de Horizonte MultipolarDiallo Ablaye se ha consolidado como una voz firme, respetada y cada vez más influyente en la defensa internacional de los derechos humanos. Presidente y fundador de ASAC International, lidera una organización activa en África, América, el Caribe y Europa, comprometida con la dignidad humana, la paz y el respeto efectivo de la Carta de las Naciones Unidas.
Lejos de toda retórica confrontativa, su discurso combina rigor, serenidad y determinación. Su enfoque no busca polarizar, sino exigir coherencia. En esta entrevista, interpela directamente a la Unión Europea y, en particular, a la presidencia de la Subcomisión de Derechos Humanos del Parlamento Europeo, encabezada por el eurodiputado Mounir Satouri, cuyas recientes afirmaciones han suscitado inquietud sobre la universalidad real de las políticas europeas en esta materia.
Diallo, usted vive en Europa desde hace años y trabaja activamente en la defensa de los derechos humanos. ¿Cómo interpreta hoy el papel de la Unión Europea en este ámbito?
Europa ha construido una identidad internacional basada en la defensa de los derechos humanos, la democracia y el Estado de derecho. Sin embargo, esa legitimidad solo puede sostenerse sobre la coherencia. Cuando los principios se aplican de manera selectiva, dejan de ser principios y se convierten en instrumentos. Mi posición no es contra Europa; es, precisamente, a favor de una Europa fiel a sus propios valores.
Ha sido especialmente crítico con recientes declaraciones vinculadas a la Subcomisión de Derechos Humanos del Parlamento Europeo. ¿Por qué?
Porque son declaraciones de extrema gravedad. La idea expresada desde la propia presidencia de la Subcomisión de que la política de derechos humanos se proyecta esencialmente hacia países considerados “del tercer mundo” introduce una lógica profundamente problemática.
Eso sugiere que los derechos humanos no se conciben como universales, sino como una herramienta de proyección exterior. Es una visión paternalista, condescendiente y, en última instancia, incompatible con el derecho internacional y con la propia filosofía fundacional de la Unión Europea.
¿Está hablando de un doble estándar?
No es sólo una percepción; es una realidad cada vez más evidente. Existe una diferencia clara entre la firmeza con la que la Unión Europea evalúa y sanciona situaciones en África, América Latina o Medio Oriente, y la cautela cuando no el silencio frente a problemáticas dentro de sus propios Estados miembros.
Ese desequilibrio erosiona la credibilidad. No se puede exigir ejemplaridad hacia fuera sin garantizarla plenamente hacia dentro.
¿Qué consecuencias tiene esta “geometría variable” en la aplicación de los derechos humanos?
Tiene consecuencias profundas. Genera desconfianza, debilita la legitimidad de las instituciones europeas y alimenta la percepción de que existen ciudadanos de primera y de segunda categoría en la protección efectiva de sus derechos.
Cuando la justicia es percibida como selectiva, deja de ser justicia. Y cuando la dignidad humana depende del contexto geopolítico, deja de ser un derecho para convertirse en un privilegio.
ASAC International tiene presencia en varios continentes. ¿Cuál es su enfoque frente a estas dinámicas?
ASAC International trabaja sobre un principio simple pero exigente: la universalidad real de los derechos humanos. Actuamos en África, América, el Caribe y Europa promoviendo desarrollo sostenible, mediación para la paz y cooperación basada en igualdad soberana.
No defendemos bloques ni intereses particulares. Defendemos la dignidad humana sin excepción. Y eso implica también señalar incoherencias, vengan de donde vengan, con responsabilidad pero con firmeza.
Algunos argumentan que la noción de “tercer mundo” sigue siendo utilizada en ciertos discursos políticos. ¿Qué implica eso hoy?
Implica una visión anacrónica y profundamente injusta. Muchos de los países etiquetados de ese modo son ricos en recursos naturales, pero han sido históricamente empobrecidos por dinámicas de extracción, dependencia y desequilibrios estructurales heredados, en parte, de antiguas potencias coloniales y de intereses económicos globales.
Persistir en esa narrativa no solo es inexacto; es también una forma de deslegitimar a pueblos enteros y de justificar relaciones asimétricas.
Su discurso es firme, pero también parece buscar un equilibrio. ¿Cuál es su objetivo final?
Mi objetivo no es confrontar, sino elevar el nivel del debate. Europa tiene un papel fundamental que desempeñar en el mundo, pero ese papel requiere coherencia, humildad y responsabilidad.
No se trata de debilitar a Europa, sino de fortalecer su credibilidad. Y eso solo es posible si aplica los mismos estándares que promueve.
Para concluir, ¿qué mensaje desea transmitir?
Los derechos humanos no son una herramienta geopolítica ni un discurso selectivo. Son un compromiso universal.
Si la Unión Europea aspira a seguir siendo un referente moral, debe rechazar toda forma de doble estándar y toda lógica paternalista. La dignidad humana no admite fronteras ni jerarquías.
Ése es el principio que guía mi acción, y es también la esencia de la misión de ASAC International: construir un orden internacional más justo, más equilibrado y verdaderamente respetuoso de todos los pueblos.