
Rodolfo Soriano-Núñez Lunes, 07 de Julio del 2025
Incluso en temas como la atracción entre personas del mismo sexo en los seminarios, Benedicto XVI nunca fue más allá de las palabras.
Este sábado, León XIV nombró al arzobispo francés Verny como nuevo presidente de Tutela Minorum. ¿El nombramiento permitirá superar fallas en el trato dado por Benedicto XVI y Francisco a la crisis?
Por Rodolfo Soriano-Núñez
Al final de su viaje de 2018 a América del Sur, el papa Francisco atribuyó a Benedicto XVI, el desarrollo de “tolerancia cero” para abordar la crisis de abuso sexual de clérigos. Dijo, mientras volaba de Lima a Roma:
«Ustedes saben que empezó el papa Benedicto con tolerancia cero, yo seguí con tolerancia cero, y después de casi cinco años de pontificado no he firmado un pedido de gracia».
Y podría ser, pero dos casos recientes de Argentina prueban qué tan frágiles son en realidad esas ideas. Ambos son similares al del exjesuita chileno Felipe Berríos dado que la “solución” es resultado de la prescripción de los delitos.
Uno ha sido un escándalo de varias décadas. Involucra a uno de los campeones de la justicia social en Argentina, el cardenal Estanislao Karlic, mentor de Justo José Ilarraz, profesor del seminario cuando Karlic era arzobispo en Paraná.
El Tribunal Superior de Entre Ríos declaró a Ilarraz culpable de abusar de al menos siete seminaristas a su cargo en los ochenta. La Corte Suprema de Argentina decidió la “extinción” de la causa el 1 de julio y, en última instancia, dejó libre a Ilarraz por el resto de su vida. El fallo está disponible aquí como PDF.
El otro, menos conocido pero parecido ocurrió cuando una juez en la provincia de Buenos Aires decidió seguir, tres días después, el fallo de la Corte Suprema y declaró “extintas” las acusaciones de abuso contra Raúl Anatol Sidders.
Las noticias de Argentina nublaron, por cierto, la información dada a conocer apenas este sábado 5 de julio acerca del nombramiento hecho por León XIV del arzobispo francés Thibault Verny como nuevo presidente de la llamada Tutela Minorum, la comisión encargada de prevenir el abuso sexual a escala global en la Iglesia Católica.
Es claro que luego de la conferencia de obispos de Estados Unidos, los únicos obispos que se han tomado en serio la crisis de abusos son los de Francia que, no en balde, encargaron el Reporte Sauvé, el más completo de su tipo hasta ahora. La próxima semana se abordarán con más detalle los posibles efectos de este nombramiento.
En lo que hace a Benedicto XVI es necesario apuntar que, incluso si uno creyera lo dicho por Francisco acerca de negar pedidos “de gracia”, el hecho es que hay otros medios para que los depredadores eludan la cárcel o alguna otra consecuencia real, por sus abusos, como demuestran los casos de Berríos, Ilarraz y Sidders.
Durante su viaje en 2018 por América del Sur, Francisco acreditó a Seán O’Malley por su renovada comprensión del asunto, pero el problema continúa. La Iglesia Católica en general encuentra difícil asimilar, menos asumir la defensa de las víctimas quienes, en los casos de Ilarraz y Sidders eran menores. Varones con Ilarraz y al menos una mujer con Sidders, activos en sus comunidades y colegios católicos. Todos esos casos ocurrieron durante el pontificado de Juan Pablo II y la prefectura de Joseph Ratzinger en la Doctrina de la Fe, a finales del siglo XX.
Brecha argentina
Hay una brecha más evidente ahora, luego de los fallos en Argentina, entre el elogio de la intervención de O’Malley y la conducta institucional de la Iglesia Católica, pues sus palabras en el vuelo de regreso a Roma enfatizaban la idea de una suerte de conversión que no acaba de ocurrir:
«Yo vi la declaración del cardenal O’Malley, dijo también: “El papa siempre ha defendido [a las víctimas]…, el papa tiene tolerancia cero».
Lo dicho por O’Malley se puede resumir en uno de los párrafos de esa declaración.
- «He acompañado al Santo Padre en muchos de sus encuentros con las víctimas y he podido constatar su dolor en el tomar consciencia de la profundidad y de la amplitud de las heridas causadas a quien había sufrido abusos, y en el constatar que el proceso de curación puede necesitar una vida entera. Las afirmaciones del Papa son que no hay lugar en la Iglesia para quien abusa de los niños y que tenemos que adoptar la ‘tolerancia cero’, porque estos crímenes son reales y su compromiso es combatirlos».
Ni Francisco ni uno de sus más cercanos hablaban de “enfoque”, “marco”, “política” o cualquier otro término específico para delimitar la “tolerancia cero”.
A nadie sorprende el tratamiento dado por los medios: la Iglesia Católica, una institución que se jacta de su disciplina y uniformidad, evidenciaba la profundidad de sus diferencias internas.
Mientras los medios civiles interpretaron lo dicho por O’Malley como una “crítica”, Boston Herald, (abre contenido en inglés), o una “refutación” como hizo la alemana Deutsche Welle (abre contenido en inglés), Vatican News presentó las mismas palabras como una “afirmación” del compromiso papal con los sobrevivientes del abuso sexual del clero.
De la selva a la ciudad
Esta vaguedad merece un examen más detallado dados los nuevos casos. Va de Coari, una diócesis mayormente rural, en medio de la selva amazónica, como muestra el caso de Paulo Araújo, considerado en el texto enlazado antes. Y ocurre en diócesis u órdenes como la Legión de Cristo en el urbano y relativamente opulento norte de Madrid, como narra el texto vinculado a continuación.
La Legión, como otras entidades que se adhieren a los criterios de la consultora estadunidense Praesidium, sigue enfoques de tolerancia cero y procesos de acreditación que, al menos en teoría, deberían garantizar que el abuso no ocurra.
¿Cómo es que el abuso sexual de clérigos y los escándalos asociados a él ocurren aún con esas acreditaciones y la referencia constante a la tolerancia cero?
Para rastrear las referencias de la Iglesia Católica a tolerancia cero, hay varias fechas: casi 20 años si se atribuye a Benedicto el inicio de esta idea dispersa de “tolerancia cero”, notable por su “castigo” a Marcial Maciel. Doce si se ve la “tolerancia cero” en la decisión de Francisco de crear Tutela Minorum. Siete si se toma la célebre conferencia de prensa en el vuelo de Lima a Roma como el momento de la apropiación pontificia del término.
Francisco elevó el aporte de Ratzinger a algo que una evaluación de política pública no justifica. Lejos de criticar a su predecesor, aceptó su papel como el primer papa electo para convivir con un emérito. A pesar de lo dicho por la extrema derecha en el sentido de que fue desleal o herético, buscó cimentar el legado de sus predecesores más allá del abuso sexual.
Sólo eso explica que Francisco arriesgó la respuesta furiosa de los católicos liberales atormentados por la canonización de Juan Pablo II en 2014. Fue una realidad difícil de aceptar para quien conociera el papel de Karol Wojtyla, de Marcial Maciel o Theodore McCarrick. Sin olvidar su protección a encubridores como los cardenales Bernard Law y Angelo Sodano, su secretario de Estado, cuyos “méritos” incluyen su apoyo a depredadores como McCarrick, Maciel, Carlos Miguel Buela de Argentina y Fernando Karadima en Chile.
Y la contribución de Benedicto XVI fue una mezcla de declaraciones, la fábula del abominable depredador solitario y, sobre todo, un desarrollo débil incluso de sus propias ideas sobre cómo abordar la crisis.
Agenda papal
Francisco tenía una agenda de cambio. Creó Tutela Minorum en 2014, una entidad separada de la curia romana, encabezada por el cardenal O’Malley, el “bombero” de Boston, una arquidiócesis plagada con una de las peores crisis de abuso sexual. Originalmente fue el producto de una sugerencia de 2013 del Consejo de Cardenales, una entidad creada inmediatamente después de la elección de Francisco.
Pero hay evidencia de otras prioridades para el antiguo arzobispo de Buenos Aires. Una, profundizar el vínculo entre teología y ecología, como prueba Laudato Sì, su encíclica de mayo de 2015 e iniciativas asociadas a ella.
Otra fue su interés en reformar las anulaciones de matrimonio, lo que llevó a la primera reforma significativa del Código de Derecho Canónico ese año.
A pesar del deseo de Francisco de atender otros temas, los escándalos, los viejos y los nuevos, y la capacidad de sobrevivientes en los mundos de habla inglesa y alemana para mantener la presión y lograr consecuencias reales en materia canónica, fueron clave para forzar a Francisco a reevaluar sus prioridades.
Además de los juicios en los Estados Unidos, fue notable la riqueza de la información que surgió de las audiencias en la Real Comisión de Australia que dio cuenta de las respuestas institucionales al abuso sexual infantil (abre sitio en inglés).
Creada un mes antes de la elección de Francisco, la entidad australiana ofreció una evaluación coherente de la escala y el alcance del abuso sexual en la Iglesia Católica, y en otros entornos, religiosos o no en ese país.
Aunque el informe final de la Comisión apareció en diciembre de 2017, el compromiso del gobierno australiano de mantener el archivo de las audiencias e informes de casos ha probado ser muy útil para todo el mundo. Los hallazgos de la comisión facilitaron una mejor comprensión del abuso y presionó a la Iglesia Católica y otras para priorizar la crisis.
Además, las semejanzas de los casos australianos con los de Estados Unidos, Canadá, México o Chile subrayaron la naturaleza sistémica de la crisis. Probó, ante todo, que no son incidentes aislados. El texto vinculado después de este párrafo ilustra aún más esta escala con siete casos, uno de Australia.
Tristemente, no todos los esfuerzos fueron tan exitosos como el de Australia. Casi al mismo tiempo que nacía la Real Comisión, en Alemania, el 9 de enero de 2013, se informó del final abrupto de lo que, de lo contrario, habría sido un informe clave sobre el país donde Ratzinger nació, como narra este texto de la BBC.
A pesar del fracaso alemán, los sobrevivientes de ese país han mantenido la presión y han tenido una medida de éxito en algunas áreas, e incluso algunos fragmentos de ese informe fallido se han conocido desde 2018.
Odisea chilena
Francisco estaba lejos de apresurarse para cambiar las formas en que su iglesia lidia con el abuso. Cuando llevó a Juan de la Cruz Barros Madrid de la diócesis militar chilena a Osorno, apoyaba indirectamente el nombramiento que Juan Pablo II había hecho de Barros como auxiliar de Santiago de Chile, en 1995.
De ahí, Juan Pablo II, lo envió a Iquique en 2000. Su período allí fue breve, ya que recibió una especie de promoción a la diócesis militar, entonces una posición de prestigio en Chile.
Permaneció allí durante once años, hasta que Francisco decidió trasladarlo a Osorno. Aunque no le elevó a arzobispo ir a Osorno, una diócesis 800 km al sur de Santiago, le permitía seguir a Barros su carrera.
Más aún, pues Francisco hizo el cambio en 2015, a pesar de las abundantes acusaciones contra el mentor de Barros, Fernando Karadima, y los rumores sobre su propio papel, primero como cómplice y luego como protector de Karadima.
En aquel entonces, Roma ya había “castigado” a Karadima aunque sus superiores en el arzobispado de Santiago no estaban dispuestos a hacer cumplir el “castigo”, como explicó la entrega inmediata anterior de esta serie.
Al considerar a Karadima, es claro que no hubo una aplicación significativa de lo que era un castigo simbólico y, por ello, es imposible hablar de una política de tolerancia claramente descrita, aplicada y obligada a cumplir, como Francisco trató de presentar el aporte de su predecesor en esa materia durante el viaje de regreso a Roma.
Benedicto XVI parecía estar feliz con la narrativa del depredador solitario presentada originalmente por Charles Scicluna, el arzobispo maltés y funcionario en el dicasterio para la Doctrina de la Fe, a cargo de la investigación original de Maciel. Es posible decirlo, ya que no existe un registro real de algún intento de fijar consecuencias claras por incumplimiento de sus propias reformas.
El depredador solitario y el supervisor “ciego”
Fue entonces, con Maciel, que Scicluna escribió su propia novela gótica: Maciel como abominable depredador solitario, capaz de abusar de decenas de víctimas, sin que la siempre vigilante jerarquía católica se haya dado cuenta. Como nota al margen, la etimología de “obispo” en griego es episkopos: supervisor.
Scicluna iría por la secuela de esa novela en su primera investigación sobre Karadima. Casi se plagió su propia “explicación” acerca de la capacidad de Maciel para engañar a docenas de “supervisores”. Era un personaje capaz de rivalizar con Drácula o con un nahual Mesoamericano por su habilidad para esconderse.
Scicluna iría por la secuela en su primera investigación de Karadima, casi plagio de la “explicación” sobre la capacidad sobrehumana de Maciel para engañar a docenas de “supervisores” católicos. Un personaje capaz de rivalizar con Drácula o con un nagual mesoamericano, capaz de desparecer a voluntad.
Ni Benedicto XVI ni alguno de los prohombres de su curia vieron necesario ir más allá de esa leyenda o fábula. Nadie estaba dispuesto a reconocer que, detrás de personajes como Maciel o Karadima, al menos en la primera investigación de Scicluna, había una vasta red de supervisores dispuestos a voltear la vista.
Y no era sólo el arzobispo maltés. En abril de 2010, cuando la conferencia chilena de obispos generalmente tiene una reunión, Tarsicio Bertone secretario de Estado y exsecretario del propio Ratzinger (1995-2002) en la Doctrina de la Fe fue a Santiago.
Oficialmente, acudía a las celebraciones de Nuestra Señora del Carmen. Pero, mientras estaba allí, durante una conferencia de prensa repitió la retahíla habitual de insinuaciones homofóbicas sobre la causa “real” de la crisis de abuso sexual allí y en otros lugares.
Los comentarios de Bertone en una conferencia de prensa se convirtieron en noticia internacional, lo que provocó la condena incluso del gobierno francés, como lo dice este texto de la época de Biobiochile.
La deferencia de Francisco hacia su predecesor cuando cayó “camino a Damasco” era un intento para construir un acorazado con cartón. Un gesto digno, pero uno que la extrema derecha católica nunca ha reconocido, pues prefieren aferrarse a la narrativa autocomplaciente del “rottweiler de Dios”.
Sería un poco después ese año, en mayo, cuando Francisco llamó a todos los obispos chilenos a Roma y les pidió su renuncia. Al hacerlo, evidenciaba el tipo de problemas sistémicos que ocurrían ahí y en muchos otros países. De otro modo, ¿por qué haría algo así? Era una prueba tangible de los límites del manejo de una crisis sistémica por Juan Pablo II y Benedicto XVI.
Al menos tantos como los que permitieron el surgimiento de notables depredadores como Maciel en México o Buela en Argentina, uno de los cómplices de Theodore McCarrick, como prueba el texto enlazado después de este párrafo.
Sólo la movilización, el rechazo vigoroso de Barros en Osorno y otras ciudades chilenas, junto con las calles y lugares vacíos durante el viaje de Francisco allí, además de la improvisada entrevista de Francisco a la televisión argentina sobre Barros le hicieron insostenible como obispo. Ello forzó un cambio, más bien limitado, en el discurso sobre la crisis de abusos sexuales en Chile y otros países.
Limbo
Francisco aceptó la renuncia de Barros, y él permanece en una suerte de limbo hasta ahora. Hasta donde se sabe, ni Francisco ni la Doctrina de la Fe fijaron alguna sanción real sobre Barros. En 2018 se convirtió en emérito a los 61 años, una suerte de “mini castigo”, que queda muy lejos de una política pública guiada por la tolerancia cero en materia de abuso sexual.
Como en muchos otros casos, su renuncia sigue siendo parte del juego tóxico de adivinanzas que la Iglesia Católica impone sobre sus propios fieles cada vez que un obispo renuncia a su posición antes de alcanzar los 75 años.
Más en la medida que, aunque luminosa, la caída camino de Damasco de Francisco, es necesario aceptar que, antes se había aferrado a la defensa de Barros, y más aún, a la defensa de un modelo de gestión del abuso sexual.
Bergoglio cambió de tono, discurso y actitud hacia la crisis del abuso sexual del clero. Para dar con casos de un papa que retracte la nominación de un obispo por presión popular, uno tendría que cavar en la historia de la Edad Media.
Y lo mismo es cierto sobre la decisión de Francisco de aceptar, públicamente, durante una conferencia de prensa, que se equivocó. Basta recordar las cuidadas conferencias de prensa de Benedicto XVI, con el jesuita Federico Lombardi escogiendo cuidadosamente las preguntas por escrito que le leería a su jefe.
A pesar del arrojo y capacidad comunicativa de Bergoglio, persiste una brecha entre los objetivos implícitos muy ambiciosos de los líderes de la Iglesia Católica que hablan de tolerancia cero y la dura realidad que viven los sobrevivientes.
Tutela sigue siendo, en ese sentido, una feliz idea, una promesa, pero nada más, en la medida que no hay un efectivo cumplimiento de la petición original del papa Francisco de crear al menos una comisión para prevenir el abuso sexual en cada diócesis. Algunos optaron por una comisión nacional, para ahorrar recursos, pero países como México, menos de la mitad de las diócesis cumplieron.
A pesar de ese hecho, detallado en el texto enlazado arriba de este párrafo, cuando los prelados mexicanos entregaron en 2024 su reporte a Tutela hablan de haber cumplido por completo como detalla el texto luego de este párrafo.
Ahí es posible ver cómo, además de que sólo menos de la mitad del número total de diócesis publicaron prueba de algún tipo de cumplimiento hay un rango muy diverso de maneras de cumplir.
La diócesis que destaca es la de Saltillo, la capital de Coahuila, cuyo obispo se hizo responsable ante la autoridad civil, pues uno de los integrantes de su comisión es un representante de la oficina del fiscal general de justicia de ese estado. Otros, como en el caso del puerto de Veracruz, simplemente nombran a sacerdotes de la misma diócesis para cumplir con la formalidad.
En ese sentido, no está claro qué provocó la decisión de O'Malley de reunirse con Francisco en Perú y hacerlo consciente de lo peligroso que era volver a la antigua estrategia de pedir evidencia del papel de Barros en el abuso de Karadima. Pero sería necesario que cada obispo en América Latina se viera a sí mismo en el espejo de Francisco aceptando su error y reconociendo la necesidad de cambiar.
Clérigos duelistas
Para comprender lo que ocurre en México, Argentina o Chile y la evolución misma de Tutela Minorum sería necesario profundizar en la cultura corporativa de las entidades de la Iglesia Católica.
Dado que no es posible hacerlo aquí, baste decir, sobre Tutela que Marie Collins, una sobreviviente irlandesa del abuso sexual y una integrante original de la comisión, renunció en 2017. Lamentó la falta de voluntad de la curia para reconocer las necesidades de Tutela y facilitar su operación y objetivos.
La señora Collins siguió siendo una crítica de la manera en que Francisco comprendía el rol de Tutela incluso después de las reformas de 2019-22. Mientras Francisco, O’Malley y la curia celebraron su integración en el Dicasterio para la Doctrina de la Fe, sobrevivientes como Collins (abre contenido en inglés) lo lamentaron.
Su percepción era que, al hacerlo, Tutela perdió su identidad original como una entidad ad hoc bajo la autoridad directa del propio papa. Tutela tiene un cierto grado de autonomía, ya que ahora tiene sus propias oficinas, funcionarios, estatutos y algo de dinero para trabajar. Eso sólo fue posible luego de un escándalo financiero que tuvo su chivo expiatorio en el antiguo secretario de la Comisión, el sacerdote oblato Andrew Small.
Small resolvió una apremiante necesidad financiera que la burocracia vaticana desdeñó. Usó fondos tomados de obras de caridad de la Iglesia Católica. Ello le llevó a él y a otro exmiembro de la comisión, el jesuita Hans Zollner, a una suerte de duelo. No fue con armas en los bosques a las afueras de Roma; fue con filtraciones a medios, civiles y católicos, en el mundo de habla inglesa.
Queda claro que Francisco encontró la manera de financiar a Tutela. Sin embargo, al mismo tiempo, hizo más evidente que no había apoyo para lo que el papa argentino trataba de lograr. Ello es peor cuando se considera que aumentó las facultades de Tutela y pidió a las conferencias de obispos del mundo crear comisiones similares en cada diócesis. Un listado con los anteriores y actuales integrantes de la comisión está disponible aquí.
La respuesta a la petición de Francisco prueba qué tan lejos está la Iglesia Católica de una política de tolerancia cero y cómo es un lema de campaña.
El patrón de cumplimiento a medias no es exclusivo de México, el tercer país con mayor número de católicos en todo el mundo. Un patrón similar emerge en toda América Latina, como se prueba en el texto enlazado después de este párrafo.
Incluso si el momento de Damasco de Francisco es relevante porque aceptó su error, una real rareza en una institución cuyo líder afirma ser infalible, es difícil pensar que su llamado a adoptar la tolerancia cero sea algo más que una moda.
Es un dispositivo retórico útil cuando los obispos buscan una salida del campo minado que son ahora sus interacciones con los medios, pero nada más que una expresión de interés para lograr, en una fecha desconocida, una meta alejada.
El rottweiler de Dios
¿Hay evidencia para apoyar la afirmación de Francisco sobre Ratzinger como el precursor de la tolerancia cero en la Iglesia Católica?
Antes de su pontificado, Joseph Ratzinger como prefecto de la Doctrina de la Fe y responsable de manejar el abuso en Roma, se ganó el elogio de líderes del catolicismo conservador de habla inglesa, como George Weigel.
Ya en 2005, Weigel, el biógrafo de Juan Pablo II, comparaba al cardenal alemán con una raza de perros feroz e incansable como apunta este texto en Newsweek (abre contenido en inglés). Otros medios emularon a Weigel, como este texto de BBC (abre contenido en inglés).
La etiqueta de Ratzinger como el “rottweiler de Dios” llegó a ser una especie de insignia durante sus 24 años como prefecto de la Doctrina de la Fe. Allí, publicó una carta con el título De delictis gravioribus, similar a “Los peores delitos”, disponible aquí.
La reforma real, sin embargo, viene del decreto de Juan Pablo II llamado en el derecho canónico un motu proprio, su título en latín, Sacramentorum sanctitatis tutela, similar a La protección de la santidad de los sacramentos. Wojtyla promulgó este documento, unos días antes, el 30 de abril de 2001.
Nueve años después, ya como Benedicto XVI, Ratzinger publicó una carta a la Iglesia Católica en Irlanda que trata explícitamente de abuso; y unos días después, un documento con un título similar en latín a su carta como prefecto de la congregación para la Doctrina de la Fe, Normae de Gravioribus delictae, similar a Reglas o Normas que se ocupan de los peores delitos.
Entre esas fechas, Benedicto XVI publicó un documento que había preparado para la firma de Juan Pablo II. El objetivo era crear un marco de criterios para la formación en seminarios católicos. No es un documento que aborde la crisis de abuso, pero refleja el consenso existente entonces en la curia romana.
Chivos expiatorios
La suposición subyacente del documento de 2005, disponible aquí, es que los clérigos “afectados” por la atracción a personas del mismo sexo son los responsables de los abusos.
El remedio propuesto es simplista: eliminar a los candidatos gay al sacerdocio. La debilidad se prueba porque los obispos eludieron la regulación. Resultaba impráctico rechazar candidatos al sacerdocio o la vida religiosa por su orientación sexual. De manera informal, reconocieron que reduce a la atracción por personas del mismo sexo a un chivo expiatorio.
Pero incluso allí es posible ver la falta de consecuencias en el tratamiento de problemas en la Iglesia Católica. ¿Por qué, si en realidad es tan relevante, Benedicto XVI no fijó castigos específicos por incumplir con ese criterio?
Más relevante es el hecho de que la Iglesia Católica reconoce, al menos en Italia, 20 años después, que la reforma de seminarios de Benedicto XVI era realmente inaplicable. A finales de 2024, la conferencia italiana de obispos publicó lo que ahora es un experimento que se aleja de ese otro aspecto del legado de Benedicto XVI respecto de las respuestas a la crisis de abuso sexual. En enero, Los Ángeles Press consideró la reforma italiana, como se puede leer en el siguiente texto.
Unos días antes de las reformas de 2010, Benedicto XVI publicó la Carta a los católicos de Irlanda, en que se decía avergonzado y con remordimiento.
Aunque no habla explícitamente de tolerancia cero, utilizó la idea de responsabilidad o rendición de cuentas (accountability) en un párrafo, al tiempo que habla sobre la necesidad de la aplicación adecuada del derecho canónico y la cooperación con las autoridades civiles.
Verdadero alcance
La interpretación más favorable del pontificado de Benedicto XVI coloca la carta de 2001 (como cardenal), su decreto y carta a los fieles irlandeses de 2010, y su disposición para reunirse con sobrevivientes de abuso en países como Estados Unidos y Australia (2008), el Reino Unido y Malta (2010) y su nativa Alemania (2011) como prueba reconocía el problema.
Sin embargo, durante su viaje de 2012 a México, no hubo reuniones con sobrevivientes, públicos o privados. De hecho, Benedicto XVI no se reunió con sobrevivientes en países como España, Brasil y Portugal, por nombrar algunos.
En general, sea como Ratzinger (2001) o Benedicto XVI (2010) tenía como objetivo centralizar los casos de abuso bajo el control de la Doctrina de la Fe. El objetivo era desarrollar procedimientos uniformes y rigurosos, incluida la posibilidad de laicizar automáticamente por ciertos delitos. Si bien es imposible dar con la “tolerancia cero”, desarrolló un enfoque más estricto y centralizado.
Aquellos, como el papa Francisco, dispuestos a rescatar el papado de Benedicto XVI ven su decisión sobre Maciel como “acción determinante”, que avanza la tolerancia cero después de lo hecho por los obispos de Estados Unidos. Pero incluso si alguien viera el manazo en la muñeca de Maciel en 2006 como “sanciones severas”, no se reconoció el abuso, detalles del alcance del “castigo” sólo surgieron hasta su muerte (2009), y no hay evidencia real de restricciones.
Se quedó corto al reconocer la naturaleza sistémica del abuso y la manera en que diócesis y órdenes enteras facilitan y toleran el abuso. Con la ayuda de Scicluna y otros, Benedicto XVI apostó por la narrativa del depredador solitario cuando se trató de Maciel y Karadima, ya que ayuda a absolver a los clérigos involucrados, incluso de manera pasiva, en los abusos de esos depredadores.
Esa narrativa fue útil porque muchos depredadores actúan como filántropos lo que les da algún poder. De Maciel en México a Julio César Grassi en Argentina y Abbé Pierre en Francia, todos usaron a la filantropía o la caridad, como un medio para lastimar a menores o adultos, hombres y mujeres, por igual.
Conflicto de intereses y rendición de cuentas
El abuso sexual del clero no ocurriría sin tolerancia al conflicto de intereses y la falta de mecanismos de rendición de cuentas. Hasta hace poco, las diócesis y las órdenes desestimaban los riesgos del conflicto de intereses. Aceptaban tener a un clérigo de una misma diócesis u orden como investigador de esa diócesis u orden.
Algunas diócesis en ese país afectadas por esta experiencia, como Saint Paul y Minneapolis, Minnesota, reconocían este riesgo todavía en 2020. Una evaluación pedida por la arquidiócesis de las “Ciudades Gemelas” lo prueba. La evaluación llama a reconocer el problema para cumplir con su política (contenido en inglés).
La arquidiócesis de Saint Paul y Minneapolis fue uno de los epicentros de la crisis de abusos sexuales y es relevante porque, en 2015, Roma de manera activa forzó la salida de dos obispos ahí, el arzobispo John Clayton Nienstedt y su auxiliar Lee Anthony Piché.
E incluso peor, Benedicto XVI, el rottweiler de Dios, si uno cree a la extrema derecha, nombró a Nienstedt allí como coadjutor en 2007. Roma aceptó la renuncia de su predecesor, el finado Harry Joseph Flynn, el mismo día que cumplió 75.
Flynn merecería un libro por sí mismo. Su mal manejo de los casos era un secreto a voces, a pesar de que estuvo entre quienes apoyaron a Wilton Gregory, el presidente de la USCCB y promotor del llamado Chárter o Estatuto de Dallas, que se consideró con algún detalle en la entrega previa de esta serie.
En 2003, The New York Times (contenido en inglés) llamó a Flynn un “sanador” y reconocía su paso por la diócesis de Lafayette, Luisiana (1986-94), el estado donde estalló la crisis.
Buenas intenciones
El primer nombramiento de Flynn lo convirtió en una especie de experto en rescatar diócesis de las profundidades del caos. Al final, su reputación como sanador se derrumbó, como da cuenta Minnesota Public Radio (abre texto en inglés) de 2014.
Desde que Juan Pablo II nombró a Flynn para las Ciudades Gemelas y luego cuando Benedicto XVI envió a Nienstedt y Piché, la prioridad era terminar con el abuso sexual del clero. A pesar de las expectativas, los tres fallaron.
Nienstedt era un favorito de la extrema derecha de Estados Unidos incluso después de su penosa salida en 2015, como prueba el que el Napa Institute le hiciera una suerte de capellán, cargo al que renunció en 2018 (abre contenido en inglés).
Tan bien intencionado como fue el Chárter de Dallas, carecía de los “dientes” necesarios para obligar a los obispos a seguir procedimientos. Por ello, es difícil aceptar que el Chárter de Dallas (2002) o la gestión de Benedicto XVI fueran algo más que la voluntad de reconocer que algo horrible había estado sucediendo.
Al igual que con Flynn, el “sanador”, el título de Ratzinger como “rottweiler de Dios” o como un precursor de una nueva era en la crisis de abusos, como lo presentó Francisco, era un elogio de sus personas, pero también un recordatorio de cuán anémica fue su respuesta a los sobrevivientes de abuso sexual.
Cuando, en 2022, Tim Busch, el heredero de una fortuna cervecera y líder del Napa Institute, publicó un texto para marcar la muerte del pontífice y usó el título de “rottweiler de Dios" en un texto en inglés, fue un elogio. Sin embargo, si uno repasa su mandato en la Doctrina de la Fe y como pontífice, encuentra más castigos a clérigos heterodoxos que a depredadores.
Ese fue el caso de los obispos francés Jacques Gaillot y australiano William Martin Morris, respectivamente.
La decisión de castigar a Gaillot fue de Juan Pablo II, en 1995, pero lo hizo a instancias de Ratzinger. En una de las decisiones más extrañas en el Vaticano, Wojtyla nombró a Gaillot obispo de una “sede histórica”, que ya no existe ahora.
Ese tipo de nombramientos son frecuentes cuando se trata de obispos auxiliares o con nuncios papales, pero no con obispos activos, y mucho menos para sacarlos del cargo. Gaillot se convirtió en el obispo de Parthenia, mientras que Roma enviaba un nuevo obispo a Évreaux, Francia, sin alguna explicación formal.
Con Morris, ya como papa, Ratzinger fue más claro. Fue un castigo por el atrevimiento de Morris de desafiar al Vaticano en materia de ordenación femenina.
Y, sin embargo, la actitud de Roma respecto a casos de obispos o superiores de órdenes acusados de abuso o encubrimiento es una relativa novedad, que data del 2019, cuando Francisco fijó nuevas reglas para esos casos.
Antes de Francisco, como prueban Maciel y Francisco José Cox Huneeus, el antiguo arzobispo de La Serena, Chile, era casi imposible denunciar a obispos o superiores.
Cox Huneeus es un caso poco conocido fuera de Chile. Juan Pablo II lo depuso en silencio. Sin informar sobre sus ataques en serie contra menores, Karol Wojtyla “lo sentenció” a “una vida de oración” en una casa de la orden de Schönstatt en Alemania. Sólo como corolario del viaje a Chile, 21 años después de su remoción, Francisco laicizó a Cox a los 84 años. Murió dos años después, en 2020.
Así, aunque Ratzinger/Benedicto XVI centralizó en Roma la gestión de los casos de abuso e introdujo procedimientos más estrictos, su enfoque se basó en explicaciones fallidas. Su “explicación” preferida del abuso, la del depredador solitario, es una verdadera fábula católica, con Maciel y Karadima como ejemplos clave. La otra fue la cantaleta convertida en arma de “culpar al gay” del mal, como su reforma de los seminarios de 2005 o lo dicho por Bertone en 2010 en Chile.
Por ello, es difícil verlo como un campeón, o incluso un pionero de la tolerancia cero. El papa Bergoglio avanzó alguna solución con Vos Estis Lux Mundi, similar a "Ustedes son la luz del mundo", que permite proceder contra obispos y clérigos notables, pero, de nuevo, sus objetivos bien intencionados carecen de los dientes para ser una política de tolerancia cero creíble o acercarse a esa condición.
Y los fallos de la semana previa de la justicia argentina sobre Ilarraz y Sidders y un poco antes en Chile, con Felipe Berríos, los tres por la prescripción de sus delitos, son un doloroso recordatorio de esa realidad para los sobrevivientes, sus familiares y amigos.
Una sobreviviente argentina, por medio de WhatsApp, lo resumió así:
Conozco personalmente a los sobrevivientes de Ilarraz. Estuve en Paraná antes del juicio. Les pienso y les abrazo. Experimentar la INJUSTICIA es devastador. Lo viví.