La descomposición del núcleo familiar expone la violencia estructural contra las mujeres en Honduras.
Por Itsmania Platero
La sociología dice que la familia es la base de la sociedad, pero hoy tenemos un núcleo familiar destruido, desligado, quebrantado por la violencia, la migración, el desplazamiento interno abrupto, la polarización y el clima de odio creciente contra las mujeres hondureñas.
Día a día crece la brecha de manera descontrolada y se manifiesta en diferentes formas contra nosotras, las mujeres, como lo demuestran las cifras estadísticas de los organismos defensores de los derechos de la mujer y de las Naciones Unidas, con mayor impacto a consecuencia del golpe de Estado militar y hasta la asunción de un nuevo gobierno con miras a mejorar la historia.
Creció el hogar matricentrista, en donde la mujer es el centro de todo. Sufre los atropellos del hombre y, en muchos casos, enfrenta la rebeldía de los hijos. Es una cruda realidad. “Si el núcleo de la sociedad es la familia, tenemos que vivir con esta pobreza moral, una sociedad destruida”, con hogares desintegrados, llenos de odio y de discriminación interna, donde la cabeza es la mujer y, por consecuencia, los hijos crecen solo con el apoyo de la madre, completamente disgregados. Entonces, ¿de qué nos asustamos si nuestro “núcleo social ya no se puede llamar familia”, en una sociedad con movimientos programados y poseídos por el miedo?
En la violencia doméstica e intrafamiliar, la casa de la víctima es el lugar donde se protagoniza la mayoría de las agresiones, incluyendo los casos en los que las mujeres no estaban viviendo con el agresor. La vivienda es el escenario privilegiado de las relaciones familiares y de pareja, donde el agresor actúa con mayor libertad y las mujeres —adultas, jóvenes o niñas— se encuentran más indefensas.
Otros sitios en los que se producen las agresiones son la casa del agresor, de otro pariente o de algún conocido. Las mujeres somos atacadas también en lugares públicos, lo que refleja la impunidad de estas acciones violentas y la legitimidad social prevaleciente. Los delitos contra la libertad sexual y la honestidad (violación y tentativa de violación, así como rapto y estupro) y el asesinato también han crecido.
Llama la atención el alto número de hombres privados de libertad por este delito, que constituye el cuarto motivo de encarcelamiento o reclusión. Es una forma delictiva que despierta gran relevancia dentro de los hechos noticiosos, sin descontar la angustia que produce en la familia, la comunidad y el pánico generalizado en toda la sociedad. Para muchos, es fruto de la pobreza y de la corrupción que galopa de forma creciente y con libertad en el país.
La proliferación de la pérdida de valores morales y espirituales en el hogar, la degradación del ser humano a su más mínima expresión, la impunidad y la evidente cultura de violencia, que se ventila en redes sociales, se han vuelto parte del diario vivir. La desigualdad en el ingreso, la falta de vigencia y aplicación de algunas leyes que permitan urgentes reformas legales, debido a que las existentes “resultan inadecuadas e inadaptables a la realidad delictiva, que superó los delitos especiales por crímenes transnacionales de actualidad”.
La ausencia de una adecuada política de prevención social, más la aplicación de una ineficaz estrategia de prevención y de represión, al final solo lograron debilitar aún más a la sociedad. Se descuidan los proyectos sociales que ayudarían a contrarrestar el auge delictivo contra nosotras, las mujeres.
La legitimación del uso de la fuerza como medio de resolución de conflictos, cuando no se tiene la razón y no hay otra manera de imponerla, se convirtió en un comportamiento social aceptable ante la ausencia de la capacidad estatal para mantener el orden social en el país. “El amarillismo y la nota roja” son la mejor arma de un gobierno que fabrica simulacros de justicia e integridad institucional, normalizando la violencia familiar y el fenómeno de la seguridad no gubernamental, es decir, “privada”, orientando campañas de violencia contra las mujeres y los niños como solución a los conflictos cotidianos, siendo la autodefensa la única alternativa que nos queda.
Lo que se traduce en un aumento de la criminalidad, involucrando a la mujer hondureña como un nuevo perfil criminológico en los diferentes contextos de la sociedad, sin distinción de clases sociales, en el manejo del Estado moderno y en la psicología social de un pueblo al borde de la rebelión o del canibalismo.
Sea la violencia natural o humana, se define como “el uso o amenaza de uso de la fuerza física o psicológica, con intención de hacer daño” (Buvinic, Morrison y Shifter, 1999), y se manifiesta de diversas formas (homicidio, robo, secuestro, violencia doméstica, violación sexual). La violencia, desde el punto de vista de los derechos humanos, es un mal en sí mismo. Año con año, la población pierde salud mental; en todo momento, hombres y mujeres hemos tratado de esquivarla, de no aceptarla como una realidad latente en todos los ámbitos de la vida cotidiana, incluso en la familia misma.
La violencia es producto de nuestros propios miedos, de la depresión, la ansiedad y el estrés. Somos hijos de ella, la practicamos y la usamos cuando lo consideramos necesario: en el hogar, la empresa, la organización social, gremial o política, incluso en organismos de derechos humanos, donde ejercemos poder, control y autoridad, aun desde las mujeres dirigentes. “Eso no quiere decir que debamos aceptarla sin ningún reparo”. Hoy más que nunca, las mujeres asumimos un papel más beligerante en los diferentes campos de nuestra sociedad, lo que nos hace más vulnerables ante el crimen, la despreocupación legislativa y el creciente aumento de la impunidad y la falta de solidaridad social y política.
Para todas las mujeres dignas que en silencio viven humilladas, apagadas y agredidas, siendo víctimas de la violencia. Por las mujeres atrapadas en las cárceles de México y Estados Unidos; por las mujeres perseguidas; por las más de 450 víctimas de femicidio en Honduras hasta la fecha; por las que huyeron y le dieron nombre a las caravanas: las caravanas tienen nombre de mujeres hondureñas.