¿Xóchitl o Claudia? El vano debate por la cercanía al papa Francisco

Rodolfo Soriano-Núñez

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Lo religioso no era un tema clave para el 2024; una vez colocado por Xóchitl Gálvez y Claudia Sheinbaum habrá que ver qué consecuencias tiene.

Religión y vida pública: Más que la alegada cercanía con el papa Francisco, sería necesario que tanto Xóchitl Gálvez como Claudia Sheinbaum dijeran qué van a hacer con la seguridad pública.

Por Rodolfo Soriano-Núñez

La semana que recién concluyó pareció sacada de una novela de ficción política en la que todos los supuestos de la política mexicana, su supuesta adherencia al “Estado laico”, estallaron en mil pedazos gracias a la decisión de las dos principales candidatas a presidente de la República a trasladar el epicentro de la vida pública mexicana a Roma para dirimir allá quién de entre Xóchitl Gálvez y Claudia Sheinbaum es la candidata presidencial más cercana al papa.

Más notable en la medida que Sheinbaum no es católica, a pesar de la manera en que en repetidas ocasiones se le ha visto en los últimos años usar algunas faldas con imágenes de la Virgen de Guadalupe y más contradictorio cuando se considera que -desde hace varios años- circulan en distintas redes sociales fragmentos de vídeo en los que, en su juventud y ya como funcionaria pública, ella tomaba distancia del catolicismo mexicano.

También notable por la manera en que Tatiana Clouthier lanzó un ataque de redes sociales encaminado a probar que había una cercanía entre las posiciones de Sheinbaum y el papa Francisco que además de improbable es, en el mejor de los casos, un artificio para una campaña en un país en el que lo religioso no ha sido un tema clave en más de un siglo.

 

 

¿Qué tuvo que pasar para que la elección iniciara así?

Es difícil saberlo, pero esa es la realidad que vivimos. Y ni siquiera es que en la elección presidencial de 2018 o en alguna de las últimas cinco elecciones presidenciales la religión, la afiliación o la práctica religiosa fueran un factor determinante del resultado.

No es posible encontrar en la estadística social mexicana alguna explicación. No es que haya ocurrido en México un “faith revival”, un “renacimiento de la fe”, al estilo de los que sacudieron a Estados Unidos a finales del siglo XVIII o mediados del XIX.

Si algo ha ocurrido en México es que el número de las personas que se declaran sin religión ha crecido como nunca en la historia del país. Si, a finales del siglo XX lo que le quitaba el sueño a los obispos católicos de aquella época, como Ernesto Corripio Ahumada o Sergio Obeso Rivera era la manera en que crecían los contingentes de los que se declaraban como evangélicos o pentecostales en los censos de 1980 y 1990, en los censos de 2010 y 2020 lo que ocurre es que los católicos, lo mismo que los evangélicos y pentecostales tienen tasas raquíticas e incluso negativas de crecimiento, mientras crecen a pasos agigantados quienes se declaran sin religión.

El papa Francisco y Claudia Sheinbaum. De sus redes sociales.

Por si fuera poco, la más reciente elección presidencial, la de 2018, tuvo un resultado tan cargado a favor de Andrés Manuel López Obrador que no hay manera de suponer que ganó como lo hizo porque hubo un bloque de católicos o uno de evangélicos o pentecostales que se manifestaran de manera decidida a su favor.

Ganó porque los candidatos de los partidos Acción Nacional y Revolucionario Institucional no lograron articular una propuesta propia, además del pésimo desempeño de los gobiernos de Felipe Calderón Hinojosa y de Enrique Peña Nieto.

A pesar del mucho ruido que hizo la guardia del “Estado laico” por el papel que supuestamente tendrían las convicciones religiosas porque López Obrador aparecía en algunas fotos recibiendo la bendición de ministros evangélicos como Arturo Farela o de sacerdotes católicos como Alejandro Solalinde, no hay manera de probar que ellos o algún otro ministro de culto dispuesto a bendecirlo expliquen el resultado de aquella elección.

Ese fue el resultado de las dos investigaciones detalladas del papel de lo religioso en lo que ocurrió ese año. Al considerar las encuestas prelectorales disponibles, Elio Masferrer no encontró en Lo religioso dentro de la política: Las elecciones de México 2018, evidencia de que lo religioso hubiera sido lo determinante. No lo fue ni en el sentido de que las élites religiosas (obispos, pastores o lo que sea) dictaran por quién votar. Tampoco en el sentido de que las personas se volcaran por un candidato que se expresara como particularmente adherido a una cierta forma de práctica de la religión.

La presentación del libro Lo religioso dentro de la política: Las elecciones de México 2018

 

Alejandro Díaz Domínguez siguió un modelo distinto, pues él se valió de una encuesta post-electoral, pero tampoco encontró en el texto con el que contribuyó al libro de Alejandro Moreno El viraje electoral. Opinión pública y voto en las elecciones de 2018 en México (disponible para descarga aquí) evidencia de alguna influencia determinante de lo religioso en el resultado de la elección.

El capítulo III de ese libro, “El voto religioso: ¿un ‘mandato moral’?” elaborado a partir de una encuesta postelectoral no encontró evidencia contundente de ello.

Ambos textos reconocen algún papel de las convicciones religiosas, pero ninguno de los dos permite suponer que lo religioso haya actuado como uno de los factores determinantes de la elección de 2018.

Díaz Domínguez se pregunta, por ejemplo, en el texto coordinado por Moreno si hubo un “mandato moral” de los electores que prefirieron a López Obrador sobre los candidatos del PAN y el PRI. La respuesta es, en el mejor de los casos, esquiva.

En la página 90, Díaz Domínguez, dice algo que aparece una y otra vez a lo largo de su texto: “ni religiosidad, ni valores morales, ni las mediciones de incidencia en política tienen efecto alguno en la simpatía partidista”.

El autor matiza su afirmación, reconoce que hay casos en los que hay diferencias entre unos y otros, pero el resultado de la elección fue tal que resulta prácticamente imposible asumir que lo religioso fue determinante, como lo señala en la página 100:

“…tanto católicos como evangélicos comparten su preferencia política por Morena en la intención de voto por AMLO. Por un lado, destaca que preferir a un líder político con principios religiosos y acudir frecuentemente a servicios religiosos incrementa la probabilidad de votar por el candidato presidencial de Morena, entre toda la muestra y entre el segmento católico.

“Por su parte, entre el segmento evangélico esta relación positiva se observa entre acudir frecuentemente a servicios religiosos y simpatizar con Morena.”

Nada que permita asumir alguna ventaja de AMLO en 2018 en términos de su relación con católicos o evangélicos o en su relación respecto de estos y quienes no se veían a sí mismos como cercanos a alguna de esas variedades del cristianismo en México.

En todo caso, Díaz Domínguez advierte en la página 101 lo que sociólogos y politólogos solemos decir cuando los datos no nos permiten ir más lejos de lo dicho hasta ese punto: “requiere sin duda mayor trabajo teórico y empírico adicional”.

En el libro de Masferrer, los resultados fueron muy similares. Él encontró que lo determinante de la elección de 2018 fue la “situación de crisis social, política y económica que atraviesa el país. Los problemas centrales de la agenda nacional fueron la pobreza, la inseguridad, la corrupción y la percepción de un agudo fracaso del Estado, el sistema político y los políticos.”

No eran ni los temas de moral sexual ni algún otro favorito de las élites de la religión en México o en otros países.

No es que no hubiera intentos en ese sentido. Los autoproclamados líderes del catolicismo mexicano aglutinados en el Frente Nacional por la Familia quisieron presentar a Ricardo Anaya y a José Antonio Meade como dotados de alguna ventaja porque recibieron su aval, del mismo modo que López Obrador contó con el aval del Partido Encuentro Solidario, que integra a algunos pastores evangélicos que aprovechan la porosa legislación mexicana que no fija con claridad quién es y quién no es “ministro de culto” para lucirse tanto al servicio del altar como en las lides electorales.

Los apoyos del FNF a Anaya y Meade y el del PES a López Obrador hicieron que el tema del aborto, que en otros países puede llegar a tener algún efecto en la articulación de bloques electorales, fuera irrelevante en México. Unos y otros se decían o abiertamente en contra, en el caso de Anaya y Meade o eran lo suficientemente vagos, como en el caso de López Obrador, como para suponer que no habría algún cambio fundamental en ese asunto.

Culpar a la Corte

El cambio que finalmente ocurrió lo realizó la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Gracias a que ese órgano es frecuentemente atacado por López Obrador como un enemigo primordial de su gobierno, si hubiera quien fuera lo suficientemente ingenuo para reclamarle a López Obrador el cambio en materia de aborto, él siempre podría imputárselo al “neoliberalismo” que según se nos dice todos los días en las conferencias de prensa de Palacio Nacional, explica todo lo que han hecho los ministros de la Suprema Corte en los últimos 30 años.

Es notable que, a pesar de ese cambio, el escenario para la elección de 2024 ha quedado configurado de manera similar al 2018 pues, el tema del aborto, clave en otras realidades políticas en las que lo religioso sí es uno de los motores que explican el funcionamiento de sus sistemas políticos, acá quedó relegado.

Xóchitl Gálvez siempre tuvo sobre ese tema una posición atípica para el Partido Acción Nacional. Lejos de adherirse a la idea de que todo aborto es malo por el hecho de ser aborto, reconoce que hay realidades en las que es necesaria una intervención quirúrgica que no deje al azar una decisión de ese tipo. Tampoco se queda en la indefinición por la que optaron tanto Josefina Vázquez Mota en 2012 como el ya citado Ricardo Anaya en 2018 que matizan su postura sobre el tema diciendo que no deseaban imponer penas de cárcel a quienes tuvieran que pasar por una situación así.

Esa posición atípica para el panismo fue lo que la convirtió en blanco de los fundamentalistas religiosos que todavía hace unos meses le apostaban a que Eduardo Verástegui fuera su candidato a la presidencia de la República.

 

 

Fue notable -sin embargo- que cuando Verástegui tendría que haber demostrado su capacidad para movilizar a los grupos que—según él—representa, durante el verano de 2023, ese apoyo nunca se manifestó en el proceso de recolección de firmas.

Lejos de ello, lo que se observó es que si existía un bloque católico ese bloque prefería no definirse en función del tema del aborto y prefería apostarle a Xóchitl Gálvez como su carta de cara a la elección.

Lejos de que hubiera evidencia de algún apetito por un candidato que apostara todo a uno de los temas favoritos de la derecha católica a escala global, en México pocos prestaron atención a Verástegui, que ni siquiera aprovechó la laxitud del INE cuando los equipos más fervorosamente “provida” de la extrema derecha católica en México usaron las peregrinaciones a la Basílica de Guadalupe de diciembre de 2023 como espacio para pedir la firma que hiciera a Verástegui su candidato a la presidencia.

Al más puro estilo de la política mexicana, Verástegui no aceptó que hubiera sido su flojera, su irresponsabilidad o la antipatía que provoca a muchos católicos mexicanos su actitud. Culpó a la autoridad electoral, se dijo incluso capaz de entender el enojo de López Obrador con el Instituto Nacional Electoral (otro cliente frecuente de las conferencias matutinas de Palacio Nacional).

La empatía del actor de telenovelas que quiso ser candidato a la presidencia con el actual presidente era más paradójica cuando se considera que la manera en que Verástegui lo descalifica por su supuesta adherencia a todas las cosas que -según Verástegui- se deben oponer los católicos.

La posición que dice defender ahora en sus cuentas de redes sociales es la de que quien desee apoyarlo debe inscribir su nombre en la boleta electoral que el INE entregará a cada ciudadano que desee participar en la elección de 2024. Aunque esa posibilidad existe en la legislación mexicana, no hay registro de nadie que haya estado cerca de hacer carrera política en México de esa manera.

Sin apetito

Que así sea demuestra, en todo caso, que no hay algún apetito por alguna expresión de lo religioso en el ámbito de la política.

En ese sentido, las condiciones que son más comunes a las elecciones mexicanas, la de que lo religioso no es uno de los clivajes o temas fundamentales de esos procesos, se confirma.

Sin embargo, ello hace más difícil entender la desesperación con la que las cuentas de redes sociales de Claudia Sheinbaum y de Tatiana Clouthier trataron de presentarla como cercana al papa Francisco quien en este asunto demostró que no tiene interés en tener alguna favorita en la elección mexicana como tampoco ha tenido algún favorito en las últimas tres elecciones presidenciales en su natal Argentina, país al que incluso ha hecho todo lo posible para no volver pues sabe de la manera en que tratarán de usar su imagen los políticos de su país.

Uno podría suponer que, si efectivamente hubiera alguna cercanía de Sheinbaum con el papa, difícil de creer en el plano de la teología o de la filosofía política, esa cercanía podría haberse manifestado en el ejercicio de sus funciones como delegada o como jefe de gobierno de la Ciudad de México, pero no hay registro de ello.

Lo que es un hecho es que hay un intento por hacer de lo religioso, de esta peculiar comprensión de lo religioso, uno de los temas de la campaña presidencial.

No logro imaginar qué tan lejos tratarán de llevar la impostura guadalupana Sheinbaum y Clouthier, pero es de suponerse que cualquier cosa que hagan ellas la puede duplicar o triplicar una católica de cuna y practicante como es Gálvez. Si Sheinbaum hace llegar -como amenazó que hará por medio de la corresponsal de Televisa en Roma- una flor de orfebrería bendecida por el papa Francisco, ¿qué le impediría a Gálvez hacer llegar, por ejemplo, una nueva corona para la virgen hecha no por un orfebre argentino, sino por los atribulados orfebres mexicanos de Taxco, Guerrero, que también fuera bendecida por el papa Francisco.

Más allá de averiguar qué tan lejos podrían llevar esta puja, debe quedar claro que es un juego estéril por definición. Ninguno de los problemas fundamentales del país se va a resolver ni con flores de orfebrería argentina, anunciadas por la corresponsal de Televisa en Roma, ni con coronas de orfebrería mexicana a Nuestra Señora de Guadalupe.

Este juego perverso es uno que todos los candidatos pueden jugar. Pensar que Morena podría tener alguna ventaja es de una ingenuidad difícil de creer. Habrá que ver, además, qué posición adoptarán el INE y el Tribunal Electoral del Poder Judicial Federal respecto de este juego. ¿Qué tan lejos dejarán que lleven este juego antes de reconozcan que hay una violación del “Estado laico”?

Lamentablemente, dado el comportamiento del presidente de la República durante sus conferencias de prensa matutinas, no es posible descartar que el juego responda al interés del presidente para deslegitimar una vez más al INE y al Tribunal, acusándolos de intolerancia.

Creo, sin embargo, que es necesario ver el empeño de la candidata de Morena por hacer de lo religioso un asunto fundamental de la campaña de 2024 en la lógica más amplia de los ataques que, desde 2023 lanza López Obrador contra uno de los sectores de la Iglesia Católica que, paradójicamente, fue más cercano a sus campañas, acaso con la excepción de Alejandro Solalinde: el Centro Miguel Agustín Pro, a veces conocido como Centro Pro o Centro ProDH.

Lo que es posible advertir es que, en los últimos seis meses, al menos, el Pro se ha convertido en uno de los “clientes frecuentes” de las conferencias de prensa de López Obrador por su indisposición a validar lo que es el carpetazo que el presidente trata de dar al caso Ayotzinapa.

 

 

No me es posible acometer el análisis de ese caso. Baste señalar que López Obrador ha hecho todo lo posible por lavar la cara del Ejército, incluso a pesar de que—como él mismo lo repite hasta el cansancio—está dispuesto a abrir a quién él designe los archivos de la Secretaría de la Defensa Nacional por un plazo que, al menos hasta la última ocasión en que habló del asunto, no sería mayor a tres meses.

Esa actitud de López Obrador ha ido de la mano de su decisión de forzar la salida y linchar públicamente a Karla Quintana, quien fue la responsable de lo que AMLO presentó como una prioridad de su gobierno, pero que ha dejado de serlo: aclarar qué ha sucedido con los miles de seres humanos desaparecidos en los últimos 50 años.

 

 

Los gobiernos del PRI y del PAN, con los que López Obrador siempre se compara de manera favorable, nunca entendieron qué tan grave fue actuar como lo hicieron en ese asunto y, al hacerlo, han contribuido—acaso de manera involuntaria—al manoseo que vemos ahora cada que se aborda el tema de los desaparecidos, que además se confunde con el trato, del todo similar dado por el gobierno de López Obrador al problema de la violencia criminal.

La mayor genialidad de López Obrador ha sido, en este sentido, su capacidad para presentarse como diametralmente distinto de los gobiernos de Felipe Calderón y Enrique Peña cuando, en realidad, los tres y muchos previos, por lo menos desde tiempos de Ernesto Zedillo, le han apostado de manera activa a la militarización de la vida pública como respuesta al problema de la seguridad pública, sin que se resuelva en realidad este asunto. 

De nueva cuenta, no me es posible ir al fondo de ese otro asunto. Lo que me interesa, en cambio, es esclarecer por qué el súbito interés ya no sólo de López Obrador de aparecer como cercano al papa Francisco, algo que es un tema frecuente de las actividades que el gobierno de México presenta como conferencias de prensa matutinas, aunque en estricto sentido no lo sean.

No creo que en México exista un riesgo de una regresión a un conflicto entre el Estado y la Iglesia Católica como el que se vive en la actualidad en Nicaragua, donde al más puro estilo de la familia imperial Borbón, Daniel Ortega ha decidido suprimir a la Compañía de Jesús, pero tampoco creo que tenga sentido minimizar los conflictos entre López Obrador, Sheinbaum y Morena, por una parte, y la Compañía de Jesús, por la otra.

 

 

La manera en que esa posibilidad está presente se evidenció en la reacción del todo desproporcionada de Sheinbaum y su equipo de campaña a la participación de Rossana Reguillo, Signa Lab y el Instituto Tecnológico Superior de Occidente, la universidad jesuita de Guadalajara, en la preparación de los debates presidenciales de este año.

Si algo han demostrado los debates en México es que no sirven para absolutamente nada. Vicente Fox cometió errores garrafales para lo que era el consenso de lo que se debía hacer en un debate a finales del siglo XX, cuando llamó "La vestida" a su adversario Francisco Labastida y, sin embargo ganó. López Obrador cometió a lo largo de tres campañas errores en los debates de 2006 y 2012 y, a pesar de ello, ganó en 2018. Enrique Peña Nieto no demostró ser superior al ya citado López Obrador o a Josefina Vázquez Mota en 2012 y, sin embargo, ganó ese año. ¿A qué le teme el "cuarto de guerra" de Sheinbaum?

Victimizarse porque una persona que ha tomado una posición crítica ante el actual gobierno pudiera tener alguna participación en el diseño de las preguntas que se le harán a Sheinbaum o a algún otro candidato a algún cargo de elección popular en este año, sólo evidencia la disposición de Morena a victimizarse, a no dialogar y, de manera más general, a rechazar cualquier tipo de critica que se pudiera hacer de su desempeño como gobierno.

Ahí están también como evidencia de ello todos los ataques que López Obrador lanza contra cualquiera que se atreva a criticarlo. Más recientemente fue el caso con Tim Golden, por el texto en que se cuestionan los nexos del equipo de campaña de AMLO en 2006 con los hermanos Beltrán Leyva.

 

 

Es en esa lógica en la que creo que la actitud de la campaña de Claudia Sheinbaum de hacer de lo religioso un tema de campaña es una más de las trampas del actual gobierno.

No sólo lo religioso no era un tema relevante para la elección de 2024. Quizás lo sea de aquí en adelante, habrá que ver qué resulta tanto de los viajes de las candidatas a Roma como, sobre todo, del desesperado intento de Sheinbaum de presentarse más cercana al papa Francisco de lo que Xóchitl Gálvez, que es una católica de cuna y practicante, ha tratado de presentarse en cualquiera de las campañas en las que ha participado como candidata.

Es muy difícil anticipar qué ocurrirá. ¿Todo quedará en el viaje de las dos candidatas que Roma hizo todo lo posible por equilibrar de modo que no hubiera sombra de favoritismo del papa Francisco?

Es inevitable recordar que los intentos de usar lo religioso en el ámbito de la política no son exclusivos o únicos de gobiernos como los de Francisco Franco en España, de César Augusto Pinochet en Chile o de los republicanos en Estados Unidos.

 

 

El espejo nicaragüense

En esta serie Religión y vida pública he dado cuenta al menos en dos ocasiones de la manera en que el gobierno de Daniel Ortega tuvo en el cardenal Manuel Obando y Bravo a uno de sus más importantes respaldos. Sin él, sin su participación, sería imposible imaginar la situación que vive la Iglesia Católica nicaragüense hoy mismo, incluida la supresión de los jesuitas que, no en balde, eran críticos tanto de Ortega como del cardenal Obando.

Un afiche de 2011 con la imagen del cardenal Miguel Obando, Daniel Ortega y la vicepresidente Rosario Murillo.

Que lo religioso no tendría por qué haber sido relevante para la elección mexicana de 2024 no es algo que sea, por cierto, un capricho mío. Forma parte de las explicaciones que la sociología de la religión ofrece de los efectos del pluralismo religioso.

No puedo reproducir toda la argumentación que hizo a finales de los sesenta del siglo pasado Andrew Greeley, que fuera profesor de sociología de la Universidad de Chicago, pero resumido, su argumento es que “si—en cualquier país—las convicciones de uno también le dan una definición social y una autodefinición en relación con otros, entonces es más probable la creencia sea más elaborada y el compromiso organizacional que surge más vigoroso.

“Por ello, en sociedades plurales en términos religiosos, las tasas de ortodoxia, las de membresía a las iglesias y las de asistencia a servicios religiosos, son mayores de las de sociedades en que existe una religión única oficial o extraoficial, o en las que la identificación entre clase social y religión hace que pertenecer a una clase sea en un medio alterno para que las personas se definan a sí mismas”.

Greeley lo explicaba a partir de las diferencias entre Estados Unidos, Canadá, Irlanda y Alemania, sociedades que en los sesenta eran vistas como “denominacionales”, en el sentido de que ahí existían diferencias en términos de la denominación del cristianismo (catolicismo, luteranismo, calvinismo, anglicanismo, etc.) a la que pertenecían sus pueblos, en oposición a lo que se observaba entonces en España, Francia, Inglaterra y los países escandinavos.

Decía Greeley que “el grado de la ortodoxia y de la participación en actividades religiosas es, hasta cierto punto, determinado no por qué tan científico o industrializado sea un país, sino por las experiencias sociales e históricas que ha tenido, así como, de manera particular, por qué tan plural es en términos religiosos o no. La paradoja es poderosa. El pluralismo religioso, tan temido por los ardientes defensores de la ortodoxia, es su mejor garantía”.

Y, de hecho, llevaba el argumento un paso más lejos, al decir que “es precisamente en sociedades donde, dado el mayor grado de pluralismo religioso, hay una mayor ortodoxia explícita y mayor participación organizacional, donde los grupos religiosos tienen mayores probabilidades de producir una elaborada estructura institucional, incluyendo no solo las escuelas y los hospitales, sino también casas editoriales, universidades, revistas, periódicos y burocracia” (Andrew Greeley (1969) Religion in the year 2000... Nueva York, Sheed and Ward, pp. 96-97).

En México, no había razón para esperar que en 2024 lo religioso tuviera que ocupar una posición preminente en la elección. Si termina por ser así, ojalá que quienes ahora se dicen cercanos al papa Francisco se hagan responsables de sus actos.

México, como toda América Latina, está mucho más cerca de España en términos de la realidad sociorreligiosa que de Estados Unidos o Canadá como las describía Greeley. Inducir como hicieron Ortega y Obando cambios en esos patrones por ganancias políticas o religiosas de corto plazo puede tener efectos desastrosos, como lo demuestra el caso nicaragüense.

Habrá que ver si los obispos mexicanos entienden el riesgo o si, desesperados por reiniciar la lógica del “macroinflujo” se apresuran a ofrecer algo a cambio de lo que es un intento más bien desesperado de la candidata de Morena de hacerse de un vínculo que no le era propio, pero que tampoco necesitaba. El secuestro de Nuestra Señora de Guadalupe a manos de la extrema derecha del catolicismo estadunidense, del que se dio cuenta en una entrega previa de esta serie, podría ser un proceso más complejo del que se describió en aquel texto.