Rodolfo Soriano-Núñez Lunes, 25 de Agosto del 2025
Aguiar Retes representa una comprensión distinta de lo que Iglesia Católica es cuando se le compara con Rivera Carrera, menos en materia de abuso sexual.
Nuevos y viejos casos aparecen y, aunque influyente en Roma, Aguiar Retes parece indispuesto a usar su poder para resolver el abuso sexual.
Por Rodolfo Soriano-Núñez
Durante las últimas dos semanas, esta serie ha analizado el caso de Izcalli como paradigma de cómo el abuso sexual por parte del clero ocurre, casi sin consecuencias, en México, como un tumor que, fuera de control, socava la confianza en las comunidades de la Iglesia Católica.
Una figura clave en lo sucedido en esa diócesis es el cardenal Carlos Aguiar Retes, quien desempeñó un papel fundamental en la decisión del papa Francisco de crear la diócesis en 2014, cuando Aguiar Retes era arzobispo de Tlalnepantla y, como tal, tenía influencia en el futuro de un territorio que entonces formaba parte de la diócesis de Cuautitlán.
Esa diócesis, junto con Izcalli y otras cinco, son ahora las llamadas diócesis sufragáneas de Tlalnepantla, donde el arzobispo conserva poderes de supervisión, fortalecidos tras las reformas del pontífice argentino de 2019.
Si bien Aguiar Retes representa, sin duda alguna, una mejora bienvenida respecto a su predecesor en la Ciudad de México, el cardenal Norberto Rivera Carrera, su estilo de liderazgo ha dejado libres muchos de los demonios que acechan algunos de los edificios más sagrados de la arquidiócesis de la capital mexicana.
Aguiar Retes no ha sido acusado de abuso ni acoso, pero su gestión en Texcoco, sumada a la influencia que ejerce sobre otras diócesis de México, como la de Izcalli o la de Tepic, su ciudad natal, deja abierta la duda sobre hasta dónde está dispuesto a llegar para extirpar el cáncer del abuso sexual en esas y otras diócesis donde tiene influencia.
Mientras se escribía este artículo, Roma ofrecía más evidencia de la influencia de Aguiar Retes allá: el jueves 21, el papa León XIV nombró al ahora antiguo auxiliar de la Ciudad de México, Carlos Enrique Samaniego López, como nuevo obispo de Texcoco. La diócesis donde Aguiar Retes construyó las poderosas redes que finalmente lo ayudaron a convertirse, como lo es ahora, en cardenal.
Samaniego López sucede a Juan Manuel Mancilla López, quien se convirtió en obispo auxiliar de Texcoco en 2001 mientras Aguiar Retes era el secretario general del Consejo del Episcopado Latinoamericano, el CELAM, en Colombia, entre otras funciones.
Mancilla López permaneció allí cuatro años, hasta que Benedicto XVI lo envió a la diócesis de Ciudad Obregón, Sonora, en el norte de México. Cuando el papa Ratzinger promovió a Aguiar Retes a arzobispo de Tlalnepantla, Mancilla López regresó a Texcoco, donde culminó esta semana un mandato de 16 años.
Desde Tlalnepantla, Aguiar Retes consolidó sus redes dentro y fuera de la Iglesia Católica y México. Estaba más que listo cuando el papa Francisco le nombró a para la Ciudad de México, pues se habían conocido y trabajo juntos años antes, por lo que había una mejor relación entre ellos que la existente entre el pontífice y Norberto Rivera Carrera.
Un momento clave de la experiencia compartida entre ambos como jerarcas de lla Iglesia Católica ocurrió cuando Aguiar Retes y Jorge Mario Bergoglio coincidieron en 2007 en el desarrollo de la V Asamblea General del CELAM, que publicó el así llamado Documento de Aparecida, por haberse celebrado en la basílica de ese nombre en Brasil.
Aguiar Retes era el vicepresidente primero del CELAM y Bergoglio, el cardenal y arzobispo de Buenos Aires, Argentina, dominó muchos de los debates que acompañaron la aprobación de ese documento.

No debe sorprender que Aguiar Retes y Francisco tuvieran más en común que el pontífice argentino y Norberto Rivera Carrera. Las diferencias no son sólo de estilo, aunque es imposible olvidar cómo Rivera Carrera atacaba a los periodistas mexicanos que hacían preguntas en los noventa por las agresiones de Marcial Maciel a adolescentes.
No hay ningún caso en el que Aguiar Retes haya recurrido al lenguaje que era frecuente cuando los medios tenían la rara oportunidad de hacerle una pregunta a Rivera Carrera, mientras que existen numerosos ejemplos y anécdotas sobre el comportamiento civil y respetuoso de Aguiar Retes.
Las diferencias van más allá de las costumbres, como lo demuestra la voluntad de Aguiar Retes de nombrar mujeres para cargos clave en la arquidiócesis y reflejan una brecha en la comprensión que ambos, Aguiar Retes y Rivera Carrera, y las coaliciones que los respaldan, tienen del papel de la Iglesia Católica.
Aire fresco, al menos en apariencia
Mientras que Rivera Carrera se sumó al menos una vez a las numerosas "Dubias" (dudas en latín) que la extrema derecha lanzaba como críticas indirectas a los tímidos intentos de reforma del papa Francisco, es difícil imaginar un escenario en el que Aguiar Retes hiciera algo similar.
Mientras que Rivera Carrera suprimió los esfuerzos que ya había emprendido en la década de 1990 su predecesor en la arquidiócesis, el finado cardenal Ernesto Corripio Ahumada, para crear diócesis nuevas, más pequeñas, más manejables y de escala humana, Aguiar Retes, con el apoyo del papa Francisco, completó de inmediato esa tarea, estableciendo las nuevas diócesis de Azcapotzalco, Iztapalapa y Xochimilco en las alcaldías homónimas.
Aguiar también modificó prácticas arraigadas en cuanto al acceso a puestos clave en la estructura de la arquidiócesis. Los cambios han sido difíciles de digerir para el clero local. Hubo una suerte de rebelión cuando Aguiar exigió más dinero a las parroquias. Noticias nunca vistas de quejas de clérigos surgieron en medios civiles y de la extrema derecha católica. Ahí acusaban a Aguiar Retes de “dinerero”.
Y más cuando impuso nuevos criterios para la operación de las parroquias, especialmente en materia de vivienda de los sacerdotes, pues pedía que vivieran en pequeñas comunidades de parroquias relativamente cercanas, para ayudarse mutuamente y evitar los riesgos de vivir solos en una ciudad como la de México.
En teoría, la idea parece buena, ya que teóricamente permite construir comunidades del clero local en la arquidiócesis y evitar el enfoque de “pastor como señor feudal” que aún existe en muchas diócesis mexicanas. Pero, el nuevo estilo no siempre fue fácil de implementar y, en algunos casos, ni siquiera realista.
Más aún cuando la ejecución fue decepcionante. Sacerdotes de alto rango, próximos a la edad de jubilación, en la capital del país se sintieron traicionados por la forma en que subordinados de Aguiar Retes se acercaron a ellos, desestimando sus preocupaciones e incluso amenazando con algún castigo canónico si no acataban lo que, para algunos, parecía una usurpación de poder.
El doble legado
Y, sin embargo, sería absurdo desestimar al menos dos aspectos del legado de Norberto Rivera Carrera en la arquidiócesis. En un sentido, la violencia se volvió sospechosamente normal en las iglesias de la Ciudad de México.
En otro está el tema de la relación entre el papa Francisco y Rivera Carrera. En lugar de enviar a un simple obispo o arzobispo para reemplazar al clérigo saliente, Aguiar Retes recibió el birrete cardenal en 2016, después de que Francisco visitara la Ciudad de México.
A diferencia de otros viajes papales durante su mandato en la Ciudad de México, cuando Rivera Carrera estuvo dispuesto a vender la imagen del entonces Juan Pablo II para colocarla en todo tipo de mercancía, desde botanas hasta botellas de agua, la visita de Francisco a México fue testigo de enfrentamientos entre el pontífice y el ala de Rivera Carrera en la Conferencia del Episcopado Mexicano, más luego de que Francisco criticara a los “clérigos de Estado” cuando firmó el Libro de visitas del seminario de la diócesis de Ecatepec.
En ese libro escribió el 14 de febrero de 2016:
Que todos los que en esta casa se preparan al presbiterado tengan presente siempre a Jesucristo, El Señor y a su Madre Santísima. Que ellos los preparen para ser pastores del pueblo fiel a Dios y no "clérigos de Estado". Francisco.
Rivera Carrera y otros obispos y sacerdotes de su entorno criticaron públicamente o desestimaron las declaraciones del Papa, calificándolas de fuera de lugar. Si en los primeros días de enero, Rivera Carrera hacía declaraciones formales sobre la alegría de recibir al Pontífice, ya durante el viaje del papa a México, el cardenal negaba conflicto con el pontífice, lo que evidenciaba que efectivamente había conflictos.
No debe sorprender que, cuando Francisco nombró a Aguiar Retes para la Ciudad de México, él ya era cardenal y aún administrador apostólico de Tlalnepantla, una muestra más de la confianza que el pontífice argentino tenía en su designado para la Ciudad de México. Rivera Carrera no tenía otra posibilidad tratar de imponer su rango a Aguiar Retes.
Asesinatos por todas partes
Si bien la violencia ha prevalecido en México al menos desde finales de la década de 1990, cuando una primera ola de violencia azotó el país, las iglesias habían sido espacios de relativa paz. Dicha paz se vio truncada cuando, en 2010, un crimen conmocionó al país.
Un canónigo, es decir, un sacerdote de alto rango, que servía en el llamado cabildo de la basílica de Nuestra Señora de Guadalupe fue asesinado a golpes en su casa. Jesús Guízar Villanueva no era un sacerdote cualquiera.
No sólo por su condición de canónigo de la Basílica. Era sobrino de Rafael Guízar Valencia, antiguo obispo de Xalapa, Veracrruz y santo mexicano, proclamado como tal por Benedicto XVI en 2006, así como del depredador Marcial Maciel.
Él hizo pública una denuncia contra Rivera Carrera y el entonces rector de la basílica, Diego Monroy Ponce, por la mala gestión de los dineros, una fuente de conflicto de larga data en la Iglesia Católica y de rumores sobre la riqueza que esconde y, de manera más general del patrimonio cultural de la Basílica.
Peor porque, en una decisión desacertada, Rivera Carrera intentó asegurar para la arquidiócesis los derechos de autor de la imagen de la Virgen de Guadalupe, que se ha reproducido millones de veces en diversos medios y que, en última instancia, sería imposible de proteger, ya que, incluso si se aceptan las enseñanzas de la Iglesia Católica sobre la imagen, es de origen divino y apareció por primera vez, como un milagro, en 1531. ¿Quién podría hacer cumplir las garantías de derechos de autor sobre un ícono así?
Sin embargo, lo cierto es que hubo un intento de hacerlo, lo que generó un conflicto para Rivera Carrera en su ya tensa relación con otros obispos mexicanos, como relata esta noticia de 2003.
Cabe destacar también que, a diferencia de Aguiar Retes, a quien sus colegas obispos eligieron en dos ocasiones para presidir la Conferencia del Episcopado Mexicano, Rivera Carrera nunca logró obtener un cargo similar, a escala nacional o internacional, en una votación abierta con sus colegas, a pesar de su rango como cardenal.
Guízar Villanueva también fue un sacerdote poco común en México porque las más sentidas condolencias por su asesinato no fueron publicadas por los medios católicos locales, sino por revistas académicas, pues era un latinista respetado, como demuestra esta necrología, sin detalles sobre cómo ocurrió su muerte, publicada en la revista académica Nova Tellus, de la Universidad Nacional Autónoma de México,, disponible aquí.
Uno de los pocos recordatorios que quedan de su muerte en los medios católicos en español proviene de un sitio web, anclado en la primera década de este siglo, dedicado al Santo Sudario, disponible aquí.

Y todavía más, el asesinato de Guízar Villanueva en 2010 sigue sin resolverse, y existen testimonios de él y Diego Monroy Ponce discutiendo públicamente por la administración de la basílica.
Un artículo publicado por el entonces semanario mexicano Proceso, citaba un informe que Guízar Villanueva envió a Benedicto XVI con detalles del manejo indebido del dinero de la basílica por parte de Monroy Ponce. También incluía relatos de dos hermanos del sacerdote asesinado sobre episodios de conflicto entre Guízar Villanueva y Monroy Ponce.
Incluso si uno estuviera dispuesto a olvidar el violento asesinato de Guízar Villanueva, Monroy Ponce merecería un libro propio. Fue fuente de controversia ya desde la década de 1990, cuando fue acusado de depredador por la familia de un antiguo acólto que vivía en una parroquia cercana a la basílica. Esas acusaciones, hechas antes de que existiera la Internet o la disposición a escuchar a los sobrevivientes, nunca se corroboraron, ni se investigaron.
Incluso Norberto Rivera Carrera, experto en desdeñar cualquier crítica a Marcial Maciel, tuvo dificultades para desestimar las numerosas preguntas en torno al asesinato de Guízar Villanueva y el posible papel de Monroy Ponce en él. A finales de 2010, aceptó su renuncia como rector de la basílica.

Años después, cuando el gobierno local reconoció al matrimonio de personas del mismo sexo los mismos derechos que los matrimonios heterosexuales, a pesar de estar ya en una especie de retiro, Monroy y otros sacerdotes cercanos a Rivera Carrera lanzaron en 2016 una especie de campaña para desacreditar la medida.
En respuesta, organizaciones LGTBQ en la Ciudad de México, indignadas por los excesos verbales que pronunciaba para rechazar el matrimonio igualitario en la capital, publicaron su nombre y el de otros clérigos como gays de closet, reacios a aceptarse e incapaces de respetar a otros. Algunos de los nombres de la lista están disponibles aquí en el Internet Archive.
En mayo de 2017, meses antes de que el papa Francisco designara a Aguiar Retes como nuevo arzobispo primado de México, la catedral del siglo XVI, en el centro histórico de la Ciudad de México, fue escenario del asesinato del sacerdote José Miguel Machorro mientras oficiaba misa en un altar secundario.
Si el brutal asesinato no fuera suficiente motivo de preocupación, posteriormente surgió la cuestión de cómo la Arquidiócesis Primada de México desdeñó e incluso maltrató a quien resultó ser la pareja de hecho y a los dos hijos del sacerdote.
Ya durante el mandato de Aguiar Retes, otro crimen conmocionó a la capital mexicana: en junio de 2019, se conoció la noticia del asesinato del seminarista Leonardo Avendaño Chávez a manos del sacerdote Francisco Javier Bautista Ávalos, quien purga una condena de 27 años. Sería difícil pensar que no era necesario un cambio en la arquidiócesis.
También hay que reconocer que, a pesar de la buena voluntad que Aguiar Retes ha mostrado para avanzar, ha habido resistencia desde los sectores más oscuros de la extrema derecha mexicana, reacios a reconocer la necesidad de cualquier tipo de reforma o mejora.
La ira de la intolerancia conservadora
El año pasado, se enfrentó a la supuesta ortodoxia de Eduardo Verástegui y sus seguidores al participar remotamente en una mesa redonda en la Universidad Panamericana, la universidad católica del Opus Dei en Ciudad de México.
Verástegui se enojó porque el cardenal y uno de sus auxiliares iban a intercambiar ideas con un legislador mexicano que supuestamente tiene vínculos con la masonería mexicana, como relata el texto enlazado a continuación.
A diferencia de la mitad de las diócesis mexicanas, desesperadas para buscar pretextos para desestimar la petición del papa Francisco de crear al menos una comisión para prevenir el abuso sexual, como demuestra el texto enlazado a continuación, Aguiar creó la comisión y los clérigos no son la controlan.
Ha intentado nombrar dos veces a mujeres al frente de oficinas clave de la curia de la arquidiócesis. Recientemente, nombró a una mujer como nueva canciller, y aunque no es la primera mujer en ocupar dicho cargo en México, ya que en los noventa el obispo Samuel Ruiz García nombró a una en San Cristóbal de Las Casas, Aguiar sigue siendo, en cierto modo, un pionero en ese tema.
Antes de eso, a su llegada a la Ciudad de México, nombró a una mujer para dirigir las comunicaciones. Su apuesta fracasó. La persona designada, entonces numeraria del Opus Dei, fue inmediatamente atacada por la extrema derecha mexicana por no ser sacerdote y, en última instancia, por ser mujer.
Pero sería absurdo ignorar que, siendo numeraria del Opus Dei, ya se encontraba en el limbo en el que se encuentran muchos miembros de esa organización. Dicen ser laicos, aunque se comportan como miembros de una orden, aunque en cuanto se hace la comparación, se molestan y lo aturden a uno con citas de su fundador.
Además, por mucho que se quiera elogiar los esfuerzos de Aguiar Retes al nombrar mujeres en puestos clave de su curia, su último nombramiento en la Universidad Pontificia de México, de la que es gran canciller, ha suscitado reacciones negativas en el mundo hispanohablante.

El exrector de esa universidad, Alberto Anguiano García, dejó un rastro de declaraciones inusuales a medios de comunicación mexicanos y extranjeros de habla hispana, tanto civiles como católicos, muy dispuestos a amplificar las insinuaciones acerca del abuso de poder de Aguiar Retes en la Universidad.
Este texto de un medio mexicano, destaca las denuncias de Anguiano García sobre ser víctima de acoso laboral por allegados de Aguiar.
En el ámbito de los medios católicos, al menos en español, el medio de España Vida Nueva Digital se sumó a la cobertura de la inusual destitución de Anguiano.
Más, dado que su reemplazo, Pedro Benítez Mestre, provenía de la arquidiócesis de Tlalnepantla, y su nombramiento fue aceptado dos días después por Roma, como da cuenta el texto anterior de esta serie, enlazado después de este párrafo.
Así pues, aunque es imposible desestimar los esfuerzos de Aguiar Retes por abordar los numerosos errores de Rivera Carrera, incluido el abuso sexual, es imposible presentar al actual arzobispo como un reformador, dado que ya existe un historial contradictorio de mal manejo de ordenaciones, denuncias de abuso y una falta de voluntad demostrable para abordar las causas profundas del abuso.
Hay dos casos que se ocurrieron ya el mandato de Aguiar Retes: uno, un sacerdote ordenado por él a pesar de su historial en una orden religiosa, y otro, ordenado como tal por uno de los obispos auxiliares de Aguiar Retes.
Además, hay un “viejo” caso nuevo, que se remonta a la época de Rivera Carrera, pero que ahora le corresponde a Aguiar Retes abordar. Los casos ya se han publicado en esta serie de Los Ángeles Press.

Solución geográfica, de nuevo
El caso de Sergio González Guerrero, sacerdote de la Ciudad de México, presenta un claro ejemplo de cómo la jerarquía eclesiástica gestiona los casos de abuso. Fue arrestado en enero de 2024 por el presunto abuso sexual de un menor en Tlalpan, una alcaldía de la Ciudad de México.
Fue liberado menos de 24 horas después debido a errores en la carpeta de investigación, una laguna común en el sistema de justicia mexicano.
Su caso revela patrones de falla institucional. Por un lado, González Guerrero tenía un historial de comportamiento problemático. Cabe destacar que fue "expulsado" de una orden religiosa, los llamados Josefinos de Murialdo, entre 2017 y 2018.
Lamentablemente, como ocurre en la mayoría de los países latinoamericanos, no existe un archivo central donde las diócesis y las órdenes religiosas puedan informar quién es expulsado de un seminario o, como los llaman las órdenes religiosas, de casas de formación. Por lo tanto, un escolástico o seminarista con problemas en una orden o diócesis puede tener una segunda, tercera o cualquier cantidad de oportunidades en otra diócesis u orden dispuesta a apostar por él.
La Arquidiócesis Primada de México, ya bajo la égida del cardenal Aguiar Retes, lo aceptó y ordenó a pesar de estas claras señales de alerta. Si bien la arquidiócesis cuenta con un sitio web relativamente funcional donde se puede identificar a “falsos sacerdotes”, individuos que no son sacerdotes católicos, este no permite rastrear los nombramientos de un sacerdote con el historial de González Guerrero.
En consecuencia, a pesar de las muchas ventajas que se aprecian en el mandato de Aguiar Retes en comparación con el de Rivera Carrera, ambos cardenales mantienen a los fieles de la Iglesia Católica en la oscuridad o aturdidos, pues no existe información sobre quién puede ser ordenado o asignado a una parroquia de la arquidiócesis.
En ese sentido, Aguiar Retes incurre en las fallas sistémicas que permitieron el crimen perpetrado por González Guerrero en Tlalpan, lo que confirma un patrón en el que la Iglesia está más interesada en proteger su propia reputación que alguna noción de bien público o común.
Más aún, esos textos probaron que González Guerrero fue transferido de una parroquia en Iztacalco a una nueva en Gustavo A. Madero.
Este traslado es más problemático, ya que lo colocó a poca distancia de una parroquia administrada por los Josefinos, la misma orden que previamente lo había "expulsado", una expulsión suave, sin consecuencias reales para su carrera, ya que logró ser aceptado en el seminario de la Arquidiócesis Primada de México y finalmente ordenado por el propio cardenal Aguiar Retes.
Es difícil comprender qué hay detrás de tal traslado. Si González Guerrero tenía problemas en Iztacalco, y se podría suponer que se ello explica su repentina salida, ¿por qué enviarlo a Gustavo A. Madero, donde estaría a poca distancia de la orden que lo “castigó”?
Y es imposible pasar por alto las similitudes entre los casos de Sergio González Guerrero, de la Arquidiócesis de México, y Morseo Miramón Santiago, de la diócesis de Izcalli.
A estas alturas debería estar claro que ninguno de los dos debería haber sido ordenado, ya que ambos tuvieron graves problemas durante su formación. González Guerrero fue expulsado de los josefinos, mientras que Miramón Santiago desapareció del seminario de la arquidiócesis de Acapulco.
Ambos casos se asemejan, y la ausencia de registros transparentes dificulta rastrear la historia completa de estos sacerdotes, obligando a los investigadores a utilizar métodos indirectos para reconstruir sus movimientos. Ambos hacen casi imposible dar por sentado que existe un compromiso real con una política de “tolerancia cero” al abordar el abuso sexual del clero en las diócesis mexicanas.
Un depredador “caritativo”
Un segundo caso, ya con Aguiar Retes en la Ciudad de México, es el de Jacinto Jiménez Tepetlixpa. Se trata de un joven sacerdote acusado de abuso sexual. Su caso forma parte de una tendencia de nuevos casos de abuso que involucran a sacerdotes recién ordenados en Latinoamérica.
Este tendencia involucra tanto abuso de personas del mismo sexo, como el abuso de mujeres, como en el caso del sacerdote de Brasil del que da cuenta el texto enlazado después de este párrafo.
El presunto abuso ocurrió en una fundación donde Jiménez Tepetlixpa, a pesar de su juventud e inexperiencia fuera de la Orden Trinitaria, se desempeñaba como director general, y la víctima no era menor de edad.
Su orden es una de las más antiguas del mundo católico, pero es relativamente reciente en México, ya que opera aquí bajo la autoridad de su provincia italiana. Fue ordenado diácono en Italia en 2020 y sacerdote en la Ciudad de México en julio de 2021 por el obispo auxiliar Luis Manuel Pérez Raygoza.

Llegó a la Ciudad de México tras desarrollar su carrera sacerdotal en la arquidiócesis de Monterrey, capital del estado de Nuevo León, en el norte de México, el nuevo “vivero” de miembros del episcopado mexicano.
Poco después de la ordenación de Jiménez Tepetlixpa, su orden lo nombró para un puesto clave como presidente de la junta directiva y director general de una fundación que proporciona alimento y refugio a personas sin hogar.
Es imposible comprender la lógica detrás de tal decisión por parte de la Orden Trinitaria, algo común en las organizaciones católicas sin fines de lucro, donde ser sacerdote todavía se percibe como una fuente de conocimiento y autoridad.
Hay preguntas sin respuesta acerca de los protocolos detrás de tales decisiones y cuál es el papel, si es que tiene alguno, de la Arquidiócesis Primada de México en la prevención del abuso en esos casos.
Su caso es terriblemente similar al del Abbé Pierre en Francia y al de muchos otros sacerdotes que tienen una vida pública muy activa abogando por problemas reales, lo que los pone en contacto con personas que, aunque no sean menores de edad, corren el riesgo de ser víctimas de abuso.
Y el “viejo” nuevo caso
En junio, un sobreviviente nos contactó para averiguar cómo presentar su caso. Aunque inicialmente quiso mantener una identidad falsa y estamos dispuestos a respetar esa decisión, tras hacerse pública su historia, decidió usar su verdadera identidad en redes sociales y medios tradicionales.
En el artículo original, disponible después de este párrafo, se le identificó únicamente como Hernán. El artículo aborda un nuevo caso de abuso sexual por parte del clero en México, centrándose en la historia de un sobreviviente que fue atacado siendo menor de edad por el sacerdote Miguel Flores Martínez.
Este caso sale a la luz nuevamente debido al reciente nombramiento de Pedro Aguado Cuesta como obispo de las diócesis de Huesca y Jaca, en España, pues era superior de la orden de los escolapios, también conocidad como "de las Escuelas Pías" al momento de las acusaciones de abuso.
Los abusos ocurrieron durante tres años a principios de este siglo, cuando Norberto Rivera Carrera era arzobispo de la Ciudad de México. A pesar de que los miembros de los escolapios estaban al tanto del abuso, no se tomaron medidas disciplinarias contra el sacerdote.
El texto detalla cómo Aguado Cuesta, al enterarse del abuso, ofreció apoyo económico a la familia del sobreviviente y prometió restringir el acceso del depredador a menores. Sin embargo, existe abundante evidencia de que Flores Martínez continuó trabajando con menores en escuelas y otros entornos.
El artículo destaca las fallas sistémicas dentro de la Iglesia Católica, y da cuenta de cómo jerarcas como Carlos Briseño Arch, actual obispo de Veracruz, y Florencio Armando Colín Cruz, actual obispo de Puerto Escondido, Oaxaca, también estaban al tanto de la situación y eran amigos del abusador, ya que eran obispos auxiliares en la Ciudad de México.
Briseño Arch, miembro de la orden de los Agustinos Recoletos, lo fue de 2006 a 2018, y Colín Cruz, sacerdote diocesano de 2008 a 2018. Y, como una nota al calce, Briseño Arch ya fue testigo a principios de este mes del arresto de uno de sus sacerdotes en la diócesis de Veracruz, como relata el texto enlazado a continuación.
El nombramiento de Aguado Cuesta como obispo en el norte de España, de donde es originario, a pesar de no haber exigido plenamente la responsabilidad del depredador es otro claro ejemplo de la continua falta de transparencia y la cultura de impunidad en la Iglesia Católica, con procesos internos insuficientes, obligan a víctimas como Javier Fernando Alcántara Cruz, nombre real de Hernán, a buscar justicia por la vía civil.
Más aún, el pasado jueves 21 de agosto, Alcántara Cruz publicó en sus redes sociales el mensaje más reciente que recibió de los superiores de los escolapios, que se dicen incapaces de compartir el expediente del proceso canónico, como demuestra el mensaje en lo que era Twitter después de este párrafo.
¿Reforma o vinculo escarlata?
Si bien el Cardenal Aguiar Retes representa, en cualquier caso, una mejora bienvenida respecto a su predecesor, su estilo de liderazgo ha dejado intactos los numerosos demonios que acechan algunos de los edificios más sagrados de la arquidiócesis de la capital mexicana.
Aguiar Retes no ha sido acusado de abuso ni acoso, pero su gestión en Texcoco, sumada a la influencia que ejerce sobre otras diócesis de México, deja abierta la duda sobre hasta dónde está dispuesto a llegar para abordar cuestiones clave.
La confianza de Roma en su influencia es evidente, ya que el papa León XIV nombró a su ahora antiguo auxiliar, Carlos Enrique Samaniego López, como nuevo obispo de Texcoco, la misma diócesis donde Aguiar Retes forjó las redes que lo llevaron a convertirse en cardenal.

Un desafío clave para Aguiar es su lucha por desmantelar la enmarañada red de fallas sistémicas toleradas e incluso alentadas por su predecesor. Esta red es una maraña densa, pegajosa y desorganizada de problemas entrelazados que son difíciles de separar o comprender. Se manifiesta en la forma en que sacerdotes con historias problemáticas cambian de diócesis y órdenes sin consecuencias.
Tanto Sergio González Guerrero, ordenado por Aguiar a pesar de haber sido “expulsado” de los josefinos, como Morseo Miramón Santiago, quien desapareció de Acapulco para ser ordenado en Izcalli, son ejemplos contundentes de ello.
Estos casos no son incidentes aislados, sino una ilustración perfecta de lo que Robert Sipe llamó el “vínculo escarlata”, una densa red de relaciones cómplices que hace casi imposible brindar a las víctimas verdadera justicia.
Un aspecto clave se puede observar en el caso de Jacinto Jiménez Tepetlixpa: un joven sacerdote recién ordenado fue nombrado para un puesto de gran poder como presidente de la junta directiva y director de una organización benéfica.
Esta decisión coloca a un joven, inexperto y sin otra experiencia que sus años como clérigo, en una posición que le da la oportunidad de abusar de personas necesitadas.
La forma en que Jiménez Tepetlixpa fue o es presidente de una organización benéfica y cómo Sergio González Guerrero, en la Ciudad de México, y Morseo Miramón Santiago, en Izcalli, obtuvieron la ordenación, demuestra que los protocolos internos y los procesos de toma de decisiones de la Iglesia Católica siguen siendo incapaces de filtrar a quienes podrían terminar por generar problemas en las parroquias o las obras de esa institución.
Pueblo de Dios
Y sí, hay casos que son el legado de los 22 años de Norberto Rivera Carrera en la Ciudad de México, como lo demuestra el caso de Hernán o Javier Fernando Alcántara Cruz, pero a pesar del todavía nuevo liderazgo de Aguiar Retes en la Arquidiócesis Primada de México, no hay indicios de una solución real para su caso. Sólo insiste se en abusar la idea del “secreto pontificio” para negar transparencia e información.
Todos estos casos demuestran que una cultura de impunidad, de protección de la institución y de sus líderes por encima de todo, continúa afectando a los sobrevivientes en el presente. Lo hace al verse obligados a reconciliar el abuso que sufrieron con sus creencias religiosas o con la pérdida de estas, lo que casi siempre resulta un proceso doloroso.
Los autores del informe o reporte al papa Francisco que originalmente provocó esta serie sobre Izcalli, cuya primera entrega aparece enlazada antes de este párrafo, son católicos practicantes que confían en su comunidad de fe, como lo demuestra que hayan seguido el arcano proceso interno o canónico.
Ellos son lo que los propios obispos definen como "el Pueblo de Dios" y, como tales, primero buscaron la ayuda tanto del cardenal Aguiar Retes como del nuncio en México Joseph Spiteri en este asunto.

Ellos estaban al tanto de que incluso si formalmente el cardenal Aguiar Retes no es ahora el superior del obispo Francisco González Ramos, como cardenal ejerce robustas cuotas de poder o influencia, informal y sin referencia en el derecho canónico, sobre las diócesis que dependen de su antigua arquidiócesis, la de Tlalnepantla, de modo que buscaron ayuda en la Arquidiócesis Primada de México.
La solicitud fue aceptada y la respuesta fue formal y respetuosa, pero más allá de las cortesías y cuidado característicos de los intercambios con Aguiar Retes y sus equipos, la ausencia de una respuesta significativa sigue siendo la norma.
El equipo de Aguiar Retes en la Arquidiócesis Primada de México reconoció haber recibido los documentos que les enviaban, hace poco más de un año, el 29 de julio de 2024, y dicen que informarán a la diócesis de Izcalli que recibieron en esa documentación.
Respondieron tres días después del primer contacto con ellos. Eso fue más rápido que lo ocurrido en la nunciatura. La representación diplomática envió una respuesta mucho más breve que niega la posibilidad de intervenir, a pesar del número de casos en Izcalli, que el informe prueba que demuestran la indisposición del obispo González Ramos a actuar. Esa respuesta la enviaron el 24 de septiembre de 2024, 13 días después del contacto original.
Tristemente, ambas instancias dicen ser incapaces de actuar. Es claro que la responsabilidad primera es la de la diócesis de Izcalli, pero tanto Aguiar Retes como el nuncio en México Joseph Spiteri tienen maneras de hacer que su voz se escuche en Izcalli y otras diócesis de México.
Spiteri mismo debe estar al tanto de que, desde que llegó a México, en julio de 2022, no ha habido prácticamente progreso en la creación de nuevas comisiones diocesanas para al menos prevenir el abuso sexual en México.
En última instancia, la verdadera prueba de los logros del mandato del cardenal Aguiar Retes será si puede finalmente desenredar esta red, para ofrecer alguna esperanza más allá de la mera mejora de estilo respecto de su predecesor, algo que logró el primer día que puso un pie en la catedral de la Ciudad de México.
