Cuando el poder adopta el lenguaje del genocidio, la violencia deja de ser solo militar y se convierte en crimen anunciado.
Por Timothy Snyder
“Toda una civilización morirá esta noche, para no volver jamás”.
No son palabras de Hitler, Stalin, Mao, Pol Pot, Assad o Putin. Son, hoy, las palabras del presidente de Estados Unidos.
No hay que distraerse con las circunstancias. Sí, existen emociones, personalidades, cálculos políticos y una guerra en curso. Nada de eso excusa una frase así. Precisamente por eso existe una noción jurídica del genocidio y una Convención para prevenirlo y castigarlo: para establecer que ciertas acciones son, en cualquier contexto, definitiva e inequívocamente inadmisibles.
¿Son “solo palabras”? No. No pueden ser “solo palabras”.
Todo historiador de atrocidades masivas sabe que no existe tal cosa como “solo palabras”. La idea de aniquilar a una civilización entera, una vez pronunciada desde el poder, permanece. Se instala. Autoriza a otros a repetirla, a radicalizarla, a normalizarla; como ocurrió cuando otro representante electo comparó a todo Irán con un cáncer que debía ser extirpado.
Pase lo que pase esta noche, el presidente, al decirlo, ya ha modificado el mundo para peor y ha incrementado la probabilidad de actos de violencia masiva. Si somos estadounidenses, también ha transformado a nuestro país. Nos ha transformado a nosotros, porque nos representa: votamos por él, o no votamos y permitimos su llegada al poder, o no hicimos lo suficiente para impedirla. Esas palabras son palabras de Estados Unidos, hasta que los propios estadounidenses las rechacen.
Sí, ha habido otros genocidios. Sí, existen otros políticos que respaldan discursos genocidas. Eso no atenúa la gravedad de lo dicho por el presidente: la agrava. Sí, Estados Unidos ha cometido atrocidades antes. Precisamente por eso resulta más urgente que nunca detenernos ahora. Ni el mal ni el bien de nuestra historia determinan lo que somos. Lo determina lo que hagamos hoy.
Si no decimos nada frente a este horror, permitimos que nos cambie.
Alrededor del presidente habrá, lamentablemente, quienes trabajen de forma deliberada para normalizar el lenguaje del genocidio. También habrá otros políticos que encuentren las palabras correctas para rechazarlo. Cabe esperar incluso que algunos encuentren el valor para remover del cargo al hombre que habla en términos genocidas. Y estas palabras deberían provocar renuncias de todos aquellos que colaboran estrechamente con él.
Pero no podemos depender de los políticos. Esto, en última instancia, nos corresponde a nosotros, los ciudadanos: por nuestro propio bien, por el futuro del país, por la posibilidad misma de un nuevo comienzo, debemos decir algo, a otros y a nosotros mismos: esto está sencillamente mal.
Pase lo que pase esta noche —o cualquier otra noche de esta guerra—, los hechos quedan ahora jurídicamente definidos por la declaración del presidente. En la aplicación práctica del derecho internacional sobre genocidio, conforme a la Convención de 1948, la dificultad suele estar en probar la “intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso”. Desde este momento, esa intención queda asentada en el registro público, en las palabras publicadas del presidente de Estados Unidos y comandante en jefe de las fuerzas armadas, al hablar de la muerte de “toda una civilización”.
El artículo III de la Convención sobre Genocidio es claro: no solo es culpable quien emite la orden genocida. El genocidio en sí mismo constituye un crimen, entendido como la intención que Trump expresó y acciones como matar a miembros de un grupo, causarles daños graves o “infligir deliberadamente al grupo condiciones de existencia calculadas para provocar su destrucción física total o parcial”, lo que incluiría, desde luego, destruir el acceso a energía o agua.
Pero la Convención también tipifica como delito la conspiración para cometer genocidio, la incitación, la tentativa y la complicidad.
Todos tenemos razones éticas y políticas para rechazar las palabras del presidente. Pero quienes hoy sirven en el gobierno y en las fuerzas armadas han quedado colocados bajo la sombra jurídica del genocidio por lo que Trump escribió. Bombardear un puente, una presa, una planta eléctrica o una instalación desalinizadora —muy probablemente crimen de guerra en cualquier caso— podría adquirir una dimensión legal distinta, específicamente genocida, si ocurre después de la manifestación explícita de intención genocida por parte del comandante y jefe de Estado.
El concepto de genocidio fue creado por un sobreviviente y observador de atrocidades, Rafał Lemkin, para que pudiéramos vernos, juzgarnos y detenernos a nosotros mismos. Pero el genocidio no es solo un concepto moral. Es también un crimen de derecho internacional, firmado por Estados Unidos en 1948 como convención y ratificado en 1988 como tratado. Eso convierte las palabras aquí citadas en una cuestión de legalidad interna y responsabilidad estatal.
El presidente habla en lenguaje de genocidio. Por eso nosotros también debemos hablar.
No sólo sobre los crímenes, sino sobre su castigo legal.
Fuente: substack.com