Sin efecto el impuesto a videojuegos “violentos“ en México
Sheinbaum en la marcha atrás al gravamen gamers.

Tashiro Malekium

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La marcha atrás al gravamen de los videojuegos expone improvisación legislativa, presión social en redes y la falta de control político del Ejecutivo sobre su bancada.

Por Tashiro Malekium

Otra vez, el gobierno federal de Claudia Sheinbaum se echa para atrás en una decisión que, desde el principio, olía a improvisación y desconexión con la realidad de los jóvenes mexicanos. Ayer, en su mañanera, la presidente anunció que el impuesto del 8% a los videojuegos "violentos" –ése que iba a entrar en vigor en 2026– queda sin efecto. ¿Motivo? Dificultades para definir qué demonios es un juego "violento". En su lugar, optan por campañas de concientización para prevenir la violencia entre la juventud.

Suena bonito, pero vamos a rascar un poco: aunque pudiese parecer una reconsideración por parte del gobierno federal, estas declaraciones dejan ver que Claudia Sheinbaum no tiene control de sus senadores y diputados. No es la primera vez que le meten gol con una propuesta diferente.

Hablemos claro, como se debe en periodismo de trinchera: esta retractación no huele a empatía con los gamers –más de 70 millones en México, la mayoría chavos menores de 30 años que ven en los videojuegos un escape de la pinche violencia real que azota al país–. No, esto apesta a debilidad interna en Morena, ese partido que domina el Congreso pero no puede alinear a sus propios legisladores. La propuesta original salió de un puñado de diputados desconectados, queriendo atacar la violencia juvenil culpando a pixeles en una pantalla, ignorando que estudios de la OMS no ligan directamente a los videojuegos con comportamientos agresivos en la mayoría de los casos.

¿Y ahora? Sheinbaum tiene que salir a apagar el incendio que ellos mismos prendieron. La otra versión de la realidad sería que el impuesto a los videojuegos solo fue una pantalla de humo que tuvo consecuencias políticas no calculadas, debido a la falta de experiencia y pasividad del equipo federal.

Piensen en esto: en un México donde los jóvenes enfrentan reclutamiento forzado por el narco, tasas de homicidios que avergüenzan al mundo y brechas económicas que hacen que un juego de consola sea un lujo para muchos, ¿de verdad creen que gravar "Call of Duty" o "Grand Theft Auto" iba a resolver algo? Esto no es más que moralismo barato, heredado de narrativas conservadoras que prefieren culpar a la cultura pop antes que invertir en educación real o programas contra la desigualdad.

Y los morros lo saben: el backlash en redes fue inmediato, con comunidades gamer mexicanas –influencers, e-sports y foros en X– viralizando críticas que obligaron al gobierno a recular. Hashtags y peticiones volaron, recordándonos movimientos como #YoSoy132 o las protestas por Ayotzinapa, donde la juventud usa lo digital para golpear al poder.

Un gobierno que se echa para atrás en una decisión administrativa en lugar de reestructurar da muchas impresiones y ninguna de ellas es la de empatía. Al contrario, expone la desconexión entre las élites políticas y la base juvenil, que representa casi el 50% de la población. ¿Campañas de concientización? Por favor, eso es como poner una curita en una herida de bala. Mientras el narco recluta a morros y jóvenes en colonias marginadas, el gobierno juega a ser censor cultural, ignorando que los videojuegos son espacios de socialización positiva, creatividad y hasta terapia en un país con crisis de salud mental.

Y no olvidemos el impacto económico: un impuesto así habría encarecido importaciones, golpeando a clases medias y bajas, justo cuando la inflación ya nos tiene de rodillas. Desde Baja California, donde cubro diariamente la podredumbre, la corrupción política y los efectos del narco, veo esto como un síntoma mayor: un Ejecutivo inexperto que lanza globos sonda sin medir repercusiones.

Sheinbaum, con su mayoría en el Congreso, debería estar empujando reformas reales contra la violencia estructural, no distracciones que enfurecen a la generación que podría tumbar regímenes con un tweet. Si no aprenden de esto, los movimientos juveniles –ya empoderados por plataformas como X y TikTok– van a escalar: de memes a marchas, de quejas online a demandas en las urnas. Exigimos transparencia, no pantallas de humo. ¿O vamos a esperar otro "gol" para que reaccionen?

Fuente: substack.com

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