
Antonio Rosales Miércoles, 06 de Mayo del 2026
Entre la tragedia y el deseo, la poesía transforma el dolor humano en una forma inquietante y perdurable de belleza.
Por Antonio Rosales
No se llega a la poesía por casualidad. Siempre pareciera haber una condición de fatalidad, de destino irrenunciable al que el poeta debe entregarse, cual condenado a escribir lo más bello, sublime, intenso, desgarrador y emotivo de la literatura universal. No todo poema se recrea necesariamente en temas e imágenes placenteros, lúdicos y hermosos, como erróneamente creen algunas personas. De hecho, gran parte de la obra de algunos poetas como Charles Baudelaire, César Vallejo, Edgar Allan Poe, Charles Bukowski, Sylvia Plath, Anne Sexton e incluso Efraín Huerta, por mencionar algunos ejemplos, se edifica sobre lo grotesco, lo deprimente, lo amargo, la muerte, la tanatomanía, el sufrimiento; el dolor más profundo envuelto en tinieblas, ahogado y perdido entre los escombros, agonizante intensidad que no logra captar esa luz temblorosa que siempre se les escapa. Sin embargo, incluso en aquellos versos inspirados en sus momentos de peor aflicción, el poeta no puede evitar dibujar, a través de la palabra, inquietantes instantes de belleza y eternidad bajo las penumbras de su profunda oscuridad interior.
En su vejez y ya extraviada en los boscosos laberintos de la locura, la poetisa mexicana Guadalupe Teresa Amor Schmidtlein, popularmente conocida como Pita Amor, decía en una entrevista para televisión con la actriz Ofelia Medina, en los años noventa, que ella recitó su primer poema “en la pila bautismal” ante las “nueve musas” de la mitología griega: Calíope, la musa de la poesía épica o de la poesía en general; Clío, la musa de la historia y la epopeya; Erato, la musa de la poesía lírica coral y de la poesía amorosa y erótica; Euterpe, la musa de la flauta y la poesía cantada; Melpómene, la musa e inventora de la tragedia; Polimnia, la musa de la pantomima, los cantos sagrados y los himnos; Talía, musa e inventora de la comedia y la poesía pastoril; Terpsícore, musa de la poesía ligera, la danza y el teatro; y, finalmente, Urania, musa de la astronomía y de la poesía didáctica o de enseñanza.
En México suele decirse que la gran Sor Juana Inés de la Cruz es la décima musa, por la calidad y extensa obra poética que nos legó, como ese impresionante, surrealista y barroco enigma en 975 versos llamado Primero sueño, quizás su mejor poema y que necesita leerse varias veces para comprender toda su hermosura, grandeza y complejidad. A la lista de musas, el poeta y cronista Salvador Novo añadió a Pita Amor, como “la undécima musa”, y otros más, en la década de los años 70, agregan, del lado contrario y burlonamente, a Margarita López Portillo, hermana del entonces presidente José López Portillo, como “La Pésima Musa”, dados sus infructuosos intentos y escaso talento en las letras, ineptitudes que no le impidieron (o acaso quizás la impulsaron a) destruir, desde el Estado, el cine mexicano a través de su cargo en Radio, Cinematografía y Televisión.
Debido al estado delirante en que ya se encontraba psicológicamente, unido al egocentrismo que la caracterizó toda su vida, no sabemos si la respuesta de Pita Amor fue intencionalmente irónica y burlona, una expresión narcisista, una salida metafórica para definirse poeta desde su nacimiento o si, alegorías fuera, realmente creía que eso había ocurrido y que ese había sido su primer acercamiento a la lírica.
Quizás hubiera sido menos poético decir que su acercamiento a la poesía comenzó con su activa vida social y amorosa, que la llevó a frecuentar las reuniones y fiestas donde se daban cita no solo personajes de la farándula y de la alta sociedad de los años 40 y 50, sino también artistas e intelectuales como Diego Rivera, Frida Kahlo, Raúl Anguiano, Alfonso Reyes, Juan José Arreola, Salvador Novo y Xavier Villaurrutia, entre muchos otros. Su amistad y cercanía con Reyes desencadenaron rumores sobre una posible relación amorosa entre ambos, e incluso hubo quienes dijeron que fue el ensayista quien le escribió sus primeros poemarios. El machismo de la época hizo que a la mayoría les pareciera inverosímil que una mujer sensual, vanidosa y completamente dedicada a su vida de socialité tuviese talento y sensibilidad para, a los 27 años, comenzar a escribir, con un lápiz de cejas, versos como: “Casa redonda tenía / de redonda soledad / el aire que la invadía / era redonda armonía / de irrespirable ansiedad”.
Si bien es probable que Reyes, Novo y Arreola hicieran sugerencias y correcciones en sus primeros textos, la pluma de Amor tomó fuerza propia al poco tiempo, manteniéndose prolífica y fulgurante aún tras la muerte de algunos de sus amigos literatos. A los señalamientos de no ser la autora de sus libros respondió con un breve poema, a modo de broma: Confieso que soy una ignorante.
Como dicen que soy una ignorante,
todo el mundo comenta sin respetoque sin duda ha de haber algún sujetoque pone mi pensar en consonante.Debe de ser un tipo desbordante,
ya que todo produce, hasta el soneto;por eso con mis libros lanzo un reto:“burla burlando, van los tres delante”.Yo sólo pido que él siga cantando
para mi fama y personal provecho,en tanto que yo vivo disfrutandode su talento sin ningún derecho.
Y ojalá no se canse, sino cuandotoda una biblioteca me haya hecho.
Es curioso que la respuesta de Pita a Ofelia Medina sobre su acercamiento a las letras refleje el carácter mitológico y místico que tenía para “La Undécima Musa” la poesía. Coincidencia, o “diosidencia”, como algunos le llaman, el diminutivo de Guadalupe, Pita, se asemeja a la palabra “Pitia”, que era usada igualmente como “Pitonisa”, sacerdotisa de la Grecia Antigua que, a petición de consultantes y ritual mediante, se comunicaba en el oráculo de Delfos con el dios Apolo para dar respuesta o mensajes de toda índole.
¿Guadalupe Amor escogió firmar como “Pita” consciente y haciendo alusión a “Pitia-Pitonisa”, o es una sincronicidad curiosamente homófona? No sabemos, o al menos no hay mención de ello en el libro que hizo sobre Amor el doctor en Literatura Hispánica Michael K. Schuessler, amigo y biógrafo más riguroso de la poetisa. Tal vez se necesitaría una búsqueda mucho más extensa en la hemerografía de la época para confirmar o desmentir si había una intencionalidad de Amor en presentarse como “Pitia-Pitonisa” al firmar como “Pita”.
No es difícil imaginar de dónde proviene, y cómo, el relacionar la escritura (acaso también la lectura) de poesía con un acto místico, sagrado, cual si se tratase de una comunión con las musas o los dioses. Por ejemplo, el poeta catalán Josep Palau i Fabre apunta a una posible conexión entre la divinidad y el poeta: “El poeta es un médium, es decir, un instrumento o caja de resonancia a través del cual los cataclismos, las convulsiones, los sentimientos, las imágenes, se manifiestan. El poeta tiene el privilegio y la carga de poder expresar lo que es patrimonio común”.
¿Acaso la mayor habilidad consiste en saber captar los mensajes de los dioses y convertirlos en poema? ¿Son esos mensajes producto de deidades que, desde lo eterno y lo infinito, nos hablan a la humanidad, o es una interpretación del poeta que no sabe de dónde proviene ese impulso, esa idea, esa imagen que todo su ser le pide que escriba y transforme en lírica? De acuerdo con lo dicho por la poetisa estadounidense Ruth Stone, narrado por la novelista Elizabeth Gilbert en una charla TED de 2009, Stone esperaba que en su Virginia rural natal la poesía llegara a ella como “un atronador tren de aire” que venía por ella “descontroladamente sobre el paisaje”, y lo sentía venir porque hacía que la tierra temblara bajo sus pies, obligándola a correr a casa para escribir antes de que se le escapara. Naturaleza y divinidad. La poesía como una revelación que hay que tomar para que podamos valorar su significado, pero a la vez como una corriente de aire que debemos aprovechar en cuanto se presente para que podamos volar alto con la fuerza de sus imágenes, sus sonidos, sus colores, su sabor. ¿Podría haber escrito Santa Teresa de Jesús esos arrebatos tan espirituales como poéticos y eróticos, de no haber captado el sonido del viento a tiempo?
En ocasiones, ese camino llamado poesía no está marcado por el exterior o la divinidad, sino por esa fuerza interior de la mente, que puede mantenernos en un oasis o trasladarnos al ojo del huracán, según lo determinen las mareas o erupciones del volcán de nuestra psique. Ése fue el caso de Sylvia Plath, la poetisa estadounidense cuyos versos, tan trágicos como dolorosos, son gritos desgarrados de una conciencia suicida. ¿De dónde provenía ese deseo de muerte, esas ganas fortísimas de aniquilarse para entregarse al suave silencio del vacío o al fin de la existencia en este plano terrenal? No pocas veces se ha resaltado la tormentosa relación con su infiel esposo, el poeta Ted Hughes, como el detonante o principal causa de los colapsos emocionales y quiebre final de la escritora.
Es cierto que Hughes destruyó a Plath emocionalmente, y no fue la única mujer con la que lo hizo. Asia Wevill, poetisa judía estadounidense y amante de Hughes, se suicidó en 1969, unos años después que Plath (1963). No obstante, en el caso de Plath el origen de los pensamientos suicidas parece venir desde su infancia o juventud, ya que su primer intento de suicidio fue el 24 de agosto de 1953. En su libro Por tu propio bien (1980), la psicóloga Alice Miller, especializada en maltrato infantil, sostenía la hipótesis de que las depresiones de Sylvia Plath probablemente venían de la represión de sus sentimientos, que tuvo que aprender a muy temprana edad para ser una chica correcta, como esperaba su madre, Aurelia Plath. A esta posibilidad habría que agregar la muerte de su padre cuando Sylvia tenía ocho años de edad, a causa de complicaciones tras la amputación de una pierna por una diabetes no tratada.
No queda claro si pudo ser el dolor por la muerte del padre a tan temprana edad, si había sentimientos y emociones reprimidos en ella por el padre que afloraron como deseos de suicidio o una combinación de ambos factores. En su poema Daddy (Papi), escrito en 1962, los símbolos e imágenes tienen una carga e intensidad que desploman en un primer momento: nos habla de una chica judía cuyo padre es un nazi, que termina con el corazón clavado por una estaca cual vampiro.
Críticos literarios como George Steiner han definido la obra como “el Guernica de la poesía moderna”, por su capacidad de convertir un dolor privado en algo mucho más general y universal. Algunas interpretaciones se han centrado en la relación con el padre, pero otras han ampliado esto también a la relación con Hughes y el uso del padre como una extensión o proyección del dolor causado por Hughes:
Me partió el precioso corazón rojo en dos.
Tenía diez años cuando te enterraron.A los veinte años intenté morir.Y volveré, volveré, volveré a ti.Pensé que incluso los huesos servirían.¿Es la poesía insuficiente para expresar dolores tan profundos? ¿Existen dolores que no pueden sanarse con poesía? Quizás uno de esos dolores sea el de vivir al margen. Arthur Rimbaud y Paul Verlaine, poetas malditos, como fueron llamados, tuvieron que vivir su amor así: el primero, un joven poeta con una voz lírica potente; el segundo, un escritor consagrado, bisexual, oscilando entre vivir su verdadera orientación sexual a plenitud y su matrimonio con una mujer. ¿Es el amor homosexual siempre determinante de marginalidad y tragedia?
No fue así, o al menos no la mayor parte de su vida, para Federico García Lorca, quien vivió intensamente entre el teatro y la poesía. En Lorca podemos leer la belleza en todas sus formas, expresiones y variantes: la belleza de la alegría, la belleza del amor, la belleza de la pasión, la belleza del deseo e incluso, por paradójico que resulte (no hay género literario más rico en complejidad y contradicciones que la poesía), la belleza también en la fealdad, la muerte, el dolor y la tragedia.
García Lorca es un poeta que se expande: comienza su obra como una pequeña gota de lluvia, pero con cada lírica va convirtiéndose en un océano, un mosaico multicolor e infinito que guarda en su obra las luces y sombras de la experiencia humana. Hay un canto de libertad en cada uno de sus versos, en cada una de sus obras teatrales, y aunque su muerte fue uno de muchos trágicos crímenes del franquismo español, en sus poemas siempre latirá el pulso de la vida, con una potencia que ni el tiempo ni su muerte han podido callar.
Algunos han leído su poema Oda a Walt Whitman, incluido en su poemario Poeta en Nueva York (1930), como homofóbico (endohomofóbico en este caso, al ser él mismo homosexual). Sin embargo, como toda obra poética, está abierta a la interpretación de cada lector y también puede leerse como un homenaje o reconocimiento a todos esos homosexuales que tuvieron que vivir en la sombra, callados, reprimiendo su naturaleza hasta asfixiar y vivir sus amores únicamente entre sombras, tal como Verlaine y Rimbaud. El dramaturgo no se detiene ahí: utiliza a Walt Whitman, uno de los poetas más conectados con los pulsos de la tierra que el mundo ha dado, como el representante de esos hombres del “amor oscuro”, al que Lorca escribió un soneto.
Tú buscabas un desnudo que fuera como un río,
toro y sueño que junte la rueda con el alga,padre de tu agonía, camelia de tu muerte,y gimiera en las llamas de tu ecuador oculto.El poema de Lorca se ha leído como odio hacia la homosexualidad afeminada, pero esto queda descartado al leer cómo, verso a verso, mira con piedad a quien escribe “nombre femenino en su almohada”. Lorca se lanza más bien contra el amor superfluo, banal, más común en las ciudades, y ve en Whitman y su conexión con la naturaleza la personificación de un tipo de amor más sólido y pleno de autenticidad.
Es este amor pleno de intensa autenticidad (en este caso, heterosexual) el que caracterizó al poeta Rainer Maria Rilke, no solo cuando cayó rendido de amor por la escritora y psicoanalista Lou Andreas-Salomé, sino el mismo que lo impulsaba a escribir poesía, como lo define en su epistolario Cartas a un joven poeta: «Acaso resulte cierto que está llamado a ser poeta. Entonces cargue con este su destino; llévelo con su peso y su grandeza, sin preguntar nunca por el premio que pueda venir de fuera. Pues el hombre creador debe ser un mundo aparte, independiente, y hallarlo todo dentro de sí y en la naturaleza, a la que va unido».
Y si el ser poeta es un destino que ha de vivirse hasta sus últimas consecuencias, sin importar los claroscuros que lo acompañen, ¿no deberíamos escribir poesía, leer poesía, gritar poesía, cantar poesía, respirar poesía, beber poesía, comer poesía, dormir poesía, querer y odiar en poesía, tocar poesía, llorar poesía, reír poesía, hacer el amor en poesía, tan solo como un pequeñísimo homenaje a todos los poetas que nos hicieron humanos y nos enseñaron los infinitos colores de las pasiones, la muerte y la vida?