
Ignacio García Martes, 09 de Junio del 2026
El Mundial más grande de la historia dejará de lado a la población mexicana, que no podrá ni siquiera consumir los partidos por televisión si no paga para ver los encuentros.
Con todo, los aficionados mexicanos seguirán apoyando a la Selección Mexicana anhelando el ansiado pase a la ronda de cuartos de final del Mundial.
Foro Público
México es uno de los países más futboleros del mundo. Cada cuatro miles de mexicanos se hacen presentes en las gradas de los estadios donde se celebra la Copa del Mundo, pese a que la Selección Mexicana no responde a la efervescencia que provoca el balompié para millones de personas.
Aunque el presidente de la Federación Mexicana de Futbol (Femexfut), Mikel Arreola, ha presumido que México es el único país en el planeta que ha organizado tres mundiales, esta nueva edición el país apenas es un actor de reparto, en medio de una elevada concentración de los partidos en Estados Unidos.
Los 13 partidos que se disputarán en territorio mexicano son completamente inaccesibles para los miles de aficionados mexicanos, que no pudieron adquirir los boletos con precios que elevaron su valor 300 veces con respecto al boletaje presentado en el Mundial de Qatar hace cuatro años.
A diferencia de los Mundiales de 1970 y 1986, cuando los aficionados pudieron comprar los boletos a módicos precios y se vivió una verdadera euforia mundialista, en esta ocasión la Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA) ha decidido privatizar los encuentros con precios imposibles de adquirir para la mayoría de los aficionados mexicanos.
Hace 56 y 40 años, los aficionados podían vivir la fiesta mundialista con la participación de los jugadores que podían recorrer las calles de las ciudades sedes con tranquilidad. Ahora el torneo y las actividades deportivas adyacentes se han privatizado y mercantilizado al máximo.
El Mundial más grande de la historia dejará de lado a la población mexicana, que no podrá ni siquiera consumir los partidos por televisión si no paga para ver los encuentros, pues incluso en varias ciudades los gobiernos decidieron no colocar pantallas en las plazas públicas y tampoco se transmitirán en los restaurantes.
Los aficionados mexicanos que esperaban vivir la fiebre mundialista en su territorio tendrán que ver los partidos desde la pantalla, dado que la FIFA ha optado por la mercantilización masiva del torneo deportivo, que ha enclaustrado al mismo para que sólo puedan verlo quienes tengan la capacidad de pagarlo.
Con todo, los aficionados mexicanos seguirán apoyando a la Selección Mexicana anhelando el ansiado pase a la ronda de cuartos de final, hazaña que no ha logrado precisamente desde la última vez que el país organizó la Copa del Mundo, cuando perdió en penales ante Alemania.
Un anfitrión completamente desorganizado
Aunque el gobierno de México tenía conocimiento de que sería la sede de la Copa del Mundo desde hace ocho años, apenas desde hace unos meses comenzó con las respectivas obras para prepararse para el evento internacional.
Los gobiernos de Andrés Manuel López Obrador—conocido por su aborrecimiento al futbol—y de Claudia Sheinbaum en la Ciudad de México—también conocida por su extrañeza sobre el balompié--, decidieron no hacer nada para prepararse para el encuentro deportivo.
Aunque en el Mundial de 1986 el principal organizador del certamen fue la iniciativa privada a través de Grupo Televisa, en ese momento había una gran alianza entre Emilio Azcárraga Milmo—el célebre "soldado del presidente"—y el entonces mandatario federal, Miguel de la Madrid, para brindar las condiciones adecuadas para la organización del evento.
Así, como tradicionalmente se refiere a la cultura mexicana, la administración de Clara Brugada decidió iniciar las obras a contrarreloj, con una evidente falta de organización que provocó que el Metro de la Ciudad de México no esté listo para recibir a los turistas.
La movilidad de la capital del país está completamente saturada, sin capacidad de garantizar un flujo vehicular adecuado, con constantes inundaciones asociadas sistemas de drenaje obsoletos y con problemas estructurales que han deteriorado la imagen de la ciudad.
Esta situación no es distinta en las otras dos sedes mexicanas, pues en Guadalajara se revelaron las fosas clandestinas que han servido como cementerios para los grupos del crimen organizado, incluso cerca del Estadio Akron, en donde se efectuarán los partidos.
El gobernador de Jalisco, Pablo Lemus, ha minimizado las consecuencias del crimen organizado en la ciudad, pese a que la principal organización criminal del país tiene su denominación a esa entidad, el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), y donde se considera una zona de alta problemática en la movilidad para arribar a la sede mundialista.
En Monterrey, el gobernador de Nuevo León, Samuel García, tampoco se preparó para el evento, mientras que el superficial mandatario estatal ha pregonado que están listos para el Mundial, las zonas de movilidad de la capital de esa entidad tampoco son acordes para el evento.
Incluso, después de presumir que estaban preparados para recibir a la Selección de Japón en las instalaciones deportivas de los Tigres, el combinado nipón reprobó las condiciones del lugar y decidieron trasladarse a la sede del Club Monterrey, que son más nuevas y adecuadas para los entrenamientos.
Paralelismos históricos y políticos
El Mundial de México en 1970 se celebró apenas dos años después de la masacre del 2 de octubre de 1968. El entonces presidente de México, Gustavo Díaz Ordaz, trató de enfatizar que el país estaba preparado para ser el centro del mundo, pues ya había organizado los Juegos Olímpicos.
Aunque el Mundial fue uno de los más atractivos en la historia, con la coronación de Pelé como el único jugador en la historia que ha ganado tres mundiales, el país comenzaba un proceso de debacle económico asociado al final del llamado “Milagro mexicano”.
En ese momento los gobiernos priistas querían denotar que México podría dejar de ser visto como un país agrario y retrasado y convertirse en una nación en desarrollo. La apuesta priista fue ligeramente acertada, pues la comunidad internacional celebró el evento mundial, no por la infraestructura disponible, sino por la calidez de los mexicanos.
Posteriormente, 16 años después México volvió a ser la sede del Mundial, después de arrebatarle la candidatura a Estados Unidos, a través de la boyante corrupción que caracterizó a Televisa y su estrecha relación con uno de los presidentes más corruptos de la historia de la FIFA, Joao Havelange.
Después de haber padecido un sismo devastador que causó la muerte de más de diez mil personas en la Ciudad de México, Televisa pugnó por mantener la organización del Mundial y contra todo pronóstico el evento fue uno de los más celebrados.
Ese evento sirvió para que la Selección Mexicana tuviera su mejor papel en la historia de los Mundiales, y para que se coronara campeón uno de los mejores futbolistas en la historia como Diego Armando Maradona.
Nuevamente, México lidió con ocultar los desastres del sismo de 1985 para tratar de mostrar su mejor rostro al mundo. Ahora, si bien el país no ha padecido de una brutal represión ni de un fenómeno natural catastrófico, sí cuenta con problemas organizativos, políticos y económicos.
El país atraviesa los efectos de una feroz guerra contra el crimen organizado, misma que se ha prolongado durante casi 20 años, con constantes señalamientos de corrupción de sus figuras políticas y una política intervencionista que mantiene su vecino bravucón del norte, Estados Unidos.
Así, en medio de un constante asedio y de la peor versión antritriona de Estados Unidos, Norteamérica recibirá el primer Mundial tripartito con 48 selecciones, y un clima de inestabilidad política y social en la región.