Los medios impresos atraviesan una crisis que va más allá de lo financiero y alcanza su influencia pública.
Por José Luis Camacho Acevedo
Recientemente conversé en Houston con Edgar Rodríguez y Raúl Peimbert acerca del futuro de los medios de comunicación impresos en el mundo.
Tuvimos una coincidencia en lo que se refiere a la imposición de los medios electrónicos —sobre todo las plataformas digitales— sobre los medios impresos en el mercado de la información.
Y el pronóstico que hicimos en aquella memorable cena se está cumpliendo con más velocidad de la que en esa reunión calculamos.
Apenas antier conocimos la decisión del nuevo propietario del emblemático rotativo The Washington Post de reducir en un tercio su planta de trabajadores.
Cancelaron los espacios deportivos y culturales, incluso la gustada sección de noticias locales.
Al parecer, el nuevo propietario, según la opinión del prestigiado comunicador Armando Guzmán, apostará a conseguir ingresos por la vía de la publicidad política en el presente año electoral, con la celebración de las llamadas elecciones intermedias en la Unión Americana.
Ubicado en el corazón de la capital estadounidense, visitar la cafetería de The Washington Post era una parada casi obligatoria para conocer opiniones de reporteros de todo el mundo que apenas unas horas antes habían estado en el Capitolio, en una conferencia en la Casa Blanca o en oficinas tan influyentes como el Departamento del Tesoro, lugares de donde obtenían la información más trascendente del momento.
Actualmente, esa cafetería luce prácticamente vacía en las horas en que anteriormente se tenía que esperar hasta 30 minutos para alcanzar un lugar.
La celebridad alcanzada por The Washington Post con la investigación de sus reporteros Bob Woodward y Carl Bernstein sobre el caso Watergate hoy está prácticamente perdida a manos de los medios electrónicos, las redes sociales y las plataformas digitales.
Existe una anécdota que retrata de manera por demás concluyente la influencia del Post cuando era propiedad de Katharine Meyer Graham.
Graham, fallecida en Boise, en el estado de Idaho, en el año 2001, tenía un reducido número de acciones en General Motors.
En su calidad de accionista de GM, pidió una audiencia con quien entonces era el presidente de Estados Unidos.
Desde la Casa Blanca le respondieron que tendría que esperar tres meses para obtener una cita como la que Graham pretendía.
Ante esa respuesta, la dueña del Post y de la revista TIME instruyó a su asistente que solicitara la audiencia con el presidente a nombre de la directora de las mencionadas publicaciones y no como accionista de GM.
La respuesta fue la esperada: el presidente de Estados Unidos la recibiría esa misma semana en la Casa Blanca.
Seguramente los medios de comunicación impresos no desaparecerán del todo.
Pero su consumo ya nunca alcanzará los niveles que llegaron a tener. Por citar dos casos mexicanos: Excélsior, de Julio Scherer García, o La Jornada, de Carlos Payán Velver.
En México, de los diarios llamados de circulación nacional, alrededor del 95% de los que se editan en la capital de la República son propiedad de empresarios.
Y aunque la verdadera oposición en México está en los medios y no en las organizaciones políticas, esa oposición se manifiesta mayoritariamente en las redes sociales, las plataformas digitales o los medios electrónicos, y no en los impresos, que circulan cada vez menos.
Poco tendremos que vivir para ver la transformación definitiva de los medios de comunicación.