Chihuahua: entre drones, narcolaboratorios y “aventones”

Roger Castorena Menchaca

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En Chihuahua, la versión oficial se fragmenta entre omisiones, coincidencias difíciles de sostener y una cooperación internacional que permanece sin explicación clara.

Por Roger Castorena Menchaca

Desde la redacción: En el Chihuahua profundo, ése que forma parte del llamado "Triángulo Dorado" del narcotráfico, donde la geografía es tan accidentada como las explicaciones oficiales, ocurrió algo más que un accidente: se destapó una narrativa que hace agua por todos lados.

El fiscal general del Estado, César Jáuregui Moreno, intentó aclarar —en entrevista con Azucena Uresti— el episodio que terminó con la muerte de dos agentes estadounidenses (ahora se presume que eran agentes de la CIA) y del director de la Agencia Estatal de Investigación, justo después de un operativo que desmanteló, según sus propias palabras, uno de los narcolaboratorios más grandes detectados en la sierra de Chihuahua, presuntamente vinculado al Cártel de Sinaloa.

La explicación oficial, sin embargo, parece más un rompecabezas incompleto que una versión sólida de los hechos.

Según el fiscal, no había agentes estadounidenses en el operativo. Ninguno. Cero. Solo elementos estatales y del Ejército mexicano. Hasta ahí, todo en orden. Pero —y aquí empieza el giro digno de guion— esos mismos agentes extranjeros sí estaban en Chihuahua. No operando, aclara, sino “capacitándose”. O mejor dicho, capacitando. En drones. A ocho o nueve horas del lugar del aseguramiento.

Una coincidencia geográfica, dirían algunos. Una casualidad estratégica, dirían otros.

El punto de quiebre llega cuando esos agentes, que oficialmente no participaban en el operativo, terminan subiendo a la camioneta del funcionario estatal que sí venía de ese operativo. ¿La razón? Un encuentro “circunstancial” en la comunidad de Polanco. ¿El desenlace? Un accidente fatal en la sierra.

Y entonces surgen las preguntas inevitables: si no estaban involucrados, ¿por qué coincidieron en la ruta? Si eran instructores, ¿por qué se trasladaban con el director operativo de una corporación estatal tras un golpe al narcotráfico? Y sobre todo, ¿quién sabía qué y cuándo?

La presidente Claudia Sheinbaum ya dejó clara su postura: no tenía conocimiento de la presencia de estos agentes en el contexto del operativo. El fiscal le da la razón… pero matiza: no tenía por qué saberlo.

Porque, según la explicación, estas capacitaciones son “cotidianas”. Tan comunes que ni siquiera se tiene claridad sobre cuántos agentes hay, de qué agencias provienen o cuánto tiempo permanecen en territorio mexicano. Todo, aparentemente, bajo un esquema donde el Estado conoce… pero no controla; coopera… pero no autoriza; y participa… pero no decide.

Un modelo de colaboración donde nadie parece tener la fotografía completa.

Para añadir más ruido, el propio fiscal admite que desconoce si los agentes pertenecían a alguna agencia específica, aunque versiones periodísticas apuntan incluso a la CIA. Él lo descarta… o más bien, dice no tener cómo confirmarlo.

Y mientras tanto, el contexto no es menor: dos narcolaboratorios desmantelados en una de las zonas más sensibles del país, una operación de alto impacto, y un accidente que involucra a actores nacionales y extranjeros en circunstancias, por decir lo menos, difíciles de hilar.

La narrativa oficial insiste en que todo fue una coincidencia. Un encuentro fortuito. Un “aventón” en la sierra. Pero en un país donde la seguridad se mueve entre la opacidad y la coordinación internacional, las coincidencias suelen ser el primer síntoma de algo más complejo.

Porque al final del día, la pregunta no es si los agentes participaron o no en el operativo. La pregunta es por qué, en medio de uno de los golpes más relevantes al narcotráfico en la región, aparecen —aunque sea “por casualidad”— en la misma historia.

Y ésa, hasta ahora, sigue sin respuesta clara.

Fuente: alinstantechihuahua.com

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