
Rodolfo Soriano-Núñez Domingo, 07 de Enero del 2024
Con los datos publicados por el INE es posible asumir que Verástegui no será candidato, pero no será el final de su carrera política.
Religión y vida pública: Aunque Verástegui no mostró mayor interés en hacer campaña y es sólo al final que la hace montado en reproches al INE y al Tribunal, el riesgo sigue ahí.
Por Rodolfo Soriano-Núñez
Gracias a las reglas que existen en México, la posibilidad de que Eduardo Verástegui se convirtiera en candidato independiente a la presidencia de la República en 2024 se esfumó.
Ello no significa, sin embargo, que su carrera política o lo que él representa vayan a desaparecer de México. Todo lo contrario.
Hay quienes aseguran que no hizo campaña; que prefirió pasar su tiempo en Miami y otras ciudades de Estados Unidos, en lugar de hacer el trabajo que hace seis años hicieron -con o sin trampas- Margarita Zavala Gómez del Campo, Armando Ríos Píter, que fuera uno de los más conspicuos miembros de la llamada “telebancada”, gracias a la cual Televisa y Televisión Azteca conservaron los privilegios que todavía detentan hasta ahora en el mercado de las telecomunicaciones, además de el ahora recluso exgobernador de Nuevo León, Jaime Rodríguez Calderón.
Hace seis años, Zavala y Rodríguez lograron colarse a la papeleta oficial, gracias a cantidades increíbles de firmas como expresión de apoyo que, como revelaron las auditorías del Instituto Nacional Electoral, así como el desempeño de la exprimera dama y el exgobernador en la elección como tal, fueron resultado de complejas y costosas operaciones de fabricación de esos apoyos que, no en balde, colocaron a quienes ahora son la oposición en México en la situación precaria en la que están.
Este año, según se supo durante el fin de semana, ninguno de los aspirantes a ser candidato independiente contaría con los apoyos necesarios. Verástegui fue el proverbial tuerto en la tierra de ciegos que fue la contienda de quienes querían ser candidatos independientes a la presidencia.
En total, según el reporte publicado por el INE en las primeras horas de este año, logró enviar 165 mil 666 “apoyos ciudadanos”, de los cuales sólo le aceptaron 139 mil 162, por lo que sólo alcanzó el 14 por ciento del mínimo que exige la legislación que es de poco más de 961 mil firmas de ciudadanos.
El discípulo de Marcial Maciel logró que el INE le reconociera como válidas poco más de nueve de cada diez firmas de personas con credencial para votar, que es uno de los requisitos clave del modelo de candidatura independiente en México.
Su más cercano contendiente fue Ulises Ruiz Ortiz, exgobernador de Oaxaca, que sólo logró poco más de 90 mil firmas, de las que el INE le rechazó más de 25 mil, duplicó otras cuatro mil, por lo que, en total, sólo logró que le reconocieran dos de cada tres apoyos.
En los últimos días, Verástegui ha redoblado su activismo en redes sociales. El 3 de enero, luego de que el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación le negara a Verástegui una prórroga para entregar firmas o “apoyos ciudadanos”, él y sus cercanos publicaron en redes sociales amargas quejas que mostraron las contradicciones de la propuesta política de Verástegui.
En primer término, dijo comprender las quejas y reproches constantes de López Obrador contra la autoridad electoral, como se puede ver en el mensaje de una cuenta que le expresó apoyo en la red social antes conocida como Twitter y que Verástegui republicó el 5 de enero.
En declaraciones a distintos medios, Verástegui incluso se dijo arrepentido de haber "defendido al Instituto Nacional Electoral", al tiempo que hace todo para presentarse como víctima de una conspiración.
Y lo hace, además, al mismo tiempo que insiste en presentar al actual gobierno como “de izquierda”, algo que resulta insostenible cuando se considera la relación de López Obrador con las Fuerzas Armadas, como se puede ver en este mensaje del propio Verástegui.
¿Esto marca el final de la carrera política de Verástegui? No lo sé. Lo que me queda claro es que dado el complejo entramado del que dimos cuenta en Los Ángeles Press en una serie publicada durante el verano de 2023, incluso si él se retirara, las condiciones existen para que otro u otra representante de esa manera de entender a México y el mundo aspire a convertirse en candidato presidencial más adelante.
Eso es lo que demuestra la historia reciente de esta modalidad de la derecha populista, identitaria, racista, enemiga de la globalización, que aborrece al papa Francisco y lo denuesta a la primera oportunidad que se le presenta, y que no duda en expresar su fascinación por los experimentos en curso en la actualidad en otros países de América Latina, América del Norte y Europa.
Es una forma de entender el mundo, la política y México que no va a desaparecer porque Verástegui haya preferido pasar sus días viviendo “la vida loca” en Miami, en lugar de hacer campaña para obtener las firmas necesarias para su candidatura en México.
Lo que es más. Dado el éxito, al menos parcial, de Javier Milei en Argentina, es de esperarse que otros políticos latinoamericanos intenten replicar el modelo basado en lo que en Argentina se llama el “voto bronca” y que tiene un equivalente remoto en México en el “voto de castigo”.
Milei logró hacerse de la presidencia de su país montado en el pésimo manejo de la economía argentina por los gobiernos de Cristina Fernández, Mauricio Macri y Alberto Fernández, así como en una eficaz campaña de medios que decía a quienes quisieran creerle que no trataría de hacer todo lo que prometía en campaña, pero que—a final de cuentas—si ha intentado hacerlo.
No es claro si lo logrará. Todo indica que hay un sector de la Unión Cívica Radical dispuesta a prestarle los votos que necesita para avanzar en uno de los más salvajes programas de ajuste en un país que ya ha vivido antes las versiones más brutales de esos programas.
Pero también lo hizo con una campaña que lo acercó al propio Verástegui, a Salvador Abascal, el líder de Vox en España, además de Jair y Eduardo Bolsonaro en Brasil, entre otras figuras de esta nueva variedad de la derecha.
Al otro lado de Los Andes, aunque la constitución impulsada por los neopinochetistas del Partido Republicano perdió, como había perdido la que impulsó el presidente Gabriel Boric, es claro que Chile ha perdido tres años ya en una discusión, a final de cuentas estéril, pero que favorece a la derecha de ese país, por la facilidad con la que pierde en Chile cualquier alternativa que sea etiquetada como “de izquierda”.
Uruguay, Paraguay y Ecuador son gobernados por coaliciones de derecha, que están a la espera de ver qué ocurre en Argentina para radicalizar sus propias propuestas, con consecuencias que se antojan difíciles de prever. En Ecuador, además, la violencia campea y cobró la vida de Fernando Villavicencio, uno de los candidatos a la presidencia de aquel país, justo el mismo día que Verástegui estrenaba su película en Quito.
Perú y Bolivia se encuentran en ciclos relativamente largos de inestabilidad cuyos protagonistas, Keiko, la hija del expresidente Alberto Fujimori y Evo Morales, expresidente de Bolivia, no tienen interés en terminar. Más bien al contrario, hacen todo lo posible para extender esos ciclos con la expectativa de hacerse, de una manera u otra, del poder.
Brasil recién salió de lo que era el otro experimento exitoso de la extrema derecha con el gobierno de Bolsonaro y aunque, desde México, puede ser fácil suponer Lula da Silva que tiene el control del futuro de su país, la economía dominante en el sur del continente, no hay garantía de que sea así.
La razón más obvia para pensar así es la edad de Da Silva, que este año cumplirá 79 años, lo que hace muy difícil pensar que pudiera volver a presentarse a reelección en 2027, pues ya para entonces tendría 82 años. Por si fuera poco, Lula ganó su tercera presidencia por el margen más estrecho de sus tres triunfos, apenas el mínimo necesario para ocupar el cargo en la segunda vuelta, al apuntarse el 50.9 por ciento del total de los votos.
Por si eso no fuera suficiente, para lograr ser presidente por tercera ocasión, tuvo que aliarse a quien fue, en sus primeras dos presidencias, uno de sus críticos más persistentes, su actual vicepresidente, Gerardo Alkcmin, además de líderes de otros siete partidos que integraron una coalición muy amplia para derrotar a Bolsonaro.
Y en España está el caso de Vox, la formación neofranquista, de extrema derecha, que hundió con el peso de sus excesos machistas, nacionalistas y chauvinistas al Partido Popular, pero que -dada la fragilidad del gobierno de Pedro Sánchez- sigue siendo una fuerza política a la que no se puede subestimar.
Al otro lado del Bravo
Al norte de México la situación es difícil tanto para Joe Biden como para Justin Trudeau. No hay garantía de que los electores estadunidenses, hartos con una economía que no distribuye sus beneficios vuelvan a votar al Partido Demócrata, a pesar de que no hay garantía de que los republicanos pudieran siquiera considerar tomar las medidas necesarias para mejorar las cosas.
La mejora, por cierto, no es una cuestión del desempeño de los números de la economía. Los índices de los mercados están en una situación envidiable, el desempleo es bajo, pero los beneficios no se distribuyen y la situación en materia de vivienda y costo de los servicios de salud, hace que muchas familias vivan una situación muy precaria.
Tan precaria que incluso America, la revista de la Compañía de Jesús en Estados Unidos publica esta semana un texto en el que advierte acerca de la amenaza que plantea la extrema derecha, de inspiración supuestamente cristiana, coaligada con Trump no sólo al Partido Republicano, sino a Estados Unidos en su conjunto.
El texto no está firmado por algún joven estudiante de sociología o ciencia política de las universidades de Georgetown, Loyola o Fordham. Lo firma Thomas P. Rausch, un sacerdote de la Compañía de Jesús de 83 años, profesor emérito de teología católica en Loyola Marymount, la universidad jesuita de Los Ángeles, California.
Más sorprendente es que Rausch, quien nunca se distinguió por ser un teólogo de la liberación ni nada que se le parezca, señale en uno de los párrafos de su texto que…
…aunque la mayoría de los padres fundadores de Estados Unidos tenían una formación calvinista, los más influyentes de ellos, aquellos que escribieron los documentos constitucionales, no eran cristianos.
¿Qué tan mal deben estar las cosas en Estados Unidos en términos de la confusión de los órdenes político y religioso para que un teólogo católico recuerde a los lectores de una revista jesuita que la Constitución de Filadelfia de 1789 no es un documento de inspiración cristiana?
Adiós Trudeau, au revoir
Más al norte, Trudeau está muy lejos de estar en control de la situación. Aunque el manejo de la pandemia fue de los mejores a escala global y cuenta con un sistema de salud que es la envidia de los estadunidenses, el costo de la vivienda hace muy difícil para la familia canadiense promedio pagar la renta o contratar una hipoteca.
Todas las encuestas disponibles en Canadá hablan de una marcada debilidad de Trudeau y su partido, que podrían llevar a una derrota del Partido Liberal a manos de Pierre Polievre, un líder populista e identitario que, aunque matizado por la corrección política propia de la vida pública canadiense, imita muchas de las fórmulas que hacen que Trump siga siendo peligroso al sur de las cataratas del Niágara.
México disfruta de los efectos narcóticos del nearshoring, es decir, de la instalación de empresas que fabrican, así sea de manera parcial, bienes para el mercado estadunidense, que ha permitido mantener la relativa estabilidad del peso mexicano frente al dólar.
Pero se debe ser consciente de qué tan frágil es este modelo que depende, ahora más que con el Tratado de Libre Comercio original, el de 1994, de que se mantengan los flujos de inversión extranjera directa a México, que podrían perderse por un capricho de la presidencia o el congreso de Estados Unidos.
El nearshoring, combinado con la popularidad de Andrés Manuel López Obrador, hace que muchos en México asuman que vivimos una suerte de afortunada anomalía, pero no hay garantía de que estas condiciones prevalecerán por mucho tiempo más en México.
Dentro de México, la violencia está lejos de haberse resuelto.
Fuera de México, si Donald Trump se vuelve a hacer de la presidencia en Estados Unidos y Polievre se convierte en primer ministro de Canadá, podríamos asistir a fuertes sacudidas en los mercados de América del Norte.
Trump ya amenazó a México con imponer brutales aranceles que hubieran destrozado cualquier modelo basado en el libre movimiento de mercancías. Nada impide que eso pudiera volver a ocurrir.
En ese sentido, debe tenerse presente que la alianza de Verástegui con Trump sigue vigente. No sería difícil que, dado que no estará ocupado en hacer campaña en México, la campaña la haga a favor de Trump en estados con poblaciones latinas numerosas como California, Texas, Florida, Illinois o Nueva York, entre otros.
En México, para 2024, dado el fracaso de la militarización de la seguridad pública, la gran pregunta es ¿qué pasará con el Congreso de la Unión? ¿Tendrá éxito la campaña polarizante de López Obrador contra la Suprema Corte de Justicia de la Nación? ¿Qué efectos tendrá el que se puedan elegir a los jueces en México?
Las experiencias de Estados Unidos y de Bolivia, las dos más cercanas a México con un modelo de ese tipo, están lejos de ser auspiciosas.
En Bolivia, cuyo sistema y tradición jurídica es más cercana a la de México, el modelo está lejos de haber mejorado el desempeño del Poder Judicial en la nación andina.
Y en Estados Unidos, como lo demuestra la serie que Propublica ha dedicado a Clarence Thomas, entre otras figuras de la Suprema Corte de Justicia de Estados Unidos y sus vínculos con la extrema derecha y que hemos publicado traducidos al español en Los Ángeles Press está muy lejos de ser auspiciosa. Más bien todo lo contrario.
Es ahí donde Verástegui u otro líder de la derecha populista e identitaria en México podría emerger como una figura clave en la elección de 2030.
Abrir la elección de jueces puede parecer una buena idea en los círculos de Morena, tan incapaces de tomar distancia de AMLO, pero el hecho que haya tan pocos países donde se use un modelo así debería llamar la atención a quien quiera que en verdad quiera que mejore el funcionamiento del sistema de justicia en México.
Los temas que podrían reformarse son muchos. Eliminar, por ejemplo, la cláusula o fórmula Otero, que obliga a litigar una y otra vez un mismo asunto en los tribunales mexicanos.
Si el problema no es procesal sino de corrupción, hay experiencias de control eficaz de la corrupción que México ha olvidado en los últimos cinco años porque se le ha apostado todo a que la supuesta "honestidad valiente" del residente de Palacio Nacional lo va a resolver todo, pero hay abundante evidencia de que incluso si él efectivamente fuera honesto, no todos en su gobierno o en su partido lo son.
Las incertidumbres que se derivan del riesgo de una posible segunda presidencia de Trump en Estados Unidos, de la experiencia de Vox en España y del Partido Republicano en Chile, los herederos de Pinochet, así como de Milei en Argentina demuestran que la extrema derecha tiene la capacidad para apelar en situaciones de crisis a los temores más profundos de los electores con consecuencias difíciles de prever.
Lo que es peor. México, como Argentina, Chile y el resto de América Latina, es víctima de por lo menos cuatro y medio siglos de modelos económicos que han concentrado el ingreso en muy pocas manos.
La aparente calma con la que se ha esfumado para la elección de 2024 el peligro planteado por Verástegui y quienes le promueven, no ha erradicado del mapa de la política en México los riesgos que generan la violencia del narcotráfico, la militarización de la seguridad pública, los ataques contra el Poder Judicial, así como el riesgo que plantea un modelo económico que depende de que el nearshoring siga siendo vigente.
En el mejor de los casos, sólo se ha retrasado el riesgo de que la extrema derecha populista e identitaria se manifieste en México. Nada más.