El genocidio que el gobierno de Israel está ejecutando en Gaza no ha tenido ninguna repercusión diplomática, política ni deportiva.
Por José Luis González
Estos días se ha hecho oficial el listado de veinte equipos —¿europeos?— que disputarán la Euroliga 2025/26 de baloncesto. Entre los 13 clubes propietarios de la competición, que preside el serbio Dejan Bodiroga, están dos clásicos: el Maccabi Tel Aviv (Israel) y el CSKA de Moscú (Rusia), este último con la licencia suspendida desde el 28 de febrero de 2022 por la invasión de Ucrania. En ese momento, la Euroliga, con buen criterio, descalificó —y no han vuelto a competir en Europa— a los también rusos UNICS Kazán y Zenit San Petersburgo.
El genocidio que el gobierno de Israel está ejecutando en Gaza no ha tenido ninguna repercusión en este sentido. Es más, en la próxima edición de la Euroliga, además del Maccabi, habrá doble representación israelí con el Hapoel Tel Aviv. Y, ya puestos a hacer sportwashing, se ha invitado a un equipo de Dubái, un emirato medieval —pero inmensamente rico (revisen el concepto de aporofobia)— que, como todo el mundo sabe, tiene una enorme tradición baloncestística... y también en derechos humanos. El preámbulo fue la reciente Final Four que tuvo lugar en la capital de los Emiratos Árabes Unidos (país situado en el puesto 164 del mundo en libertad de prensa, y bajando).
No es nuevo esto de organizar grandes eventos deportivos, comprar equipos o atraer a grandes estrellas con la intención de blanquear la imagen de ciertos países donde no se respetan los derechos humanos —incluidos los de las mujeres—, o donde directamente se ha planificado y se está ejecutando un genocidio televisado. El deporte es simbólico: propaganda contra la que se debe actuar, como lo es también el espantajo del Festival de Eurovisión. Pero más grave es mantener provechosas relaciones comerciales con Israel o que la UE no adopte un embargo integral de armas, que serviría para prohibir a países como España las exportaciones, importaciones y tránsito de armamento destinado a un gobierno genocida. Aunque con retraso, el Congreso de los Diputados ya ha aprobado una proposición de ley en esta línea.
Quizá algún despistado, obnubilado por una ideología nacional-populista adulterada por el algoritmo, no sepa lo que es un genocidio: “Exterminación o eliminación sistemática de un grupo humano por motivo de raza, etnia, religión, política o nacionalidad”. Hace ya unos meses, Amnistía Internacional y otras organizaciones internacionales concluyeron que Israel estaba cometiendo un genocidio contra la población palestina. Incumpliendo todas las convenciones internacionales, pulverizando el derecho internacional, “mes tras mes, Israel ha tratado a la población palestina de Gaza como un grupo infrahumano que no merece derechos humanos ni dignidad, demostrando así su intención de causar la destrucción física del pueblo palestino”, aseguraba Agnès Callamard, secretaria general de AI.
El pueblo judío sufrió lo mismo en el Holocausto (genocidio perpetrado por los nazis), también los tutsis y hutus moderados en Ruanda, los camboyanos a manos de los Jemeres Rojos, los bosnios musulmanes en la masacre de Srebrenica, los yazidíes, los rohingyas o, más lejos en el tiempo, los armenios. Todos esos pueblos han sufrido como ahora sufre el pueblo palestino, al que estos últimos días le podemos poner la cara de la pequeña Yaqeen Hammad, la niña palestina de 11 años que daba consejos en redes sociales a otros niños para sobrevivir y entregaba juguetes y ropa a familias desplazadas. Hace unos días, el ejército israelí la asesinó vilmente.
La depuración orquestada por el gobierno de Israel se ha llevado ya por delante la vida de más de 54.000 personas, de las cuales la ONU cifra en un 80 % el número de mujeres y niños indefensos asesinados, a los que ahora también se les está matando de hambre. “Desde que Israel rompió el alto el fuego, más de 1.300 niños palestinos han sido asesinados y unos 4.000 han resultado heridos. ¡Son niños, niños!”, decía, entre lágrimas de impotencia y desesperación, el representante permanente de Palestina en la Asamblea de Naciones Unidas, Ryad Mansour, en una reciente intervención ante el Consejo de Seguridad que se ha hecho viral por su dramatismo.
Mucha gente desconoce que Elisabeth Noelle-Neumann, politóloga alemana que desarrolló la famosa teoría de la “espiral del silencio” —la cual parte del supuesto de que la mayor parte de las personas tienen miedo al aislamiento y, al manifestar sus opiniones, primero tratan de identificar las ideas dominantes para luego sumarse a la opinión mayoritaria o consensuada (hoy potenciada por el algoritmo)—, se inspiró en su propia militancia en el Partido Nazi.
En un genocidio tenemos al que lo ejecuta, al que lo jalea y aplaude, al que mira para otro lado y, finalmente, al que rompe la “espiral del silencio”, disiente y lucha para acabar con esa sinrazón. Dice Mikel Ayestarán en Historias de Gaza que su idea no era ofrecer un libro objetivo, sino un libro honesto, porque “los efectos de la guerra son incomparables a los dos lados de la verja, y cualquier intento de igualar a los dos bandos supone una manipulación de un conflicto totalmente desproporcionado”.
La historia juzgará a los genocidas, a quienes los jalearon y justificaron, y a quienes miraron para otro lado envueltos en una “espiral del silencio” de ignorancia, estupidez y mucho odio.
Fuente: información.es