El desafío de México para dejar de administrar la pobreza
Pobreza en el Estado de México. Foto: El Mexiquense hoy

Víctor Hugo Celaya

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Si México continúa con el ritmo actual de reducción, la cifra de 196 años para erradicar la pobreza se vuelve una profecía auto-cumplida.

Por Víctor Hugo Celaya Celaya

México enfrenta un dilema que va más allá de las cifras: ¿administrar la pobreza o construir la prosperidad? Este debate se reavivó recientemente tras la publicación de un amplio artículo en el periódico Reforma , donde se difundió un cálculo preocupante, realizado por organizaciones ciudadanas, que estima que tomará cerca de 196 años acabar con la pobreza en México.

A pesar de las cifras oficiales y de los esfuerzos gubernamentales (que, a mi parecer, siguen siendo limitados y claramente insuficientes) los jóvenes y los grupos más vulnerables continúan atrapados en condiciones que les impiden salir de la marginación. Es la disparidad regional y estatal en el combate a la pobreza lo que dicta la cruda realidad: si el ritmo actual de las políticas públicas se mantiene, el país necesitaría ciertamente de casi dos siglos para erradicarla. La brecha entre el norte y el sur se amplía, condenando a millones a una movilidad social casi nula.

Según los datos oficiales más recientes, el porcentaje de la población en situación de pobreza en México fue de 29.6% en 2024, mientras que la pobreza extrema alcanzó el 5.3%. No obstante, cuando analizamos esta tendencia en perspectiva, de acuerdo con el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL) y con el estudio de la organización Acción Ciudadana Frente a la Pobreza, esta tendencia enciende una alerta preocupante. Si México continúa con el ritmo actual de reducción, la cifra de 196 años para erradicar la pobreza se vuelve una profecía auto-cumplida. Peor aún, las entidades más rezagadas (principalmente las del sur y sureste del país, como Chiapas, Guerrero y Oaxaca) concentran niveles de pobreza superiores al 60%. Este dato no solo debe preocuparnos; debe revelarnos que nuestro modelo económico y social no está diseñado para eliminar la pobreza, sino para administrarla.

Los logros oficiales que se anuncian en la reducción de la pobreza son, en gran medida, relativos y parciales. Se sostienen mucho más en el aumento del salario mínimo y en las transferencias y apoyos sociales directos que en una verdadera transformación del aparato productivo nacional que genere empleo, ingreso y bienestar de manera sostenible. Lo he dicho muchas veces: el asistencialismo es un puente, no un destino. La base de la superación de la pobreza es la capacidad de generar riqueza de forma endógena.

En esencia, se necesita una economía fuerte y en crecimiento que impulse un desarrollo regional no solo mayor, sino mucho mejor equilibrado a lo largo de todas las regiones, estados y municipios del país. La inversión productiva debe dejar de concentrarse en unos pocos polos de desarrollo.

Se estima, además, que erradicar totalmente la pobreza (llevarla a cerca de un 0% o disminuirla drásticamente) no es realista de conseguir ni en 10 ni en 15 años. Requeriría un esfuerzo de crecimiento económico mucho más alto y una transformación institucional profunda , no solo en la política social, sino en el modelo económico y productivo del país. En condiciones normales, una meta de esta magnitud implicaría varias décadas de crecimiento sostenido y de políticas de fondo.

Por ello, la erradicación de la pobreza, en los términos que la aspiramos, está aún muy lejos de lograrse. No bastan los paliativos ni su administración burocrática. Para reducirla y superarla, debemos replantear nuestra estrategia económica y productiva, aumentando el gasto público y la inversión productiva (tanto pública como privada) para crear empleos y oportunidades de alto valor , especialmente en las zonas rurales, donde, paradójicamente, se concentra la mayor parte de la pobreza mexicana.

Nuestra política social ha sido, por décadas, reactiva más que estructural. Hemos logrado mitigar carencias de manera temporal, sí, pero no se ha construido un proyecto de movilidad social robusto que permita a los marginados acceder de forma permanente a mejores niveles de ocupación e ingreso. Si continuamos con este modelo que privilegia el subsidio sobre la inversión productiva, bien podría cumplirse la alarmante “profecía” de los casi dos siglos para acabar con la pobreza.

Superar esta situación exige cambiar de raíz las bases del modelo económico nacional. Los programas asistenciales y los incrementos salariales periódicos son importantes para la justicia social inmediata, pero resultan dramáticamente insuficientes para resolver un problema estructural que lleva décadas incrustado en nuestro tejido social. Lo que México necesita con urgencia es un Pacto Nacional por la Productividad y el Empleo, una iniciativa donde concurran de manera estratégica la inversión pública, la privada y una política social inteligente, con un enfoque verdaderamente incluyente a nivel regional, estatal y nacional.

Necesitamos crecer de forma sostenida por encima del 3% anual. El Banco de México (Banxico) lo ha reconocido en sus informes trimestrales, advirtiendo con claridad que un crecimiento por debajo del 2% simplemente limita la movilidad social y la capacidad real de reducir la pobreza. Un crecimiento superior y sostenido permitiría aplicar políticas redistributivas estratégicas por regiones y estados, generando la masa crítica de recursos necesarios. Y para lograr esa estabilidad, debemos asegurar continuidad institucional, una visión de Estado que trascienda los sexenios y una política social realmente transformadora, no populista.

Porque la pobreza no se erradica con discursos en plazas públicas, sino con resultados tangibles y duraderos.

Las zonas rurales se han rezagado consistentemente en su participación económica y social. Los estados del sur, sureste y centro (donde predominan actividades primarias) padecen una severa falta de inversión y de apoyo a los sectores agropecuario y de servicios, así como graves deficiencias en educación, capacitación y acceso al empleo. Esa brecha limita su desarrollo y perpetúa un ciclo de marginación que se hereda de generación en generación.

Sin embargo, nuestro reto, como economista y estratega, no es quedarnos en el diagnóstico; es pasar a la acción. Las cifras son una clara advertencia del tiempo que tardaríamos si no cambiamos radicalmente el rumbo. Pero la historia de México demuestra que, cuando hay visión clara, voluntad política firme y un diseño institucional coherente, los plazos se acortan significativamente.

La pregunta para las nuevas generaciones es sencilla, pero urgente, y define el futuro del país: ¿Queremos un país que se limite a repartir la pobreza, o uno que construya una prosperidad genuina?. ¿Un país que administre la pobreza mediante subsidios y paliativos sin fin, o uno que genere crecimiento, progreso y bienestar sostenible en todas y cada una de sus regiones?.

Necesitamos construir de inmediato un nuevo pacto nacional por la productividad y el empleo, articulado de manera eficiente entre la inversión pública, la privada y una política social inteligente. Un pacto con prioridades de ejecución inmediata, que impulse el empleo formal (reduciendo la informalidad que hoy abarca más de la mitad de la fuerza laboral) , que fortalezca la educación técnica pertinente, que conecte a los jóvenes con los sectores productivos de la nueva economía y que asegure una protección social universal en salud, educación y pensiones mínimas.

Erradicar la pobreza requiere transformar la estructura productiva, generar empleo formal de calidad, profesionalizar la protección social y consolidar una reforma fiscal progresiva que financie de manera adecuada la educación, la salud y la infraestructura donde más se necesita. Con un programa de esta magnitud, coherente, sostenido y basado en el crecimiento inclusivo, la formalización laboral, la inversión en capital humano e infraestructura, es posible lograr una reducción sustancial de la pobreza en las próximas décadas. La erradicación total tomará más tiempo, como ya lo vimos, pero dependerá de la coherencia institucional, la firmeza y, sobre todo, la visión de Estado para lograrlo.

México enfrenta un desafío estructural ineludible: al ritmo actual, necesitaría casi dos siglos para erradicar la pobreza. Los avances recientes son una base, pero se deben más a políticas asistenciales que a transformaciones productivas reales y profundas. Para revertir este panorama, se requiere ese nuevo pacto nacional por la productividad, el empleo y la inversión regional, que combine crecimiento económico sostenido (mínimo o superior al 3% anual), formalización laboral, educación técnica de vanguardia y una política social inteligente.

El país debe, de una vez por todas, dejar de administrar la pobreza y comenzar a construir la prosperidad que millones de mexicanos merecen y que es la única vía para garantizar un futuro justo y sostenible.

Fuente: substack.com

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