'Emilia Pérez': filme multipremiado que ofende y refuerza estereotipos

Antonio Rosales

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Emilia Pérez, la controversial película dirigida por Jacques Audiard, ha desatado una ola de críticas en México por su tratamiento superficial y ofensivo sobre temas como la delincuencia organizada, el activismo y la diversidad sexual.

Por Antonio Rosales

En las últimas semanas, la cartelera de cines en México ha ofrecido películas interesantes como Flow, Cónclave, Anora y Corina, cinta mexicana poco publicitada y de mediano presupuesto, pero con un guion y actuaciones que merecerían mayor atención.

Sin embargo, desde semanas antes de su estreno oficial este 23 de enero en plataformas y salas mexicanas, la controvertida Emilia Pérez (2024, dirigida por el francés Jacques Audiard) ha acaparado la atención en redes sociales, no porque esté generando gran expectación ni porque sea la más amada o de mayor calidad. Por el contrario, la polémica ha surgido debido al brutal rechazo que ha generado entre algunos críticos (como Jorge Volpi y Paul B. Preciado en El País, o Alonso Díaz de la Vega en la revista Gatopardo, en un texto tan bien sustentado como demoledor), una infinidad de influencers y miles de usuarios en redes sociales. Esto se debe, en gran medida, a las escenas filtradas que evidencian malas actuaciones, una dicción ininteligible (y, muchas veces, inaudible) por parte de sus protagonistas, canciones con letras carentes de métrica y sentido, y un guion desprovisto de la más mínima noción de reconocimiento, sensibilidad, respeto y empatía hacia las miles de víctimas de la delincuencia organizada. Y como colofón, un desarrollo maniqueo, acartonado y burlesco (que pretende ser “audaz” y “serio”), que, con justa razón, ha ofendido a una gran parte del público mexicano.

En Los Ángeles Press ya se escribió al respecto, con spoilers incluidos, por si quiere ahorrarse el verla. En resumen: un sanguinario, moreno (ojo con el detalle étnico y de color) y millonario líder de un todopoderoso cártel del narcotráfico mexicano (estelarizado por la actriz trans Karla Sofía Gascón) contrata a una abogada (Zoé Saldaña) que lo ayudará a fingir su muerte y tramitar una operación de cambio de sexo, tras la cual se arrepentirá de sus delitos “mágicamente” (de esa manera está planteado) y decide, mediante la búsqueda de desaparecidos y una ONG alimentada por el lavado de dinero (¡!!!), convertirse en una rubia, ojiverde y blanca Mujer Maravilla casi Virgen de Guadalupe de los activistas (sí, tan artificial como suena), con acento español, que terminará amada, venerada y canonizada por todo el pueblo mexicano. Todo esto coronado por el aderezo de caricaturescos números musicales, un lenguaje soez metido de forma absurda y forzada (al estilo de los terribles libros de Dahlia de la Cerda), y una ensalada de estereotipos colonialistas, clasistas y racistas que compiten entre sí por ser el más denigrante.

Con esa rocambolesca cadena de fallas, errores y defectos, sorprende que este largometraje esté cosechando premios a raudales en Estados Unidos (4 Globos de Oro, el pasado 6 de enero) y Europa (Festival de Cannes), desatando una maquinaria de elogios por parte de gran parte de la prensa angloparlante, la crítica especializada y la farándula estadounidense. Actrices como Meryl Streep, Emily Blunt y Eva Longoria, la célebre cantante Madonna, y directores como John Waters, Denis Villeneuve, James Cameron, así como los realizadores mexicanos Issa López y Guillermo del Toro, no han escatimado en alabanzas para el filme, lo que les ha acarreado críticas negativas en redes, especialmente a los dos últimos. Un caso aparte es el del comediante Eugenio Derbez, quien en diciembre pasado calificó primero como “indefendible” la actuación y la mala pronunciación del español de Selena Gómez (quien interpreta a "Jessy", la esposa mexicoestadounidense del narcotraficante), pero poco después se retractó y se tomó fotos con el elenco, enalteciendo la película desde entonces.

Más sorprendente (o conveniente, si pensamos mal) resulta que, el mismo día de su estreno en México, la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas de Hollywood la haya nominado en 13 categorías: Mejor Película, Mejor Dirección, Mejor Película Internacional, Mejor Actriz (Karla Sofía Gascón), Mejor Actriz de Reparto (Zoé Saldaña), Mejor Guion Adaptado, Mejor Fotografía, Mejor Edición, Mejor Banda Sonora, Mejor Canción Original, Mejor Sonido, y Mejor Maquillaje y Peinado, convirtiéndose en la película extranjera con mayor número de nominaciones en la historia de los Premios Oscar. Asimismo, tiene nominaciones en los Critics' Choice Awards, los Premios del Sindicato de Productores y los premios BAFTA. Con estas nominaciones, Karla Sofía Gascón pasa a la historia de los Oscar como la primera persona trans en estar en la terna de Mejor Actriz.

Resultaría fácil deslumbrarse con el mortífero canto de las míticas sirenas, tal como lo hicieron los marineros de La Odisea escrita por el poeta griego Homero (siglo VIII a.C.). Especialmente porque este canto de sirenas sigue la misma tónica entre algunos miembros de la prensa en México: la presunta activista Saskia Niño de Rivera, Nicolás Alvarado (Grupo Fórmula), Pati Chapoy (TV Azteca), Horacio Villalobos (ADN 40, Televisión Azteca), Pamela Cerdeira (Opinión 51), Areli Paz (Opinión 51), Yuriria Sierra (Excélsior), Ana María Olabuenaga (Milenio), el conductor Yordi Rosado, Ricardo Raphael (quien, entrevistando a Gascón en el canal ADN 40, llegó a calificarla como una película con la que “todos nos podemos identificar”), y el crítico de televisión Álvaro Cueva (Milenio, Televisa y Canal 22). Este último, quizás el más visible, estridente e histriónico de todos, fue quien recibió más críticas y burlas por parte de infinidad de usuarios en redes sociales, debido a su vehemente defensa de la cinta, en la que tildó de “ignorantes” a quienes no les gustara la película y comparó la obra y a su director con Los olvidados de Luis Buñuel. Cabe agregar que medios como El Universal han organizado funciones especiales para verla, y los concursos para regalar boletos en redes sociales y por radio han otorgado una mayor cantidad de boletos de lo habitual.

Poster publicitario de la película.

Quizás, ante esta oleada publicitaria y otras similares, convendría hacer lo mismo que Circe, la hechicera y diosa de la mitología griega en la citada Odisea, recomienda: taparse los oídos con cera para hacer caso omiso de la trampa y el engaño. Y aprender a desarrollar y confiar en el propio criterio, agregaría yo. No sólo en el caso de esta película infumable, sino en otros temas de atención pública.

Aunque ha sido lo más mencionado, ni siquiera es el ofensivo, banal y frívolo tratamiento de la delincuencia organizada, el activismo, las desapariciones forzadas y el cambio de sexo lo más fallido de este filme. Poco queda que agregar sobre este delirio camp que, entre tantos excesos, mal gusto y humor involuntario, termina siendo una mezcolanza kitsch digna de los peores directores de la historia del cine, como Juan Orol, Ed Wood (que parece haber sido la inspiración con Glen or Glenda en 1953) y Tommy Wiseau (creador de la película de humor involuntario The Room en 2003). Lo notable es que estos tres no gozaron de premios, ni de presupuesto, ni de la maquinaria económica y publicitaria que hoy respalda a Audiard: 26 millones de euros, que en pesos mexicanos serían actualmente más de 551 millones de pesos. Esto sin contar la inversión en publicidad, que no se ha dado a conocer oficialmente, pero debe ser considerablemente alta a juzgar por toda la maquinaria publicitaria que han desatado tanto en México como en el extranjero.

Tal vez si se hubiera eliminado el elemento musical, o incluso si se hubiera conservado pero con un mejor trabajo en el desarrollo psicológico, conductual y evolutivo tanto de la historia como de los personajes, el resultado sería menos intragable, más digerible, quizás aceptable. Pero no hay tal: el artificio y lo forzado abundan en cada escena, y los giros argumentales ocurren por Deus ex machina, es decir, de maneras totalmente inverosímiles y simplemente porque el guion lo necesita, sin siquiera seguir la lógica interna que establece la historia. De igual manera, cualquier giro que hubiera podido darle algo de complejidad es desaprovechado: ¿A qué dificultades se enfrenta un hombre tan masculino al convertirse en mujer? ¿Qué dilemas morales y éticos enfrenta la abogada? ¿Qué hubiera pasado si los familiares de los desaparecidos descubrieran quién era en realidad la protagonista cuando era hombre? Y si todos sus antiguos socios y cómplices hubieran descubierto quién era ahora en realidad, ¿cómo hubieran reaccionado? No, nada. Las posibilidades de algo más complejo y adulto son desaprovechadas para hacer más colorido, azucarado y ridículo el circo.

Fotogramas comparativos de la canción “Para” en la película “Emilia Pérez” y “Bohemian Rhapsody” del grupo Queen.

Sobre el aspecto musical, incluso dejando de lado lo hiriente que, como mexicanos, nos pueden resultar escenas y canciones como Para, con una mezcla de parodias entre Bohemian Rhapsody y We Are the World, en las que familiares de desaparecidos y sicarios se unen en un canto de amor, esperanza y reconciliación (sí, así de alucinante), la música tampoco logra rescatar este cúmulo de sinsentidos. Por alguna decisión “artística” o tal vez por costos de producción que desconocemos, el director decidió que sus actrices cantaran en vivo, y no con una canción grabada previamente en estudio, como es común en las películas musicales.

Esta decisión, de haberse optado por la grabación en estudio, les habría permitido bailar y moverse por todo el escenario sin agitarse ni sofocarse, además de contar con arreglos musicales que hubieran mejorado las voces y el sonido de la pista. Pero no: aquí el elenco suena mal no solo porque no han trabajado la voz para el canto, sino porque las pistas musicales no embonan con las voces. Algunas de las actrices apenas pueden respirar y cantar mientras bailan (como el penoso caso de Selena Gómez en la canción Bienvenida); otras parecen haber sido exigidas a cantar notas que no podían alcanzar (como Karla Sofía Gascón en El mal), y la mayoría de las canciones, más que cantadas o siquiera entonadas, son gritadas furiosamente o susurradas cansadamente, lo cual evidentemente no es lo mismo que cantar, teniendo como único efecto lastimar el oído o causar aburrimiento. Por todo ello, ni siquiera la única canción que podría haber brillado, El mal (con Zoé Saldaña y Karla Sofía Gascón), lo logra, especialmente por la pésima decisión de incluir los cantos desafinados de Emilia Pérez de fondo, recurso que sobraba completamente y arruina la canción. Tanto el director como sus defensores anuncian la película como una “ópera”, tal como fue ideada originalmente, olvidando que la ópera se distingue por conmover al espectador hasta las lágrimas por la belleza, potencia y armonía de sus voces, algo que aquí ni de lejos ocurre.

Adriana Paz en un rueda de prensa en la Cineteca Cineteca Nacional, el 14 de enero, en la que el director canceló su asistencia. Foto: red

Sería interesante conocer más a fondo el libro en el que está basada esta bazofia. La novela en cuestión, Ecouté (Escucha, 2018), del escritor francés Boris Razon, sin edición en español, cuenta la historia de Vincent, un oficial de policía obligado a interceptar, leer y escuchar todas las comunicaciones a su alrededor, oculto en una furgoneta y en el cumplimiento de un operativo. La escucha lo sumerge en la vida de diferentes sospechosos, entre ellos un abogado contratado por un narcotraficante que quiere cambiarse de sexo.

El libro no profundiza en esa historia, pero este “capo” ficticio fue la inspiración de Audiard para la creación y adaptación libre de El Manitas, que luego se transformó en Emilia Pérez. ¿No habría surgido algo mejor si el director hubiera hecho una adaptación más fiel a la novela original y aprovechado la oportunidad para hacer una crítica de su propio país y cultura (que, sin duda, debe conocer bien), así como de las bandas y élites de su nación? Finalmente, según sus propias declaraciones, “no sintió la necesidad de investigar demasiado” sobre México (aunque estas declaraciones han cambiado y matizado con el tiempo), y escenas como la cena entre políticos y empresarios involucrados en el narco (durante la canción El Mal) podrían perfectamente “ocurrir en cualquier parte del mundo”, según sus propias palabras en la revista Proceso.

Nuevamente, ¿por qué no en Francia, con poderosos políticos y empresarios europeos incluidos? ¿Hubiera sido igualmente celebrada por los festivales de cine? Si bien en diferentes medidas y proporciones, el narcotráfico y los crímenes relacionados no son problemas ajenos para Europa, ni específicamente para Francia. De acuerdo con una nota del diario Le Monde publicada el 14 de mayo de 2024, un informe del Senado francés declaró que el país se encontraba “sumergido en narcotráfico”.

El intento de promocionar la película como un producto feminista, lleno de sororidad y aliado de la comunidad LGBTQ+, y en particular de las mujeres travestis y trans, también fracasa. No solo porque medios y ONGs dedicados a la comunidad LGBTQ+, como GLAAD (Gay and Lesbian Alliance Against Defamation), la han señalado como un “retrato profundamente retrógrada de una mujer trans” e incluso la han dejado fuera de los premios que otorga esta organización. Asimismo, para quien esto escribe, es pertinente señalar que resulta muy cuestionable que un relato que se pretende “feminista” y de “empoderamiento femenino y de mujeres trans” gire alrededor de cuatro mujeres cuya única forma de salir adelante es el tráfico de drogas y el lavado de dinero (Emilia Pérez), convertirse en ayudante de una ex narcotraficante (Rita, el personaje de Zoé Saldaña), casarse con un narcotraficante y después con otro tras supuestamente enviudar, sin ningún oficio ni beneficio más que ese (Jessy, el personaje de Selena Gómez), o enamorarse de una ex narcotraficante que quizás mató a su esposo (Epifanía, interpretada por Adriana Paz). ¿Son ésas las únicas opciones que deben considerar las mujeres? ¿Y son las mujeres representadas en esta película los únicos modelos que la mujer mexicana debe admirar?

No obstante, parece que el director de Emilia Pérez, Jacques Audiard, tomó todas las producciones sobre el narco de Netflix y Telemundo (como La reina del sur, Narcos, El señor de los cielos y similares), les añadió los libros de Anabel Hernández (Los señores del narco, Emma y las otras señoras del narco, La historia secreta), los de Elmer Mendoza, los reportajes del periodista Óscar Balmen y el discurso de Edgardo Buscaglia, y mezcló todo eso en una licuadora con cuantas ocurrencias tuvo sobre diversidad sexual, crimen organizado y México.

La intención de escandalizar, transgredir y romper convencionalismos sociales, tabúes y prejuicios, si bien podría ser algo que podría salvarle, tampoco la redime. Aún menos porque muchos de esos estereotipos que dice combatir, en realidad, solo los refuerza, al ser tan parodiables. Todos los tabúes que pretende romper ya fueron rotos, vistos, parodiados o abordados por Pedro Almodóvar (Todo sobre mi madre, Tacones lejanos, La mala educación), series animadas satíricas y de humor grotesco como Family Guy y South Park, películas que tocan el tema trans como TransAmerica, y una larga lista de películas que abordan el tema de la violencia en México de mejor forma, incluyendo películas que fusionan acertadamente temáticas LGBT con el retrato de las pandillas y el sicariato (La virgen de los sicarios), o con un tratamiento leve de homosexualidad y narcomenudeo (Cosas imposibles, 2021).

No se sienta mal si no puede ver la larga lista de maravillas, virtudes, cualidades y aciertos que la producción de esta película, así como la crítica, parte de la prensa y la farándula, atribuyen a este largometraje. No se trata sólo de tener cultura o no, de ser experto conocedor o no serlo, ni siquiera de una diferencia de cultura y nacionalidades. Como ocurre en el cuento infantil de Andersen El nuevo traje del emperador, cada quien tendrá sus razones e intereses para no decirle al rey que va desnudo y seguir alabando un traje que ni siquiera existe… Quizás al director, y a toda esa crítica y prensa especializada, les haga falta salir más seguido de la mansión, como los invitados en la fiesta de El ángel exterminador (Luis Buñuel, 1962), para poder ser más empáticos y menos frívolos con un país que tiene más de 100,000 desaparecidos y que merece un mejor trato que convertirse en extras, decorado y escenografía para la redención moral de un capo (al que sus víctimas acaban agradecidas besándole la mano durante la película), y con una nación que se encuentra bajo la amenaza de un posible nuevo Plan Colombia para México, durante el gobierno entrante de Donald Trump.