
Hazael Sayavedra Viernes, 15 de Mayo del 2026
La operación contra “El Payín” revela la consolidación de estructuras paralelas de inteligencia y vigilancia en territorio mexicano.
Por Hazael Sayavedra
El caso de Francisco “El Payín” Beltrán, ocurrido poco después de salir del Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles, no es solo un episodio aislado. Lo que de verdad revela es una maquinaria oculta, una red operativa que se ha desplegado dentro de México con una capacidad letal y logística que desafía la negación oficial. No es solo la existencia de agentes, sino la sofisticación con la que operan y se mueven, invisibles, bajo la vista de las autoridades.
Como se señala en el Capítulo 1 de El Libro Negro del Poder, titulado “El poder como ingeniería: anatomía de un sistema oscuro”, “el poder efectivo jamás es visible”. Esta operación parece confirmar esa premisa, y no es la primera vez: las redes de la CIA en México operan desde hace años bajo un manto de negación gubernamental. Pero esta vez, la evidencia es abrumadora: dos presuntos agentes de la CIA muertos en Chihuahua, en un operativo conjunto con autoridades locales, operando al margen del gobierno federal.
Aquí es donde la negación se quiebra: no se trata de si están, sino de cómo se integran a un tejido logístico que atraviesa fronteras. El embajador de Estados Unidos en México, Ronald D. Johnson, es un hombre clave. Con una carrera en la NSA y la CIA, especialista en tecnología de vigilancia, su presencia no es decorativa. Él representa la fase siguiente: un incremento gradual y calculado de la presencia estadounidense, de la vigilancia digital a las operaciones encubiertas en terreno, con la complicidad o la inacción del aparato estatal.
Esto coincide con lo que documenté en mi columna “Las trece agencias de Estados Unidos que operan legalmente” en Los Ángeles Press. Ahí, como señalé, se autorizó la presencia militar temporal para entrenamientos, en una dinámica que ya no es solo asesoría, sino una expansión sigilosa. La siguiente fase es crítica: la presencia se normaliza, las operaciones se sofisticaron y el riesgo es que, sin supervisión clara, se convierta en una dinámica permanente que erosiona la soberanía mexicana.
En definitiva, esta red no solo facilita la operación de los agentes, sino que, al no ser controlada, permite que se instalen estructuras paralelas de poder. Si las autoridades federales no asumen su responsabilidad, este deslizamiento discreto se convertirá en un hecho permanente, debilitando la soberanía nacional y dejando al descubierto un vacío que, tarde o temprano, cobrará un alto precio político y estratégico.