El Mencho: crónica de una captura anunciada

Tashiro Malekium

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En medio de una escalada de rumores, tensiones diplomáticas y silencios oficiales, la presunta captura de El Mencho se convirtió en algo más que una noticia: fue el síntoma de un reacomodo político y criminal de alcance binacional.

Por Tashiro Malekium

Como si se tratara de señales de humo o advertencias, desde el 19 de febrero en redes sociales comenzó a circular una noticia muy dudosa: la presunta captura de Nemesio Oseguera, mejor conocido como El Mencho, El M, El señor de los gallos o la mera verga.

Pero la captura de Oseguera comienza desde mucho más atrás, desde la autorización de la entrada de un grupo de marines a suelo nacional para presuntos trabajos de adiestramiento. Se confirmó que a El Mencho lo detuvo un grupo interdisciplinario e internacional, conformado por elementos de inteligencia norteamericanos y activos de élite de México.

Pero antes de comenzar la crónica, plantearemos algunas preguntas que responderemos en el camino:

¿Por qué antes del Mundial?

¿Por qué El Mencho?

¿Y por qué, a pesar de que la operación pudo haber sido quirúrgica, terminó muerto?

Las señales de humo no eran solo chismes de redes sociales; eran el preludio de un operativo que llevaba meses cocinándose en las sombras de la diplomacia bilateral. Todo empezó a finales de 2025, cuando la tensión entre Washington y Ciudad de México alcanzó niveles críticos. La administración Trump, recién instalada, no perdonaba las laxitudes del sexenio anterior en materia de narcotráfico y migración. Las amenazas de aranceles y designaciones terroristas a los cárteles flotaban como nubes de tormenta. México necesitaba un gesto conciliador, un sacrificio que calmara las aguas antes de que el Mundial de 2026 —ese evento coorganizado con EE. UU. y Canadá— se convirtiera en un circo de reproches internacionales.

¿Por qué antes del Mundial? Porque la relación entre Estados Unidos y México era demasiado tensa; por ello, tenía que relajarse con la entrega de un narco político o de una figura importante. Entregar a Oseguera, o al menos intentarlo, era el bálsamo perfecto: un golpe al fentanilo que inunda las calles estadounidenses, un mensaje de cooperación que desinflara las presiones trumpianas justo cuando el mundo pondría los ojos en Norteamérica. Esta movida no solo aliviaba la presión inmediata, sino que pavimentaba el terreno para una colaboración más fluida en un evento global que exige estabilidad y confianza mutua.

Desde ahí, la narrativa se teje con hilos de inteligencia y estrategia. La operación en Tapalpa, Jalisco, el 22 de febrero, no fue un capricho repentino, sino el clímax de una preparación meticulosa. Fuentes de inteligencia confirmaron que marines estadounidenses habían ingresado semanas antes bajo el pretexto de “adiestramiento conjunto”, un eufemismo para lo que en realidad era una infiltración de datos y tecnología de punta. El Mencho, acorralado en su feudo occidental, cayó en una emboscada de Fuerzas Especiales del Ejército Mexicano, apoyadas por inteligencia de la DEA y, posiblemente, drones estadounidenses. Herido en el tiroteo, fue evacuado en helicóptero rumbo a la capital, pero no llegó vivo. Oficialmente, murió en el traslado, junto con otros tres sicarios. ¿Coincidencia? O tal vez conveniencia. Porque una operación que pudo haber sido quirúrgica —con el objetivo de capturarlo vivo para extradición— terminó en un baño de sangre que silencia para siempre lo que El Mencho sabía.

Esta transición de un plan preciso a un desenlace fatal invita a cuestionar si el objetivo era realmente la justicia o simplemente la eliminación de un testigo incómodo, protegiendo así redes más amplias que trascienden las fronteras del crimen organizado.

Y aquí entramos a la segunda pregunta: ¿por qué El Mencho? No era solo un narco más; era el rey indiscutible, el arquitecto del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), la organización más sólida y expansiva que operaba en México. Desde Michoacán hasta la frontera, su imperio controlaba rutas de fentanilo, metanfetaminas y extorsiones que generaban miles de millones. Capturarlo —o eliminarlo— envía un mensaje rotundo a los demás capos: nadie es intocable, ni siquiera el que evadió detenciones por una década.

Pero hay más capas en esta cebolla. Oseguera tenía en su cabeza un archivo viviente de complicidades políticas. Imagínense: si lo hubieran trasladado a EEUU, habría cantado como un gallo sobre pagos a funcionarios de primer nivel, especialmente en el gobierno de Andrés Manuel López Obrador. Morena se habría hundido en un escándalo monumental, con figuras como el propio AMLO y Adán Augusto López expuestas como presuntos aliados o beneficiarios de su red.

No olvidemos las evidencias acumuladas: liberaciones sospechosas, como la de su hijo “El Menchito” en el pasado, o el “Culiacanazo”, que salvó a Ovidio Guzmán, pero dejó intacto al CJNG. Matarlo en el aire asegura que esos secretos mueran con él, protegiendo a los narcopolíticos que pululan en el poder. Esta elección no es aleatoria; al golpear al más fuerte, se desestabiliza el ecosistema criminal, pero también se preserva el statu quo político, evitando que una confesión desate un dominó de revelaciones que podrían derrumbar instituciones enteras.

La reacción inmediata fue predecible: bloqueos en Jalisco, Michoacán y otros estados; quema de vehículos; caos en aeropuertos. El CJNG, decapitado, pero no destruido, responde con furia, recordándonos que estos golpes generan vacíos de poder que otros llenan con más violencia.

Y aquí un detalle intrigante: Donald Trump no celebró este triunfo. Ni un tuit, ni una rueda de prensa jactanciosa. La Casa Blanca emitió un comunicado genérico aplaudiendo a México, pero el silencio del expresidente —ahora de vuelta en el poder— huele a decepción. Quizás porque querían a Oseguera vivo, cantando sobre las rutas de fentanilo que matan a decenas de miles en EE. UU. anualmente. O tal vez porque las cosas no salieron como Washington las planeaba: un cadáver no testifica.

Este “triunfo” podría durar muy poco; el gusto por la neutralización de Oseguera se evaporará pronto, obligando a México a capturar a otro narco importante o, peor aún, iniciar la cacería de los narcopolíticos que han infestado instituciones como Morena. Si no, las tensiones bilaterales volverán a escalar y el Mundial se jugará bajo la sombra de un divorcio diplomático. Esta falta de euforia desde el norte subraya que, en el ajedrez geopolítico, cada pieza caída revela estrategias subyacentes, y lo que parece una victoria podría ser solo un paso en una partida más larga y compleja.

En esta crónica anunciada, El Mencho no es solo un capo caído; es el espejo de un sistema donde la captura de uno revela las complicidades de muchos. México paga el precio de sexenios de pactos tácitos y, mientras los marines se retiran discretamente, los verdaderos señores —los de traje y corbata— siguen en sus curules. ¿Cuánto más aguantará esta farsa antes de que el humo se convierta en incendio? La respuesta, como siempre, yace en las sombras de las decisiones que se toman lejos de los reflectores, pero que impactan el destino de naciones enteras.

Fuente: substack.com