
Rodolfo Soriano-Núñez Lunes, 12 de Enero del 2026
Incluso con una muestra limitada, hay una explosión en el número de administradores apostólicos en la era de la crisis de abuso sexual.
La muestra sólo considera los administradores apostólicos nombrados en los meses de enero de 1979 a 2025, que se aceleraron conforme empeoró la crisis de abuso sexual.
Por Rodolfo Soriano-Núñez
Para comprender qué hay detrás de la respuesta del Vaticano al abuso sexual durante los últimos 40 años, aproximadamente, esta serie ha usado distintos enfoques para explicar lo que sucede y, quizás más importante, lo que podría suceder en el futuro si las tendencias y patrones se mantienen como hasta ahora.
Por eso, tras analizar la intensidad de la demanda de nuevos nombramientos de obispos y la capacidad de los seminarios para formar a las futuras generaciones de prelados en muestras de 46 países, representativas de aproximadamente el 80 por ciento de los católicos a escala global, la entrega de esta semana analiza una prueba clave de la magnitud de la crisis en la Iglesia Católica.
Aunque hay lugares donde la Iglesia Católica parece continuar en modo de negación, sería ingenuo asumir que nada ha cambiado desde los días en que Jason Berry develó el equivalente al Watergate de la Iglesia Católica en los ochenta.
Si entonces la jerarquía apenas admitía algunos casos en Estados Unidos, Berry ofreció la primera versión de lo que hoy es un relato común: trasladar sacerdotes de un lugar donde han causado problemas a otro. Durante los últimos tres años esta serie ha identificado ese patrón como una “solución geográfica” y ha ofrecido ejemplos específicos de cómo se ha implementado dicha solución.
Siempre que es posible, obispos católicos, anglicanos, ortodoxos, luteranos y mormones, así como líderes de otras iglesias cristianas y organizaciones religiosas, usan esa “solución” de corto plazo para maquillar un problema sistémico que resuena en los debates sobre los expedientes de Epstein y sus posibles efectos en Estados Unidos, el Reino Unido y otros países, así como en casos de abuso sexual en otros entornos.
Cuando esa “solución” ya no es útil, ya sea por la movilización social que generan las transferencias, o cuando los casos documentados son tan numerosos como los de Santiago de Chile, Los Ángeles, o en órdenes como la Legión de Cristo en México o el Sodalicio en Perú, se necesita de alguna intervención.
Durante su reunión con los cardenales, el así llamado consistorio, celebrado el 7 y 8 de enero, León XIV reconoció en el mensaje final la importancia del abuso sexual al llamar a que los cardenales atiendan las denuncias y quejas de las víctimas, como se puede ver en el mensaje, sólo disponible en italiano, pero del que algunos párrafos, incluidos los relativos al abuso, se tradujeron en este texto de Vatican News.
Intervención al estilo Vaticano
Las intervenciones en entornos católicos son básicamente tres. Una es la visita apostólica. La segunda es el nombramiento de un obispo coadjutor, y la tercera, el nombramiento de un administrador apostólico. Si bien la visita puede usarse en diócesis, órdenes y otras entidades de la Iglesia Católica, el nombramiento de un coadjutor o el de un administrador apostólico es exclusivo para las diócesis.
Una visita podría dar lugar a cualquiera de las otras dos intervenciones posibles, pero hay casos en los que se nombra un coadjutor o administrador sin necesidad de una visita.
La visita se realiza cuando se solicita a una diócesis u orden que reciba a un enviado del Vaticano que recopilará información para presentar algún tipo de informe a Roma. Hace unas semanas, esta serie ofreció detalles sobre cómo ha ocurrido esta visita a la Comunidad Emmanuel, un movimiento religioso muy influyente en el mundo francófono, cuyo enlace aparece después de este párrafo.
La Legión de Cristo fue objeto de una medida similar con Benedicto XVI. Una diócesis en la que ha ocurrido es Ciudad del Este, Paraguay, en julio de 2014, como lo demuestra el texto enlazado antes, en la sección titulada "Recuerdos de otras visitas".
Otra forma de intervención es el nombramiento de un obispo coadjutor. Generalmente, es señal de graves problemas financieros, de abuso sexual y, en algunos casos, también como respuesta a otros problemas en la diócesis.
El caso más notable de este tipo de nombramiento de un coadjutor por otras razones ocurrió en México en agosto de 1995, cuando Juan Pablo II envió a Raúl Vera López a San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, 17 meses después del levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional contra el gobierno mexicano en enero de 1994.
Sería imposible reconstruir ese nombramiento aquí. Basta decir que los medios de comunicación más cercanos al gobierno mexicano lo interpretaron como una crítica a Samuel Ruiz. Vera López evitó el habitual duelo entre el obispo y el coadjutor, por lo que no hubo problemas, pero ese no es el resultado habitual.
Tres décadas después, León XIV nombró un coadjutor en Santo Domingo, capital de la República Dominicana. No está claro qué hay detrás del nombramiento, pero no hay un conflicto militar como en México en 1995.
Francisco Ozoria Acosta, el actual arzobispo, se vio obligado a acoger, a sus 74 años, a Carlos Tomás Morel Diplán como coadjutor, quien, como un signo de los tiempos, sigue siendo el administrador apostólico de su diócesis previa, La Vega.
El nombramiento de Morel Diplán es más difícil de comprender, ya que a Ozoria Acosta le queda menos de un año para renunciar. Es más difícil comprender por qué Morel Diplán pasó de celebrar el nombramiento de Ozoria Acosta a condenarlo y presentarse como víctima de Roma.
El caso demuestra lo polémica que es la gestión de diócesis clave en todo el mundo católico, un reflejo de la presión en el sistema. Tanto es así que Roma prefirió correr el riesgo de que Ozoria Acosta hiciera un berrinche en público en lugar de esperar a que cumpliera 75 años el 10 de octubre de 2026. Lo que está claro es que Roma tenía interés en intervenir, lo que revela cierta desconfianza.
Los nombramientos de coadjutores son menos frecuentes, ya que implican que dos obispos lleguen a un acuerdo en el que uno conserva el título y los honores, mientras que el otro asume, parcial o totalmente, el control de la diócesis.
El tercer tipo de intervención es el nombramiento de un administrador apostólico. Sucedían generalmente tras la renuncia o fallecimiento de un obispo, y siempre que Roma decidía que era mejor evitar apresurar el nombramiento de un nuevo obispo.
¿Por qué administradores apostólicos?
Este texto analiza cómo la Iglesia Católica ha usado, en los últimos 46 años aproximadamente, el nombramiento de administrador apostólico como medio para contener la crisis, a la vez que promueve cierta idea de reforma y cambio.
No es que el administrador apostólico siempre esté asociado con la crisis de abusos sexuales del clero. Todo lo contrario, en casos donde la relación Iglesia-Estado se ha visto afectada, nombrar un administrador podría ser la única manera de evitar que el conflicto se agrave, como demostró el último texto publicado en 2025 sobre la renuncia de Jorge Liberato Urosa Savino como arzobispo de Caracas, Venezuela, y el accidentado nombramiento de Baltazar Enrique Porras Cardozo, primero como administrador apostólico, disponible después de este párrafo.
Se observan problemas similares al abordar los nombramientos en Ucrania durante los últimos cinco años aproximadamente o, por otras razones, al observar el conflicto Iglesia-Estado en Nicaragua.
A pesar de estas realidades, perceptibles también en lugares como Hong Kong o en algunos países de Oriente Medio, lo cierto es que existen razones para creer que muchos de los nombramientos más recientes de administradores apostólicos solo pueden explicarse como un intento de Roma de imponer su autoridad tras un escándalo ocurrido o potencialmente ocurrido. Basta con observar sedes como Tijuana (México), Cádiz (España); Juli (Perú) y Verdún (Francia).
Todas esas diócesis están ahora bajo la autoridad de un administrador apostólico. En Tijuana, el nombramiento se produjo tras la muerte repentina de Francisco Moreno Barrón, pero los problemas asociados a la crisis de abuso sexual se han documentado desde hace muchos años, como lo demuestra el texto enlazado antes de este párrafo.
Además, un sacerdote anteriormente asociado a esa arquidiócesis decidió unir fuerzas con la cismática Fraternidad San Pío V, una organización escindida y más radical, separada de la Fraternidad San Pío X, fundada por Marcel Lefebvre, quien desafió la autoridad de Juan Pablo II al consagrar a cuatro obispos asociados a esa "orden" sin la autorización de Roma, y a uno más de un grupo similar en Brasil.
El asunto sería irrelevante si el sacerdote Isidro Puente Ochoa no hubiera sido autorizado hace unos años por la archidiócesis para tener un seminario bajo su control, donde insiste en reclutar a menores varones como seminaristas, a pesar de la evidencia de la mayor probabilidad de abuso sexual en ese tipo de contexto, como relata la sección Post data del texto enlazado antes de este párrafo.
Cádiz acaparó titulares en todo el mundo cuando el obispo Zornoza Boy se convirtió en el primer obispo en ejercicio en España cuyo presunto abuso de un seminarista menor de edad de la diócesis de Getafe, cerca de Madrid, ha sido investigado y reconocido por la conferencia de obispos de ese país, como demuestra el artículo enlazado después de este párrafo.
En Juli, Perú, y Verdún, Francia, como testimonio de la evolución de la crisis de abusos sexuales del clero, los ex obispos de ambas sedes se vieron obligados a renunciar a sus cargos.
Ciro Quispe López se convirtió en un escándalo en Perú cuando las noticias sobre su promiscuidad acapararon la atención de medios nacionales que daban cuenta de sus relaciones con al menos diez mujeres de su antigua diócesis de Juli, Perú.
En Francia, Jean-Paul Gusching, de Verdún, tuvo su cuota de escándalo después de que la nunciatura en Francia y sus colegas franceses admitieran que lo obligaron a renunciar tras ser "sorprendido" en una relación informal con una mujer adulta y, lejos de aceptar su "castigo", lo impugnó, como da cuenta el texto enlazado después de este párrafo.
Los datos disponibles
Para intentar comprender por qué Roma decide nombrar administradores apostólicos en lugar de obispos, el artículo de esta semana busca más datos que expliquen lo que sucede ahora.
Sería imposible recopilar todos los datos necesarios para realizar un análisis completo de más de 40 años de nombramientos en la Iglesia Católica e identificar cuándo Roma nombró a un administrador apostólico en lugar de cubrir una vacante en el episcopado global, ya sea por la crisis de abusos sexuales del clero, para abordar cuestiones de disciplina o para evitar posibles conflictos con países como Venezuela, Nicaragua o China.
Los datos están disponibles a través de Catholic-Hierarchy.org, pero el acceso es limitado dada la arquitectura del sitio web y su motor de búsqueda, que no permite el uso de búsquedas complejas (booleanas) para filtrar la información disponible.
En ese sentido, el análisis se desarrolla a partir de una muestra no probabilística de todos los nombramientos de administradores apostólicos registrados en Catholic-Hierarchy.org en los meses de enero de 1979 a 2025. La muestra se diseñó así para facilitar el logro de una comparación a lo largo de varias décadas y papados y para que fuera consistente, al tiempo que se aceptaban los límites a la extracción de datos derivados de la arquitectura del sitio.
Actualmente, el sitio permite la búsqueda de algunos datos, pero la clasificación debe realizarse manualmente. Sería poco ético "saquear" la información de ese sitio y podría poner al autor de estas líneas en riesgo de ser vetado, por medio de mi identificador de ISP, de tener acceso a los datos que contiene. Incluso el uso de PowerQuery de Excel o herramientas similares es insuficiente, ya que sólo ofrecería una parte de los datos, sin exentar del trabajo manual y análisis.
Otras fuentes, como el Annuario Pontificio, el Acta Apostolica Sedis o incluso el Bollettino, publicado por la Oficina de Comunicaciones de la Santa Sede, serían inmanejables para un equipo de una persona que busca averiguar qué sucede en una compleja institución que, como otras, mantiene secretos sobre sus problemas. En cuanto al Bollettino, sus ediciones en inglés y español sólo están disponibles desde 2016, y la edición en italiano sólo desde el 2000.
Además de las dificultades técnicas para construir una base de datos más fiable, existe el problema de que el Secreto Pontificio presente en los nombramientos de obispos, y más en los de administradores apostólicos, lo que convierte todo el proceso en la proverbial “caja negra” de los estudios de política pública.
Las cajas negras permiten conocer algunos de los insumos además de los productos, pero nunca se sabe con certeza cómo se pasa de los insumos a los productos en la caja para ofrecer los resultados de una diócesis determinada tras el fallecimiento, la renuncia, ya sea forzosa o voluntaria, de un obispo.
Por eso, aunque sería mejor disponer de un conjunto completo de datos con toda la información sobre administradores apostólicos durante los últimos 50 años, es imposible ahora.
En lugar de ello, este ejercicio se basa en una muestra no probabilística de todos los nombramientos de administradores apostólicos durante los meses de enero de 1979 (el primer año completo de Juan Pablo II como papa) hasta 2025, con una proyección muy limitada hasta enero de 2026.
Aun con esta severa restricción, el conjunto de datos revela un patrón que merece consideración, lo que permite realizar un análisis preliminar. Al observar la instantánea que se obtiene en las páginas de “Events” de cada enero en Catholic Hierarchy, es posible desarrollar un mapa preliminar de los puntos de fricción que se observan cuando Roma nombra a un administrador apostólico.
Cualquiera puede replicar la fuente de los datos haciendo clic, por ejemplo, en esta página, donde aparecen los hechos del mes de enero de 2011.
Es una tarea similar a los intentos previos de determinar cómo Roma aborda o no los efectos de la crisis de abusos sexuales del clero. En primer lugar, en 2023, esta serie publicó la historia enlazada tras identificar a los primeros cien obispos que, con motivos para creer, fueron obligados a dimitir por el Pontífice en ejercicio.
Los claroscuros del administrador apostólico
Incluso antes del inicio de la crisis de abusos sexuales del clero, nombrar un administrador era una forma de gestionar una crisis. La diferencia radica en que antes de 1998, dicho nombramiento era una medida extrema, reservada, mayormente, para tratar con China y países que solían ser, durante la Guerra Fría, los llamados satélites soviéticos en Europa Oriental y otras regiones del mundo.
La referencia a 1998 no tiene nada que ver con la geopolítica, sino con la crisis de abusos sexuales del clero. Ese fue el año en que estalló la crisis en Palm Beach, Florida. Palm Beach se diferencia de otros episodios de la crisis porque fue allí donde, no uno, sino dos obispos fueron obligados a dimitir de manera sucesiva tras ser obligados a reconocer su papel en el abuso sexual de varones menores.
Primero fue Joseph Keith Symons, cuyo caótico mandato como obispo lo obligó a dimitir el 2 de junio de 1998, cuando apenas tenía 65 años, diez años antes de la jubilación, tras aceptar haber abusado de al menos un antiguo monaguillo (contenido en inglés). Symons tiene el honor de ser el primer obispo en dimitir por abuso sexual.
El primero relevo fue el obispo emérito de San Petersburgo, Robert Nugent Lynch, quien actuó como administrador desde el 2 de junio de 1998 hasta el 14 de enero de 1999. Ese año, Juan Pablo II nombró obispo a Anthony Joseph O'Connell. Poco después, al igual que su predecesor, O'Connell (texto en inglés) dimitió a los 63 años, cuando surgieron detalles sobre el abuso de al menos cinco seminaristas menores de edad en Jefferson City, Misuri. El escándalo obligó a la diócesis a reconocer que había recibido denuncias sobre el comportamiento de O'Connell al menos desde la década de 1960, cuando era sacerdote.
Luego, Juan Pablo II nombró obispo ahí al ahora cardenal Sean O'Malley, quien, antes “limpió” la diócesis de Fall River, Massachusetts (texto en inglés), donde el sacerdote James Porter abusó de al menos 28 menores de edad.
El mandato de O'Malley en Palm Beach sería breve, ya que fue llamado de regreso a Nueva Inglaterra en 2003 para lidiar con el escándalo en Boston. O'Malley, quien posteriormente se convertiría en presidente de Tutela Minorum, la entidad creada por el papa Francisco para prevenir los abusos, tuvo que lidiar allí con las consecuencias de décadas de encubrimiento sistemático de docenas de casos de abuso sexual, como lo muestra la cinta Spotlight, que narra el esfuerzo de un grupo de periodistas de The Boston Globe para publicar la verdad.
Palm Beach tuvo, entre 1998 y 2003, cinco líderes diferentes, ya sea como obispos (Symons, O'Connell, O'Malley y Gerald Michael Barbarito, ahora emérito, quien se jubiló el 19 de diciembre de 2025), además de Lynch, quien sólo fue administrador apostólico.
Palm Beach es clave para comprender la evolución de la crisis de abusos sexuales del clero, ya que antes de lo ocurrido allí, la jerarquía católica, tanto en Roma como en Estados Unidos, logró presentar el asunto como un asunto de "manzanas podridas", como se decía en el caso de Gilbert Gauthe en Luisiana.
Palm Beach demostró que los obispos aprobados por Roma también eran peligrosos depredadores y que formaban parte del problema. Indirectamente, los cinco años de infierno en Palm Beach, sumados a las revelaciones de Boston y otras diócesis de Estados Unidos, obligaron a la jerarquía a reconocer que su propio proceso de investigación de antecedentes era deficiente.
Después de Palm Beach, es posible observar cómo Roma pasó de un uso poco frecuente del administrador apostólico a nombrar cada vez a más obispos como tal. Aunque la figura existe desde hace bastante tiempo, fue Benedicto XVI quien comenzó a utilizarla como una forma de abordar los conflictos en diócesis específicas.
Primero, lo hizo como Joseph Ratzinger, cuando, como prefecto de la entonces Congregación para la Doctrina de la Fe, promovió la centralización de estos casos bajo la égida de la curia romana, entidad que se formalizaría en 2001, como explica la sección "Verdadero alcance" del artículo enlazado arriba.
El papa Francisco utilizó esta herramienta mucho más que cualquiera de sus predecesores, quizás porque ya enfrentaba mayor presión. Un ejemplo perfecto de los administradores apostólicos como herramienta para gestionar una crisis proviene directamente de la biografía del actual papa.
Ya se sabe que cuando el papa Francisco reclutó a Robert Prevost, el entonces antiguo superior de la Orden de San Agustín, para convertirse en administrador apostólico de Chiclayo, Perú, el pontífice argentino ya lidiaba con una crisis allí. Chiclayo había sido administrada por obispos alineados con el Opus Dei, una suerte de orden originada en España, conocida por sus prácticas clericalistas y sectarias.
Cuando Prevost llamó la atención de Francisco, el pontífice argentino lo nombró administrador apostólico de Chiclayo durante diez meses: del 3 de noviembre de 2014 al 25 de septiembre de 2015.
En entregas anteriores de esta serie, como el texto enlazado después de este párrafo, se ofrecieron detalles de la situación en Chiclayo cuando Francisco nombró a Prevost administrador apostólico.
Sin embargo, con la evidencia disponible, es posible afirmar que, incluso si estuviera dispuesto a nombrar a obispos recién consagrados como Prevost como administradores, el Papa argentino preferiría contar con clérigos veteranos, arzobispos, muchos de ellos mayores de 75 años, para desactivar posibles escándalos en diócesis con, presumiblemente, un gran número de casos.
Tras asumir el control de Chiclayo, Francisco le encargó a Prevost que se ocupara de una segunda diócesis como administrador: Callao, una jurisdicción en el Área Metropolitana de Lima, a 660 kilómetros al sur de Chiclayo.
Ese nombramiento también fue relevante porque obligó a Prevost a confrontar a los líderes del Sodalicio de Vida Cristiana, y más específicamente a los obispos de Perú dispuestos a ir a la guerra para defender esa organización ahora suprimida.
Prevost fue enviado a “limpiar” Callao después de que el español José Luis del Palacio y Pérez-Medel fuera obligado a dimitir a los 70 años. Dado que este es el procedimiento habitual de la Iglesia Católica, hubo poca o ninguna información sobre por qué, al comienzo de la pandemia, el 15 de abril de 2020, se aceptó en Roma la renuncia anticipada de Del Palacio.
Lo es claro, en cambio, es que, al jugar a ser la víctima en medios católicos españoles, Del Palacio afirmó desconocer las causas de su renuncia, como se puede ver en la página con sus datos en Catholic Hierarchy, donde su salida consta como renuncia.
Un artículo publicado por Vida Nueva Digital insinúa, sin embargo, la pertenencia de Del Palacio al llamado Camino Neocatecumenal, una organización de la Iglesia Católica con estrechos vínculos con el Sodalicio de Perú y otras organizaciones católicas depredadoras.
Además de esos nexos con el Sodalicio, el Camino Neocatecumenal tuvo un papel importante en la crisis de abusos sexuales del clero en Guam, territorio estadounidense del Pacífico. El actual arzobispo emérito de Agaña, Guam, Anthony Sablan Apuron, fue destituido en 2019 al quedar claro que conocía los abusos que ocurrían en esa sede. Su estrecha relación con el Camino Neocatecumenal fue motivo de orgullo para él, como lo demuestra este documento de 2008 publicado en el sitio web de la Santa Sede (texto en inglés).
Los datos
Si se hace a un lado estos temas, lo que revelan los datos parciales sobre los nombramientos de administradores apostólicos es una clara tendencia iniciada con Benedicto XVI que creció con el papa Francisco de nombrar administradores en diócesis donde, para decirlo sucintamente, dada la opacidad “hay problemas”.
A partir de las instantáneas de los 46 distintos meses de enero (1979-2025) y con registros de 267 nombramientos de esas “instantáneas” es posible decir que Prevost fue uno de los muchos obispos que Francisco nombró administradores para enfrentar situaciones difíciles en ciertas diócesis.
En la muestra no probabilística, el primer máximo en el periodo posterior a Palm Beach del uso del administrador apostólico ocurre en 2007, como un total de ocho casos. Justo antes de que Benedicto XVI renunciara al papado en 2013, es posible observar un nuevo máximo en 2012 y 2013 con nueve nombramientos.
Dos años después de la elección de Francisco, en 2015, un nuevo registro de diez nombramientos aparece. En 2018, el año en que Francisco vivió su Waterloo chileno, se marcó un nuevo máximo con 14 nombramientos y en 2021, dos años después de que Francisco publicara Vos Estis Lux Mundi, el nuevo máximo fue 25.
Es posible, en consecuencia, pensar en al menos tres grandes periodos para comprender la evolución del uso del administrador apostólico.
Uno pre-Palm Beach en el que el uso del administrador fue escaso y centrado en temas geopolíticos extremos como las relaciones conflictivas entre la Santa Sede y la República Popular de China que va de 1979 a, final de 1997.
Luego, una era post-Palm Beach/pre-Vos Estis Lux Mundi que va de 1998 a 2018, en la que tomó forma el actual uso del administrador apostólico y, finalmente, una era post-Vos Estis Lux Mundi, que inicia en 2019, el año en que Francisco publicó ese documento sin que haya final a la vista.
Y el problema no es sólo el número de administradores utilizados para lidiar con diócesis con dificultades. Es necesario prestar atención también a la duración de algunos de estos nombramientos.
Entre los más notables, a punto de terminar este enero, está el de Rogelio Cabrera López, el arzobispo de Monterrey, quien sigue siendo, por unos días más, el administrador apostólico de Nuevo Laredo.
No está claro por qué Cabrera López ha sido durante 26 meses el administrador de esa diócesis, como lo fue antes, de marzo a noviembre de 2021, de Ciudad Victoria, la capital de Tamaulipas, y de julio de 2018 a julio de 2019 también administrador de la metrópoli más grande de ese estado mexicano: Tampico.
Aunque este patrón ha estado ausente en su mayor parte en las diócesis que siguen el rito latino en los Estados Unidos, hay rastros de él en algunas eparquías, el equivalente de las diócesis para los ritos de las llamadas Iglesias Orientales.
Como Cabrera López en Monterrey, el obispo de rito ruteno de Passaic, Nueva Jersey, Kurt Richard Burnette, ha sido administrador apostólico de tres eparquías, dos en los Estados Unidos y una en Canadá, el exarcado apostólico de los santos Cirilo y Metodio de Toronto.
En 2018, el papa Francisco nombró allí a Marián Andrej Pacák, miembro de la orden del Santísimo Redentor, una orden religiosa, un obispo de 45 años, el más joven en ese momento que, como suele ser el caso en los medios católicos de todo el mundo, fue objeto de celebración y elogios por su nombramiento.
Lamentablemente, como también es frecuente, los elogios se convirtieron en amargas dudas cuando poco más de dos años después de su consagración, renunció al cargo y se fue a una especie de exilio a una comunidad religiosa en su patria ancestral de Eslovaquia, sin transparencia ni rendición de cuentas sobre las razones por las que de repente decidió renunciar como obispo.
Novatos de oro
El caso de Marián Andrej Pacák en Toronto, Canadá, ofrece la moraleja de los riesgos de nombrar obispos jóvenes sólo porque son jóvenes. Recuerda que la “sangre nueva” no probada no siempre es la respuesta.
También demuestra que incluso las eparquías católicas orientales no son inmunes al secretismo con el que las diócesis de rito latino gestionan estos asuntos. También demuestra cuán débil es la banca, la cantera, y quizás valida la cautela con la que Francisco intentó utilizar la herramienta del administrador apostólico para evitar errores más vergonzosos.
Y uno podría suponer que el problema es cuán ajeno era Francisco y su equipo en Roma a las realidades de América del Norte y Eslovaquia, pero el hecho es que si uno repasa algunos de sus nombramientos en Argentina, un territorio que conocía con mayor detalle que cualquier otro país del mundo, hubo errores terribles.
Uno notable es el de Gustavo Óscar Zanchetta. Hace unos meses, Los Ángeles Press publicó una entrevista con un sobreviviente de abusos ocurridos en la diócesis argentina de Orán. El testimonio de Matías sobre lo que sucedió allí es más doloroso al considerar cómo el papa Francisco intentó minimizar ese caso.
Al igual que Pacák, Zanchetta fue aclamado en su momento como la promesa de los “obispos de Francisco”, sangre nueva para la nueva agenda que el antiguo arzobispo de Buenos Aires intentaba impulsar en Roma.
Francisco nombró a Zanchetta el 23 de julio de 2013, seis meses después de su propia elección como pontífice, cuando Zanchetta tenía 49 años, y al igual que Pacák, los medios católicos, al menos los leales a Francisco, lo aclamaron como la promesa de una nueva banca con “obispos de Francisco”.
Lamentablemente, poco menos de cuatro años después de su nombramiento, Zanchetta renunció. Como de costumbre, no hubo explicación para el movimiento y, para colmo, Francisco llevó a Zanchetta a Roma, con un cargo coma funcionario de lo que es la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica, una de las entidades que gestionan las que sean las posesiones terrenales de la Santa Sede.
Como demuestra la mencionada entrevista con Matías, el sobreviviente argentino, el viaje a Roma protegió a Zanchetta de cualquier rendición de cuentas. A pesar de ello, fue declarado culpable por un tribunal de justicia en Argentina, pero su sentencia se ha convertido en una jubilación tan misteriosa como la de Pacák.
Y no fue sólo la diócesis rural y norteña de Orán, sino que algo similar ocurrió en la arquidiócesis de La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires que, durante cinco años (2018-23), estuvo bajo la égida del actual prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, Víctor Manuel Fernández. Cuando Fernández recibió su transferencia a Roma, Francisco nombró a Gabriel Antonio Mestre.
Al igual que Zanchetta, cuando Mestre fue consagrado como obispo en 2017, fue aclamado como un “obispo de Francisco”, y aunque contra él no hay evidencia de acusaciones de abuso sexual o malversación de fondos, menos de un año después de su ascenso de la diócesis de Mar del Plata a la arquidiócesis de La Plata, renunció, a cinco meses de cumplir 56 años, y ahora es párroco.
En ese sentido, debería estar claro que la banca o cantera débil descrita en términos cuantitativos la semana pasada es una realidad dolorosa a pesar del entusiasmo generado en Argentina y América Latina por Francisco.
Pacák, Zanchetta, Mestre y otros “niños prodigio” de otras décadas difícilmente cumplen con las expectativas que generan sus nombramientos. Además de obispos en esa categoría promovidos por Francisco, están los que tuvo Benedicto XVI, como el antiguo auxiliar de Culiacán, México, Emigdio Duarte Figueroa, a quien el papa Ratzinger promovió a obispo cuando le faltaban cinco meses para cumplir 39 años en 2008 y fue, nuevamente, el “obispo más joven” en todo el mundo y el modelo de obispo que encarnaba los valores e ideales promovidos por Benedicto XVI.
Curiosamente, poco más de tres años después, en septiembre de 2010, los medios locales en México “informaron” de la decisión de Duarte Figueroa de renunciar a su cargo de obispo auxiliar e “ir a Tierra Santa” supuestamente a estudiar.
Gracias a la pandemia Duarte Figueroa volvió a aparecer en escena, ya no en México, sino en Tegucigalpa, Honduras; ya no celebrado con los títulos de obispo, sino identificado, curiosamente, como “Reverendo Padre”, un título reservado usualmente para sacerdotes afiliados a órdenes religiosas, a pesar de que no hay datos sobre que él haya sido miembro de una orden.
El caso de Duarte ilustra que cuando el Vaticano intenta evitar la cantera débil al nombrar a un novato sin registro de su desempeño, el asunto suele acabar en una renuncia forzada y opaca. Esto refuerza el riesgo de caer de nuevo en la trampa de Juan Pablo II cuando promovía a Marcial Maciel y otros como el fundador de la Legión: apoyar, sin importar las consecuencias, a quien quiera que pretenda estar a la altura de la tarea, según el mantra de “pretender hasta convencer”.
El patrón se puede observar incluso en quienes alcanzaron la cima de la jerarquía católica: a Bernard Law y a Norberto Rivera Carrera los promovió a obispos Juan Pablo II cuando tenían 42 y 43 años, respectivamente. El desarrollo de sus carreras como cardenales sólo demuestra que la promoción de un "novato de oro" o "niño prodigio" no es un remedio contra el fallo sistémico; sólo eleva el costo de los daños cuando ocurren las inevitables intervenciones y/o los escándalos.
África también
Otros casos notables en las instantáneas del mes de enero de los últimos 46 años ofrecen casos similares a los de Rogelio Cabrera López y Kurt Richard Burnette.
Por un lado, está el caso del cardenal sudafricano Wilfrid Fox Napier, quien ha sido nombrado por dos pontífices como administrador de diócesis en su país de origen. Por un lado está la decisión de Juan Pablo II de 1994 de enviarlo a Umzimkulu, Sudáfrica. Permaneció allí como administrador durante 15 años, hasta que Benedicto XVI lo relevó en 2009 de ese deber.
Sin embargo, a los 79 años, el papa Francisco nombró a Napier, en 2021, como administrador de Eshowe, y permanece allí hasta ahora. Lo hizo luego de que, un poco más tarde ese año, el pontífice argentino también nombró a Napier como administrador de Durban, su propia arquidiócesis, hasta que Roma encontró un sucesor para esa sede tres meses después.
Un caso similar proviene de la República Democrática del Congo, con el actual arzobispo de Kinshasa, el cardenal Fridolin Ambongo Besungu, quien, antes de su cargo actual, cuando era obispo de Bokungu-Ikela, fue nombrado por Benedicto XVI, en octubre de 2008, administrador de Kole. Su mandato allí se extendió por siete años, ya que el papa Bergoglio lo relevó en agosto de 2015 de esa asignación.
Lo hizo sólo para poner más territorio bajo su cuidado como administrador. Primero, en marzo de 2016, obtuvo la arquidiócesis de Mbandaka-Bikoro, y ocho meses después, en noviembre, se convirtió en el arzobispo mientras era administrador de Bokungu-Ikela, donde permanecería durante un año y medio.
Besungu tuvo un 2018 muy ajetreado. Ese año fue nombrado coadjutor de Kinshasa, mientras se convertía en administrador de su antigua arquidiócesis de Mbandaka-Bikoro. Como probablemente ya trabajaba horas extras, Francisco terminó su mandato como administrador de Bokungu-Ikela y, a finales de ese año, en noviembre, asumió como arzobispo de Kinshasa por su cuenta, pero sin dejar de ser administrador de Mbandaka-Bikoro hasta enero de 2020.
Tanto Napier como Besungu prueban que el papel del administrador role ha pasado de ser la tarea de un clérigo de edad mediana a una herramienta para gestionar una urgencia. Cuando Juan Pablo II primero envió a Napier a Umzimkulu en 1994, seguía la lógica de usar a un clérigo a mitad de carrera para abordar el problema en la otra diócesis.
Sin embargo, su reaparición en 2021 como administrador de Eshowe a los 79 ilustra la confianza en el “retorno del emérito” o el modelo de la élite reciclada. Este caso concreto, prueba que la participación de los eméritos es una respuesta estructural a una banca o cantera débil; la Santa Sede prefiere traer de regreso a un veterano de 80 años y no arriesgarse a nombrar a un novato del clero local.
El regreso de Napier como bombero no es una anécdota. Es uno de 28 casos en los que Roma prefirió reciclar a un jubilado para mantener el control institucional.
De igual modo, el cardenal Besungu en la República Democrática del Congo es un caso similar de un miembro de la élite del clero usado para abordar problemas. La carga de trabajo de Besungu alcanzó su climax en 2018 cuando administraba simultáneamente las diócesis de Kinshasa, Mbandaka-Bikoro, y Bokungu-Ikela, además de sus deberes como cardenal en Roma.
La consolidación en un mismo clérigo prueba que Roma depende del administrador como herramienta para atender vacantes en regiones donde hay dudas sobre la investigación previa al nombramiento de un obispo. Además, hace imposible no preguntarse si África es el milagro de la intransigencia integrista católica con el que la extrema derecha de Estados Unidos y América Latina se mofa de los católicos “liberales” de este lado del Atlántico es real.
Por el momento, Roma prefiere el “pie veterano” y hace a un lado a los sacerdotes locales por preferir al pequeño círculo de prelados en los que confía, quienes pueden malabarear múltiples jurisdicciones al mismo tiempo.
Estos casos de África revelan que la migración a un nuevo modelo de administrador apostólico es un fenómeno global. Sea con el regreso de Napier o con Besungu al frente de tres diócesis, estos nombramientos demuestran algún cuidado para evitar promociones apresuradas, al tiempo que mantienen cerrada la “caja negra” de los nombramientos hasta que encuentren una solución.
Gestión interna vs. manejo geopolítico
Luego del infierno de cinco años de Palm Beach, los administradores apostólicos se han usado en diócesis de países sin restricciones políticas, como México, Estados Unidos, Canadá y Europa. Ello se correlaciona, al menos de manera preliminar con las dificultades que la Iglesia Católica tiene para encontrar candidatos a obispos con expedientes limpios.
Uno de los efectos observados del nombramiento de administradores ha sido la fusión de diócesis “con problemas”. Los datos, a pesar de ser solo de los meses de enero, lo demuestran con diócesis que se han fusionado.
Un ejemplo viene de Canadá. Los datos dan cuenta de los periodos del jesuita Terrence Prendergast como administrador en Yarmouth y Alexandria-Cornwall, que fueron fusionadas después.
Otro ejemplo viene de Alaska. Los datos muestran algo similar con el arzobispo Roger Schwietz quien fue administrador de diócesis vecinas, antes de la fusión de Anchorage y Juneau.
Por último, la naturaleza “temporal” del administrador ha cambiado. En las “instantáneas” de los ochenta, el administrador solía estar al frente por meses (por ejemplo, el italiano Antonio Nuzzi in 1979, con nueve meses). En los veinte de este siglo, los periodos llegan a ser de más de dos años, como con Rogelio Cabrera López en Nuevo Laredo, con 26 meses).
Se necesitan más datos para ofrecer conclusiones más robustas, pero incluso con las limitaciones de los datos disponibles se prueba que quienes piensen que basta con negar, negar y negar para resolver la crisis de abuso sexual se equivocan.
A pesar de sus límites, la base de datos permite comprender mejor lo que sucede ahora en la Iglesia Católica. Como demuestra el texto publicado el 29 de diciembre de 2025, existe un retraso en el nombramiento de obispos y un desafío para cubrir 400 cargos en el futuro cercano.
Asimismo, como indica el texto del 5 de enero de 2026, hay una cantera débil, que puede llevar a la jerarquía a apostar por las dificultades que tienen los varones jóvenes del Sur Global para acceder a la educación o al mercado laboral para reclutar candidatos al sacerdocio.
Este texto ofrece una moraleja. Reconoce la necesidad de ser cautelosos, para evitar fiascos como el de Palm Beach, Florida. En ese sentido, la cautela con la que Roma utiliza hoy en día la herramienta del administrador apostólico es una señal positiva, que prueba mayor cautela al nombrar obispos.
El riesgo, sin embargo, es que la cautela se convierta en estancamiento, que descarte la necesidad de las diócesis de contar con un obispo capaz de dirigir procesos como el Sínodo de la sinodalidad.
Los párrocos, decanos y otros prelados pueden liderar algunos aspectos del proceso, pero sería ingenuo descartar la necesidad de un obispo capaz de decidir. Al mismo tiempo, no tiene sentido apresurar los nombramientos si estos son arriesgados, como han demostrado algunos de los casos citados en este texto.
Finalmente, por muy bueno que sea tener obispos probados que aborden como administradores las necesidades de las diócesis que enfrentan algún problema, uno debe preguntar si es realista que arzobispos a punto de cumplir 75 años como Rogelio Cabrera en México o que ya han superado esa marca como Napier en Sudáfrica, sean las mejores opciones para liderar estos procesos.
La semana próxima se presentarán más datos y conclusiones adicionales que se desprenden de esa evidencia.
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