Juan Ricardo Montoya Benítez Domingo, 19 de Octubre del 2025, 00:00
Más de 300 casas afectadas, caminos bloqueados y familias atrapadas bajo toneladas de lodo son el saldo preliminar tras el paso de Priscilla por Huehuetla.
Por Juan Ricardo Montoya
Las calles de Huehuetla se transformaron en un lodazal interminable. Refrigeradores, roperos, colchones, montones de ropa y electrodomésticos quedaron atrapados bajo una espesa capa de fango que cubre avenidas y callejones por más de 30 centímetros. Entre los restos, se observan vehículos volcados y arrastrados por la corriente, incluida una ambulancia municipal que quedó varada en medio de un charco de lodo que antes fue una calle.
Todo comenzó la noche del miércoles 8 de octubre cuando una tormenta persistente —originada por el huracán Priscilla— hizo que el río Pantepec se desbordara con fuerza inusitada. El caudal derribó el muro de contención y arrancó de raíz los árboles que bordeaban la ribera. Los fragmentos de la muralla y troncos terminaron amontonados junto a la sucursal del Banco del Bienestar, a unos metros de lo que los vecinos ahora llaman “zona cero”.
El recorrido por esa área revela el desastre: al menos 300 viviendas afectadas en las calles Felipe Ángeles, 16 de Enero, La Rivera y la colonia Nueva. La corriente también destruyó parte de la infraestructura escolar: una secundaria quedó completamente arrasada y el muro perimetral de la primaria Benito Juárez colapsó. Luego, el lodo irrumpió en los hogares, alcanzando en algunos puntos más de dos metros de altura, derribando muros traseros y dejando muebles semienterrados en la vía pública.
Los comercios tampoco se salvaron. Las cortinas metálicas fueron arrancadas como si fueran de papel y las tiendas quedaron vacías. Aurelia Santiago López, vecina de la colonia Nueva, relató que dos paredes de su casa cedieron ante la embestida del río y perdió todo lo que tenía, salvo la vida de su padre enfermo, a quien sus familiares rescataron en medio de la tormenta. Otro testimonio, el de una madre que sostenía a su familia con la venta de ropa infantil, revela el golpe económico: toda su mercancía —pacas recién compradas— quedó inutilizable bajo el lodo.
En las tiendas de abarrotes, la mayoría de los alimentos se echó a perder. Lo poco que quedó se agotó rápidamente, pues los camiones abastecedores no pueden llegar: un deslave en el tramo conocido como Piedras Negras, que conecta Tenango de Doria con Huehuetla, bloqueó completamente el acceso.
Para entrar o salir, los pobladores deben escalar un montículo de casi 10 metros y caminar 12 kilómetros hasta llegar al centro devastado, cargando bolsas con víveres para los damnificados. Elementos del Ejército Mexicano custodian la zona para evitar accidentes en este improvisado camino.
La ayuda, sin embargo, llega con cuentagotas y genera inconformidad. Damnificados denunciaron que las despensas que llegan por helicóptero se reparten “a discreción” frente al Colegio de Bachilleres, beneficiando a personas que no están en situación crítica. Exigen una entrega casa por casa, directa y transparente.
A la falta de alimentos se suma la ausencia total de energía eléctrica e internet, lo que ha favorecido actos de rapiña durante las noches oscuras. Por temor a saqueos, muchas familias han decidido permanecer en sus viviendas destruidas, durmiendo sobre el lodo en lugar de acudir a los albergues estatales.
Los habitantes urgen a las autoridades a enviar brigadas de limpieza y sanitarias para retirar escombros y lodo cuanto antes. Advierten que, si no se actúa con rapidez, podrían surgir enfermedades en los próximos días. Mientras tanto, Huehuetla permanece sepultada, entre el silencio del aislamiento y el eco de una tormenta que lo cambió todo.