Rodolfo Soriano-Núñez Domingo, 14 de Enero del 2024
Mientras ocurre la revuelta, Nicaragua exilia a 19 clérigos, incluidos dos obispos y el papa Francisco rechaza un millón de euros de una armería italiana.
Religión y vida pública: A pesar de la revuelta, Gallup reporta que 77 por ciento de los católicos estadunidenses tienen una opinión favorable del papa Francisco.
Por Rodolfo Soriano-Núñez
La segunda semana de enero estuvo marcada, en lo que hace a los vínculos entre la religión y la vida pública, una vez más, por el conflicto que provocó la publicación de Fiducia Supplicans, el documento de Victor Manuel Fernández, prefecto del dicasterio para la Doctrina de la Fe, que permite que se ofrezcan bendiciones no ritualizadas a las parejas “irregulares”.
Ese conflicto, sin embargo, sólo se puede comprender si se entiende la manera en que se impuso entre los miembros de la jerarquía católica una visión del papel de la Iglesia Católica centrada de manera casi total en la sexualidad como el único tema relevante para los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI.
Es una manera de entender la sexualidad que, aparejada al clericalismo que cabalgó rampante durante esos dos pontificados, explica en gran medida la crisis de abusos sexuales que ocurre en la actualidad en esa institución. No porque el abuso sexual sea una realidad exclusiva de la Iglesia Católica.
Es así, porque esa manera de entender la sexualidad como el tema fundamental genera esta paradoja en la que se encuentra el catolicismo de una religión que alega tener una moral sexual rígida, pero que está afectada por miles de casos de abuso sexual a manos de sus clérigos.
Que son miles los casos, lo demostramos en una serie que Los Ángeles Press publicó a mediados del año pasado y que ofrece una estimación del número actual de víctimas en más de sesenta países a escala global.
Al presentar a la sexualidad como el tema casi exclusivo de cualquier reflexión religiosa, lejos de “civilizar” ese aspecto de la vida humana, lo convirtió en el foco de los conflictos que marcan hoy a esa iglesia, incluidos los abusos sexuales que están íntimamente relacionados con la concepción de la sexualidad que caracteriza a los sectores más radicales del clero católico.
La semana previa, la segunda del año, fue notable la manera en que la extrema derecha del catolicismo estadunidense ejerció toda su influencia sobre el catolicismo africano, así como su renovado empeño de socavar la autoridad del papa Francisco y su responsable del dicasterio para la Doctrina de la Fe, Víctor Manuel Fernández, al presentarlos como “herejes”.
Durante la semana dimos cuenta de la manera en que Voto Católico, una organización nacida originalmente en Estados Unidos en la órbita de los llamados Caballeros de Colón y que aspira a que los católicos en Estados Unidos y otros países voten como un bloque, hizo un escándalo de la publicación en 1998 de un libro, que se puede descargar en la nota que da cuenta de ese escándalo y cuyo vínculo aparece inmediatamente después de este párrafo.
Ahí se hizo ver cómo Voto Católico trató de presentar como una transgresión intolerable un texto que trataba de ofrecerle a los jóvenes latinoamericanos de los noventa una idea de la sexualidad que no estuviera afectada por la hipocresía y las contradicciones más comunes a la moral sexual del catolicismo.
La situación está lejos de haberse resuelto. Como toda crisis, la publicación de Fiducia Supplicans hizo evidente, en un sentido, qué tan compleja y diversa es, en la práctica la comprensión de la sexualidad en el seno del catolicismo, así como qué tan comprometidos están algunos sectores de la Iglesia Católica con una agenda abiertamente contraria a cualquier propuesta que haga el papa Francisco.
Paradojas
Tan compleja que, además de que el papa Francisco recibió de nuevo en audiencia pública al cardenal Fernández, como medio para disipar cualquier duda acerca de la cercanía entre ambos, el papa Francisco dedicó su reunión anual con el clero de la diócesis de Roma, la que—así sea de manera simbólica—preside él, a insistir en las razones que le llevaron a él y a Fernández a publicar a finales del año pasado Fiducia Supplicans.
En la reunión con el clero de la diócesis de Roma Francisco no descubrió nada nuevo. Habló de la manera en que él entiende esas bendiciones como un acto que trata de mostrar la cercanía de la Iglesia con las personas que viven en una “pareja irregular”, pero que no modifica la doctrina de la Iglesia.
Poco antes del mensaje al clero de la diócesis de Roma, por cierto, el papa Francisco había rechazado un donativo de cerca de un millón de euros para el hospital Bambino Gesú, que administra la Iglesia Católica en Italia. El donativo lo hacía la armería Leonardo, una empresa italiana dedicada a la producción y venta de armas a escala global.
El mensaje implícito en el rechazo es la condena a la guerra, asunto que fue el tema principal del mensaje que el mismo papa pronunció al mediodía de ayer domingo en Roma, que se puede resumir en esta frase:
En otras palabras, hoy la guerra es en sí misma un crimen contra la humanidad. No olvidemos esto: la guerra es en sí misma un crimen contra la humanidad. ¡Los pueblos necesitan paz! ¡El mundo necesita paz!
Dudo que el objetivo real del papa Francisco haya sido el clero de Roma, que está muy lejos de tener una reputación de castidad o de apego a la moral sexual de su iglesia.
Creo, en cambio, en Francisco aprovechó la oportunidad que se le presentó para señalar un problema clave del catolicismo que es de si es posible insistir en la contradicción de una moral sexual rígida en el discurso, pero marcada por escándalos sexuales como los que han manchado a la Iglesia Católica en los últimos 40 años al menos.
Esta crisis en el seno de la Iglesia Católica es fruto de una paradoja profunda. Esa paradoja deja ver que la misma jerarquía católica que trata de imponer a otros una moral sexual “rígida”, es la más indispuesta a reconocer las verdaderas causas de la crisis de abusos sexuales.
Lo que es peor. Actúan como si una y otra no tuvieran relación, cuando lo que queda claro es que notables depredadores como Marcial Maciel, Fernando Karadima, Carlos Miguel Buela, por citar sólo a los tres más conocidos en el ámbito latinoamericano.
A esa contradicción, que es la causa de mucha de la pérdida de fieles del catolicismo en los últimos años, se debe agregar una paradoja adicional.
Muchas de las mismas voces que durante los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI celebraban el silencio con el que esos dos pontífices trataron de ocultar la existencia de la crisis de abusos sexuales, son las que ahora se movilizan para repudiar al papa Francisco por la publicación de Fiducia Supplicans, así como por otros asuntos.
El caso más cercano a México es, por donde se le vea, el del cardenal y arzobispo emérito de Guadalajara, Juan Sandoval Íñiguez que, en el otoño del año pasado, se sumó a quienes condenaban la metodología del sínodo presidido por el papa Francisco en octubre próximo-pasado.
Crisis e influencia
Esas contradicciones, que pueden resolver de manera sencilla, han dado forma a una crisis que pone de manifiesto, con sus múltiples paradojas, entre otras cosas, la abrumadora influencia de la derecha católica en la vida pública de Estados Unidos, así como en distintos países de América Latina y, de manera más notable, de África.
En el caso de Estados Unidos y algunos países de América Latina, esa influencia la ejercen por medio de organizaciones o grupos como Voto Católico, que tratan de imponer por todos los medios una moral sexual rígida en la vida pública sin que logren explicar qué los hace exigir, por ejemplo, la criminalización de la homosexualidad o de qué manera podría ayudar la implantación de draconianas legislaciones contrarias al aborto, como la recientemente establecida en Texas, Estados Unidos.
Es una situación que difícilmente podría considerarse como novedosa. De hecho, al mismo tiempo que grupos como Voto Católico tratan de imponer este tipo de legislaciones en materia de homosexualidad y aborto, los grupos que cabildean a favor de los intereses de la Iglesia Católica en distintos países también han logrado imponer el silencio, el olvido y el desdén como norma en materia de abusos sexuales a manos de clérigos.
Y lo que es peor, como se demostró en el texto dedicado a la destitución del obispo Joseph Strickland, de Tyler, Texas, al actuar así el catolicismo corre el riesgo de convertirse en una secta cada vez más aislada y marginal.
Y es que, aun cuando en América Latina—a diferencia de lo ocurrido en África—les ha resultado imposible imponer legislaciones que criminalicen la homosexualidad, sí han conseguido que gobiernos de distinto signo en la región le den a la derecha católica la legislación antiaborto que quería.
En el cuarto texto de la serie que dedicamos a Eduardo Verástegui a mediados del año pasado, se documentaron tanto los vínculos del fallido candidato independiente a la presidencia de la República con Voto Católico y otros grupos y personalidades de la derecha católica en distintos países, como de algunas de las estrategias que han seguido los “capítulos” nacionales de Voto Católico, para impulsar su agenda.
En Colombia, por ejemplo, la campaña de Voto Católico presenta las decisiones del Poder Judicial de ese país en materia de aborto como si fueran acciones de sicarios, de gatilleros de los grupos de narcotraficantes que matan por encargo a sus enemigos.

En entregas previas de esta serie dedicadas al caso nicaragüense, hemos dado cuenta del alcance y los efectos de la legislación antiaborto. No fue, por cierto, sólo en Nicaragua.
Caballo de Troya
Es sólo que en Nicaragua legislación fue el caballo de Troya en el que se escondió la construcción de la dictadura de Daniel Ortega que ahora reprime y ataca cuando lo desea a la iglesia que hizo posible que construyera un régimen a la altura de sus caprichos.
Por cierto, apenas ayer domingo informó que había llegado a un acuerdo por el que exilia a los obispos Rolando José Álvarez Lagos e Isidoro del Carmen Mora Ortega, además de 15 sacerdotes y dos seminaristas, cuyos nombres aparecen detallados en el comunicado que aparece inmediatamente después de este párrafo.
Dejando de lado lo específico del caso nicaragüense, lo que pasó ahí, aunque es un caso extremo, no es único. Propuestas similares a las que el orteguismo impulsó en materia de aborto se impusieron como leyes en toda América Latina desde finales de los noventa y hasta principios de la década pasada.
Lo notable en Nicaragua, es que el cardenal Miguel Obrando Bravo se convirtió en socio de quien ahora hostiga hasta obligar al exilio a los obispos católicos de ese país. De la manera más difícil, los obispos católicos de Nicaragua reciben una lección acerca de los riesgos de reducir toda la participación de la Iglesia Católica en el ámbito público a un solo tema: la legislación antiaborto.

En otras palabras, no basta con imponer leyes que restrinjan el aborto (o la homosexualidad) para justificar el apoyo irrestricto que Obando dio a Ortega y que detallamos en otra entrega de esta serie.
Una apuesta similar hizo la Conferencia del Episcopado Mexicano durante los gobiernos de Ernesto Zedillo Ponce de León, Vicente Fox Quesada, Felipe Calderón Hinojosa y Enrique Peña Nieto.
Durante ese periodo de 30 años, los obispos mexicanos callaron mientras ocurría el deterioro de los índices de homicidios y otras formas de violencia que nos tienen sumidos en la situación actual.
La excepción fue la voz que desentona el coro de la CEM: el obispo emérito de Saltillo, Raúl Vera, quien entendió que era necesario algo más que hostigar homosexuales o prohibir abortos.
No es de sorprender el escepticismo con el que muchos recibimos los señalamientos que ahora hace la Conferencia del Episcopado Mexicano sobre la violencia que ahoga a México, con un criterio que parece más de oportunidad política que de legítima preocupación con el estado de cosas en materia de seguridad pública en México.
Complejidad
Y es que por más que Voto Católico y otras organizaciones de la derecha católica en América Latina y otros países crean que basta impulsar las leyes brutales que criminalizan y castigan la homosexualidad, el aborto y otras prácticas que el ala más radical del catolicismo considera insoportables para que, según ellos, “Cristo reine”, la realidad es mucho más compleja.
Parte de esa complejidad se puede apreciar en los casos de México, Nicaragua o de Estados Unidos en los periodos, ahora o antes, en los que estuvieron en vigor legislaciones extremas en materia de aborto. No hay una vinculación directa o indirecta entre, por ejemplo, la severidad de las legislaciones en materia de aborto y el índice de homicidios, como tampoco lo hubo con el desempeño de indicadores económicos clave, como la distribución del ingreso, por ejemplo. Y tampoco hay vínculos entre la legislación que criminaliza la sexualidad y la violencia o con el desempeño de esos mismos indicadores económicos.
La idea de que sin aborto o sin personas homosexuales podríamos vivir mejor es, en el mejor de los casos, buenos deseos, pero que carecen de cualquier sustento.
A pesar de ello, en África la derecha católica global ha logrado crear un cierto apetito por legislaciones que criminalizan la homosexualidad que, en los casos más extremos, como el de Uganda, ha llevado a que se establezcan penas de muerte contra las personas homosexuales.
No ha sido sólo la Iglesia Católica. Hay otros actores religiosos, cristianos y de otras tradiciones religiosas implicados en ese proceso. También lo están partidos y dirigentes políticos locales que usan a las personas homosexuales como chivos expiatorios de los males que aquejan a esas sociedades, de manera similar a como ocurren ese tipo de manipulaciones en Estados Unidos o en países de América Latina.
En todos esos casos, la homosexualidad es presentada como una práctica aberrante, que causa anomia, conflictos, tensiones, corrupción y delitos y que por eso debe ser condenada y erradicada, a pesar de que no hay evidencia científica o de otro tipo que respalde ese tipo de legislación.
Quienes promueven ese tipo de leyes frecuentemente engañan cuando dan cuenta de los vínculos que existen entre homosexualidad y prostitución masculina. También engañan cuando hablan de los nexos entre esas dos realidades y distintas conductas criminales.
Sobrevivir
No reconocen que es la violencia que sufren muchos jóvenes varones homosexuales en sus propias familias lo que los lleva a practicar la prostitución. Como sucede también con muchas jóvenes víctimas de violencia sexual o de otro tipo en sus familias o en sus comunidades religiosas es un mecanismo para sobrevivir.
También engañan cuando asumen que basta con declarar ilegales a la homosexualidad o la prostitución para que esas realidades desaparezcan y más cuando rechazan que las personas vinculadas a la prostitución están en mayor riesgo de vincularse a grupos criminales.
Además, en lo que hace a la homosexualidad, la criminalización de la práctica ha ocurrido en África en las últimas dos décadas a pesar de que Europa derogó ya en la segunda mitad del siglo XX las leyes que—al menos en el papel—condenaban ese tipo de práctica de la sexualidad, pero que se usaban para justificar ataques contra quienes fueran percibidos enemigos de las élites políticas en cada país.
Fue ese tipo de leyes las que llevaron a que el Reino Unido condenara públicamente al matemático Alan Turing en 1952, con leyes cuyo origen se remonta a la llamada Buggery Act o ley (anti) sodomía de 1533.
Turing fue condenado a recibir un tratamiento que en los hechos le castró por medios químicos y que produjo una depresión tan profunda que lo llevó a cometer suicidio dos años después pero que—además—ocurrió el marco de una purga de quienes fueran vistos como homosexuales en las altas esferas del gobierno británico por considerarlos como posibles aliados de la Unión Soviética.
Paradójicamente, esas leyes fueron repudiadas en el Reino Unido porque ya desde los sesenta del siglo pasado, se les percibió como una intromisión injustificable del Estado en la vida privada de las personas, además de que existieron campañas para que se revocaran las condenas que sufrieron, durante más de 400 años, personas con algún papel en la vida pública como Turing.
Esa es una de las dimensiones que la extrema derecha del catolicismo desestima a escala global. A pesar de que en Estados Unidos están aliados con el Partido Republicano y ese partido defiende, al menos en algunos temas, la idea de un Estado que no se entrometa en la vida privada de las personas, cuando se trata de temas de sexualidad, la nueva derecha trumpiana e identitaria está más que dispuesta a promulgar leyes que regulen la sexualidad.
¿Libertad religiosa sin derechos humanos?
La contradicción no es exclusiva de los republicanos en Estados Unidos. La jerarquía católica hizo durante el papado de Juan Pablo II en los ochenta y noventa de la libertad religiosa uno de los derechos humanos fundamentales.
Sin embargo, la actual extrema derecha del catolicismo y otras variedades del cristianismo ha separado la idea de la libertad religiosa de la idea de que pudiera existir algo parecido a derechos humanos inalienables, como parte de una operación que les permite—como a los obispos católicos de Uganda—ser testigos e incluso socios de la imposición de leyes que condenan la homosexualidad, como si las personas homosexuales, por serlo, perdieran cualquier derecho.
Ello explica que la jerarquía católica de países como Malawi haya estado dispuesta a repudiar al papa Francisco por Fiducia Supplicans, pero haya guardado silencio cuando las leyes que penalizan la homosexualidad se aprobaron en distintos países de África.
Esa actitud es la que se observa, por ejemplo, en el cardenal de Guinea Robert Sarah, que apenas el 2 de enero calificó a Fiducia Supplicans como "herética" en un texto publicado originalmente en francés en Bélgica como un "mensaje de Navidad".
En una entrega previa de esta serie, en marzo de 2023, se detallaron los orígenes estadunidenses de ese tipo de legislaciones. Fue entonces cuando se votó en el parlamento de Uganda la legislación que ahora castiga hasta con pena de muerte a las personas homosexuales y no hubo entonces alguna voz de la jerarquía católica local o de otro país de África que pusiera en duda la pertinencia de ese tipo de leyes.
Ha sido más bien el papa Francisco quien, con motivo de sus viajes a distintas naciones de África o, por otras razones, ha condenado ese tipo de legislación, como se señaló en otro texto previo de esta serie, de diciembre del año pasado, que dio cuenta de la homofobia subyacente en las reacciones de algunos obispos a Fiducia Supplicans.
Como se hizo ver en otra entrega de esta serie, Francisco no duda en condenar como pecado las legislaciones que condenan incluso con pena de muerte a las personas homosexuales. En eso, como en otros asuntos, la homofobia de buena parte de la jerarquía global del catolicismo les impide secundar los llamados del papa Francisco a que se abroguen o deroguen ese tipo de legislaciones.
Es más fácil insistir en el mito de la Iglesia Católica como la víctima perpetua de conspiraciones globales, en lugar de reconocer que hay ocasiones, como lo demuestra el caso de Uganda, en que es el propio papa católico quien denuncia la complicidad de obispos de su iglesia en acuerdos que aspiran, de manera más bien fantasiosa y falaz a resolver los grandes problemas de la criminalidad, la seguridad pública o el desarrollo de países enteros a la posibilidad de criminalizar la homosexualidad y que Francisco no duda en denunciar como pecado, como se puede ver en el vídeo tomado de la conferencia de prensa en el vuelo de regreso a Roma del 5 de febrero del año pasado, que aparece a continuación, cuya transcripción aparece inmediatamente después del vídeo.
«Y hace poco dije algo, no lo recuerdo muy bien, en la entrevista de Associated Press. La criminalización de la homosexualidad es una cuestión que no debe dejarse pasar. Se calcula que, más o menos, cincuenta países, de una manera u otra, llevan a cabo esta criminalización. Algunos dicen más, digamos al menos cincuenta. Y algunos de estos -creo que serán diez- tienen también la pena de muerte. De forma abierta o encubierta, pero pena de muerte. Esto no está bien. Las personas con tendencias homosexuales son hijos de Dios, Dios las ama, Dios las acompaña. Es cierto que algunos se encuentran en este estado debido a diversas situaciones no deseadas, pero condenar a una persona así es un pecado…».
Y Francisco, a pesar de los obstáculos que de manera objetiva enfrenta con los obispos de su propia iglesia reportó números muy favorables en la más reciente encuesta de Gallup dada a conocer el jueves 11 de enero: 58 por ciento de todos los estadunidenses y 77 por ciento de quienes se declaran católicos tienen una opinión favorable del papa.